El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Las quejas de los contemporáneos

Pueden diferir las opiniones respecto a sus causas, a sus auténticos motores y a su amplitud, pero no respecto al nuevo aspecto de brutalidad de su carácter.

Un historiador[333] ha afirmado que nosotros, los hombres del siglo XX , hemos sido contemporáneos de una revolución de precios de mayor envergadura. Pero no es esta la manera adecuada de acercarse a la cuestión. Lo que cuenta es el asombro de los contemporáneos de Felipe II a lo largo de un siglo que se inicia bastante antes del año 1500 y durante el cual no cesan los precios de dispararse hacia arriba. Tienen la impresión de estar viviendo una época sin precedente. A los buenos tiempos de antaño, donde nada costaba casi nada, les suceden ahora los durísimos años en que el costo de la vida se incrementa cada vez más. Emplear la palabra revolución para describir la situación en Italia, país muy curtido en las cuestiones de dinero y que cuenta con una economía aplicada, puede resultar cuestionable, pero en el caso de los Balcanes, de Anatolia, o mejor, de todo el Imperio turco, ¿cómo no hablar, ante tantos cambios violentos en cadena, de una revolución de los precios? Las situaciones dramáticas requieren expresiones dramáticas.

 

Las quejas de los contemporáneos

 

Son innumerables los testimonios sobre la subida de los precios. Su factor común lo constituye la estupefacción de los testigos y su incapacidad de comprender un fenómeno que solo les resulta evidente en sus manifestaciones locales; una y otra vez lo oponen a los viejos tiempos: los salarios eran altos a finales del siglo XV, y el primer tercio del siglo XVI ha sido un periodo

afortunado de vida relativamente barata, incluso en la misma Polonia[334].

Otros se pasaban el tiempo añorando los buenos tiempos pasados. «En tiempos de mi padre [escribe en 1560 en Francia un contemporáneo de Carlos IX] todos los días había carne, los víveres abundaban y se bebía vino

como agua»[335]. Y quejas semejantes brotan de la pluma crítica del agrónomo español G. Alonso Herrera: «Actualmente [1513] una libra de cordero vale lo que antes un cordero entero, un pan lo que una fanega de trigo, una libra de cera o de aceite tanto como una arroba ayer, y lo mismo se

puede decir de todo lo demás…»[336].

A lo largo de todo el siglo se reiteran las quejas de las Cortes de Castilla. Pero su voz, poderosa aunque a la vez recoleta, solo muy raras veces denunció la situación general. Es una voz que se lamenta sin cesar a causa del alto precio de los granos, a causa de la catastrófica exportación del oro, a causa del indiscriminado sacrificio de terneras y corderos, es una voz que protesta contra la exportación de cueros al extranjero, porque ello ha traído como consecuencia el aumento del precio del calzado… Truena también contra los especuladores extranjeros: ellos tienen la culpa de que haya subido el precio de la carne, de los caballos, de la lana y de los tejidos y las sedas…

[337]. Las Cortes de 1548, alarmadas por la demanda americana, llegan a

proponer al emperador[338] que estimule el desarrollo de las industrias coloniales y que detenga las exportaciones —consideradas desastrosas para la economía española— de la Península al Nuevo Mundo. Las Cortes de 1586 (en Valladolid) le piden al rey «que no se tolere en adelante la importación de velas, cristalería, joyas, cuchillería y objetos análogos que llegan del extranjero: lujos inútiles que se cambian por oro, como si los españoles fuesen

Indios…»[339]. Así pensaban las personas razonables, y no siempre sin

razón[340]. En 1580, un veneciano hace notar que en Nápoles los precios han subido en más de dos tercios, atribuyéndolo, naturalmente, a las exacciones de los funcionarios, a las compras en masa y a los enormes

aprovisionamientos del Rey Católico para la conquista de Portugal[341]. En Vizcaya, la explicación que se da es más divertida: si los precios suben, dice un documento oficial de 1588, es porque la gente de la tierra llana bebe y come sin tasa en las tabernas, adquiriendo hábitos viciosos de pereza, sin cultivar sus campos ni cuidar las frutas de sus huertos. En estas condiciones, no hay que asombrarse de que escasee la sidra y se venda a precios exagerados… Es decir, que, según esta explicación, la carestía era culpa de

los pobres…[342].

[I-688]

 

FIGURA 44. El movimiento de los precios en París, según los archivos de las instituciones de caridad.

Obsérvese la discrepancia entre salarios y movimentos de precios; las alzas verticales de la sal; el precio del cordero representa la tasa media general de crecimiento. Según los archivos de los hopitaux parisinos. Trabajo inédito de Micheline Baulant.