El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Un Mediterráneo de dimensiones históricas

U [I-223] N M EDITERRÁNEO DE DIMENSIONES HISTÓRICAS

 

Ahora bien, según las exigencias de la historia, debemos considerar el Mediterráneo como una amplia zona que se prolonga en todas direcciones, más allá de sus propias orillas. Para entendernos, lo podemos comparar con un campo de fuerzas, sea magnético o eléctrico o, de modo más simple, con un núcleo luminoso cuyos rayos fuesen perdiendo potencia a medida que aumentase la distancia, sin que se pueda trazar de modo preciso la línea que separa radicalmente la zona de luz de la de sombra.

Pues, ¿qué fronteras podemos trazar, cuando no se trata de plantas o animales, ni del relieve o el clima, sino del hombre, de ese hombre a quien no contiene ningún límite y que franquea todas las barreras? El Mediterráneo (y su compañero el Mediterráneo Mayor) es tal como el hombre lo hace. La rueda de los destinos humanos fija el suyo y ensancha o acorta su espacio. Roma logró convertir el mundo mediterráneo propiamente dicho en un sistema cuasi cerrado, taponando las rutas que llevan a él o de él salen y renunciando al obrar así (y ese fue quizá su error) a la posibilidad de controlar los límites extremos de Europa, a lograr libre acceso al océano Índico y a las profundidades de África y a establecer contactos provechosos y abiertos con sus mundos lejanos. Pero este cerrarse en sí mismo —a fin de cuentas muy relativamente efectivo— ha sido más bien la excepción que la regla a lo largo de la historia del Mediterráneo. La regla ha sido que la vida del mar se difunda mucho más allá de sus orillas, en amplios avances equilibrados por continuos retrocesos. Lo que partió del mar vuelve luego a él, y a continuación reinicia su avance. Los ochavos, esas pequeñas monedas de plata acuñadas en Castilla con el metal blanco americano, inundan los mercados de Europa durante la segunda mitad del siglo XVI; pero también en la India y la China podemos encontrar estas piezas de a ocho reales. Este ir y venir de hombres y bienes, tangibles o inmateriales, va trazando diferente frontera sucesiva alrededor del Mediterráneo: aureolas. Habría que hablar no de una, sino de cien fronteras a la vez: unas políticas, otras económicas o culturales. Cuando Goethe visita Italia, no llega al Mediterráneo cuando, como él dice, cruza el paso del Brennero, ni más tarde al franquear el Apenino toscano. Lo había alcanzado antes, mucho más al norte, cuando entró en Ratisbona, puesto avanzado del catolicismo sobre la gran frontera cultural que delimita el Danubio. O quizá más al norte todavía, exactamente al comienzo de su viaje, en la propia Fráncfort, la ciudad del Römer.