El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Algunas reglas del comercio de granos
hayan mandado garbanzos!»[196].
No todo el trigo es, pues, igual, y muchas cosas pueden colegirse del plural los panes, que con tanta frecuencia figura en los documentos españoles. Había un pan para los pobres y otro para los ricos, y solo este último era de trigo candeal. En Lisboa, el trigo nórdico, cuando es para los ricos, se selecciona cuidadosamente y se le quitan las piedras y otras impurezas, faena
de la cual se ocupan las mujeres de Lisboa, a las puertas de sus casas[197].
Algunas reglas del comercio de granos
Los historiadores acostumbramos a abordar el complicado juego de los mercaderes de granos partiendo de pequeños detalles: una determinada compra, el abastecimiento de cierta ciudad, una especulación aislada o un libro de cuentas particular. Y todo se confabula para hacer el juego aleatorio: la incertidumbre de las cosechas; las vigilancias de los Estados, en especial las de las ciudades; las especulaciones de los mercaderes, incluidos los más humildes revendedores; la enormidad de las sumas puestas en juego; el riesgo de perder toda la carga, si los marineros son poco escrupulosos… Y eso sin contar los innumerables intermediarios. Y, para complicar más las cosas, esta profesión no se ejerce sola, sino asociada a otras actividades comerciales.
Los registros de Jacopo y Bardo Corsi nos revelan a estos grandes mercaderes florentinos preocupados lo mismo por adelantar dinero a Galilea que por revender a crédito pimienta y sedería, o por concertar en Palermo importantes operaciones de trigo para el gran duque de Toscana. Bartolomeo Corsini, que había trabajado bajo sus órdenes, hace el balance de las operaciones terminadas y pendientes. Por una serie de compras efectuada en 1595, los florentinos adeudaban 11 766 ducados, 9.4. Habían negociado nuevos contratos en 1595, para la compra de 3500 salmas de trigo en Palermo, a embarcar en los caricatori de Girgenti en dos naves ragusinas. Los gastos ascendían a 10 085 ducados, 12.12, o sea un poco menos de tres ducados por salma de trigo, puesto en Liorna. Sigue una serie de cuentas no menos interesante, referentes a 2000, 7000 y 6000 salmas de trigo, almacenadas en diversos caricatori y listas para el embarque, y diversos detalles financieros relacionados con los reglamentos y los cambios, aparte de
varias cuentas «deudoras» y «acreedoras»[198].
Se comprendería mejor las especulaciones sobre el trigo, si se pudiera desentrañar el sentido de operaciones como las que explica el agente de los Corsi en 1598. Por razones no precisadas, una nave cargada de cereales pertenecientes a los Corsi descargó en Mesina 3700 salmas, una hermosa cantidad, a la que se trataba de encontrar salida. Este trigo procedía de compras efectuadas en 1595, y se corría el riesgo no solo de no poder amasarlo como pan, sino de que tampoco sirviera para fabricar galletas y de que hubiera que dárselo a las gallinas. Se vendió, entonces, una parte de este trigo a crédito y el resto transformado en galletas, de difícil venta. De 2500 cantares, se cargaron en junio 564; en agosto, 620 en las galeras toscanas, y aún quedaban 1316 en almacén… Los precios bajan paulatinamente, de 37
taris a 30 y a 16[199]; el agente se queja de la mala fe de los compradores y de
los panaderos encargados de fabricar las galletas[200]. Pone el grito en el cielo. Pero los napolitanos, que en tiempos de Osuna habían asesinado a un
acaparador de trigo —o acusado de serlo—, un tal Starace[201], no tenían, al parecer, la misma opinión acerca de los negociantes en grano.
De todas las codicias y atenciones que concita el trigo, no es la menor la de los gobernantes. Todos los Estados intervienen en esto, aun los pequeños, como el ducado de Saboya y la Transilvania. Dice el historiador Bianchini que el trigo estaba rodeado de más vigilancia y espionaje que las causas de la Inquisición. Sobraban razones para ello. Lo mismo que con respecto a la sal, la avidez del fisco en lo concerniente al trigo era insaciable. Además, el comercio del trigo abría la puerta a una serie de favores y de gracias. Era una palanca de mando y un medio de presión; una manera de pagar servicios y de conferir privilegios. Recordemos aquel cónsul de la nación española en Venecia, llamado Tomás Cornoza, que, al decir de un experto, cumplía muy bien su cometido, y a quien los documentos portugueses nos presentan como un instrumento al servicio del rey-mercader de Lisboa pidiendo como recompensa, en 1573, una franquicia para llevar trigo de Piamonte a Grisón, a través del Estado de Milán. Era solo un pequeño favor entre la muchedumbre
de los que se otorgaban[202]. En Sicilia, las gratificaciones a base de trigo eran
cosa aceptada[203]. Un recuento de las tratas de 1578 revela que J. A. Doria gozaba de «6000 tratte», es decir, del derecho de exportar 6000 salmas de trigo siciliano, lo que representaba, a razón de dos escudos la trata, una renta
de 12 [204] 000 escudos, además de las 4500 salmas que se le habían concedido
solamente en 1566[205]. Para el abastecimiento de las plazas fuertes de Niza y de Villafranca, donde había guarniciones españolas y galeras saboyanas al servicio de España, el duque de Saboya solicitó de Felipe II, en 1566, una
«tratta perpetua» de 6000 salmas de trigo siciliano[206]; el rey se dignó otorgarle una trata de 1500 salmas por una sola vez. Sabemos —aunque sin mucha precisión— que Emanuel Filiberto traficó con el trigo siciliano
supuestamente destinado a los españoles y que se le había confiado[207]. Política idéntica sigue el «señor de Mónaco», Carlo Grimaldi, quien se beneficiaba desde hacía mucho tiempo con una trata de 6000 salmas en Sicilia. Una carta de Felipe II, fechada el 13 de octubre de 1584, le retira esta gracia porque, en vez de servirse de sus licencias para aprovisionar Mónaco,
las había vendido, burlando el impuesto siciliano[208]. Los mismos turbios manejos ocurrían en otras partes: con motivo de una autorización para exportar otorgada en 1562 a los ragusinos, por 1600 salmas aproximadamente, a embarcar en Valona, nos enteramos de que era este un
dominio particular de la Sultana Madre[209].
Pequeños detalles, sin duda, y pequeña historia. Pero nada vinculaba tan estrechamente los gobiernos con el tráfico de trigo —sin que ello diera nunca como resultado el simplificar este tráfico, ni en Turquía ni en la cristiandad—, como el hecho de que las «tratas» de exportación fuesen, en manos de los gobiernos, una fuente de rentas y una moneda de pago. Y la vigilancia de los Estados era cosa de nada en comparación con la obsesiva vigilancia de las
ciudades[210].
Si se pensaba tanto en el trigo, era, naturalmente, porque escaseaba: las cosechas mediterráneas rondaban generalmente las cotas de la insuficiencia. Los cultivos de alto rendimiento, como la viticultura, y la ganadería, hacían
una constante competencia a los cereales[211]. Primera razón, que no era, sin embargo, la única. El trigo, en el Mediterráneo, era un cultivo extensivo; requería grandes superficies para rendimientos que no siempre eran elevados, tanto más cuanto que no se podía sembrar el mismo terreno todos los años. En
Sicilia la regla era el cultivo bienal (trigo y barbecho)[212], y otro tanto ocurría
en la región de la [213] Tavogliere de la Apulia. En España, el ideal era el suelo de tres hojas, con cultivo alterno cada dos años. Hay que añadir que las prácticas del cultivo de secano exigían labores superpuestas, unas profundas y
otras superficiales, que suplían las escasas lluvias[214]. Finalmente, todas las medidas gubernamentales para gravar el trigo con impuestos y reglamentar las ventas abrumaban a los campesinos, a quienes no quedaba más recurso que gemir o, en España, dejarse arrastrar a la vida del muletero o a la aventura americana.
Añadamos el drama de las inundaciones de invierno y el drama de las
sequías estivales, que no lograban conjurar ni las fanáticas procesiones[215]. El resultado más tangible era una extraordinaria variación en los precios, que oscilaban al conjuro de la menor noticia. Solamente al llegar el siglo XVII se buscó una explicación para comprender el mecanismo de esas variaciones, y pocos libros son más esclarecedores sobre este punto que uno anónimo (tal
vez de Sestrini) que apareció en Florencia en 1793[216]. Este libro abunda en inteligentes reflexiones sobre la disparidad de los precios del trigo entre las distintas regiones del Mediterráneo, y se pone de manifiesto que lo mismo entonces que en el siglo XVI había una marcada diferencia entre el Oriente, con su pan barato, y el Occidente, donde el pan era caro. Explica también cómo una mala cosecha en tal o cual punto crea una zona de trigo caro, con la particularidad de que los precios se elevan más en la periferia que en el
centro[217]. Así ocurría ya en el siglo XVI. Tan pronto se burruntaba la escasez en alguna zona, los mercaderes caían sobre ella con sus barcos y liquidaban sus existencias. El resultado era que los precios, muchas veces lejos de la zona de escasez, se elevaban, como consecuencia de esta marejada. Pero acontecía también que la afluencia de navíos en el país de la carestía y el aflujo de granos hicieran bajar allí los precios… Curioso esquema para un curso de economía política.
Fue lo que sucedió en Constantinopla en 1561, año por lo demás bastante malo para todo el mar; en Portugal, donde la primavera había sido de una
«inusitada sequía»[218] [219] ; en España, donde la cosecha fue catastrófica, y en Sicilia, donde el precio de la salma después de la cosecha subió a 2½
ducados[220]. En el Oriente, la situación fue menos mala, aunque desde la
primavera cundió cierta inquietud[221]. Se obligó a una nave veneciana, la Colomba, a cambiar de rumbo en Nicomedia para llevar trigo desde allí a la
capital[222]. Otras cuatro naves, también venecianas, que cargaban trigo en Volo, fueron capturadas por las galeras de la guardia de Salónica y enviadas a
Constantinopla[223]. Pero la afluencia en masa de naves a ese centro de atracción pronto compensó el déficit y los precios bajaron: el «chilo» (que equivale a la novena parte de una salma) descendió a 17½ aspros, o sea, según
la proporción de 1 ducado = 60 aspros, a poco menos de tres ducados[224]. Al año siguiente el precio del trigo bajó, en los puertos griegos, a 12 aspros el «chilo», es decir, a menos de dos ducados la salma.
Otro ejemplo: en 1578, una tremenda escasez asoló España. El virrey de Sicilia, Marco Antonio Colonna, procuró despachar lo más rápidamente posible navíos de socorro. Mercaderes que disponen de 24 000 salmas se comprometen a llevar a España 6000; en cuanto al resto, no quieren aventurarse demasiado, «[…] diciendo que acontece muchas vezes concurrir todos a donde piensan que hay ganancia y resultar desto grande abundancia de trigo» (Marcantonio Colonna a S.M., Mesina, 23 de agosto de 1578) y
otras catástrofes comerciales[225]. Es el caso que contemplaba en 1584 el redactor del informe que hemos citado. Ponía muy en guardia a las autoridades gubernamentales que iban a encargarse del transporte, contra el riesgo que corrían, si los mercaderes se precipitaban hacia España, atraídos
por el «olor de la ganancia»[226].
La gran catástrofe, para un mercader, era que el navío fletado por él hacia el país en que existían dificultades de aprovisionamiento cayera en poder de cualesquiera de las ciudades por donde pasaba y que siempre imponían su precio —naturalmente mucho más bajo—. Fácilmente comprendemos el furor de aquellos negociantes genoveses cuyo navío, cargado de trigo en la Apulia, navegaba en 1578 hacia los precios altissimi de España cuando fue
secuestrado por la República de Génova[227].
En teoría, el juego del mercader es fácil de comprender: consistía en conocer cuándo el año era bueno o malo, y mejor aún (porque en aquella época los granos se conservaban mal y no podían almacenarse mucho tiempo), en cuál región se esperaba una buena cosecha, y en cuál otra, una cosecha mala, para saber dónde y cuándo podían comprarse los excedentes de trigo. De este modo, las corrientes de intercambio variaban y se invertían según el capricho de las cosechas. Todo podía verse y todo se vio, en efecto, en materia de comercio de granos, durante el siglo XVI. No había una región costeña o próxima a las costas, ni un puerto que un buen día no ofreciera un excedente de cereales. Basta remontarse al siglo XV para descubrir que Corfú
exportaba en aquel tiempo [228] formento grosso, y a la primera mitad del XVI
para ver a Chipre mandando trigo y, sobre todo, cebada a Venecia[229]. En 1570, el trigo turco de los alrededores afluyó a Spalato, que lo dejó partir hacia Venecia en el momento en que se apercibió de los armamentos del
turco[230], y, comprendiendo bruscamente el error cometido, retuvo todo el trigo que aún quedaba dentro de sus muros. Algunos años producíanse
sorprendentes anomalías: en 1555, envíos de trigo español a Roma[231], y en 1564, envíos de trigo andaluz a Génova, con una autorización del Rey
Católico[232] otorgada en buena y debida forma; o el caso de Castilla, que