El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Revueltas en el norte de África y el islam, después de 1589

Al regresar de España, las galeras transportan a Génova, con los “bisoños”, un torrente de plata. Toda Italia se enriquece con la afluencia del metal blanco. Y, con Italia, ya lo hemos dicho, todo el Mediterráneo. Es una de las grandes realidades de este periodo de la vida mediterránea que se podría considerar feliz si no existiese la piratería, esta guerra secundaria, anónima, a la que a veces no da entrada en sus registros la “gran” historia, pero que no por ello es menos cruel. También la guerra de los corsarios sufre ahora transformaciones y desviaciones. Tal vez deban señalarse, a este propósito, dos pequeños hechos. Uno, simbólico: Euldj Alí muere, en julio de

1587, a los 67 años.[11] Nadie recomenzará una carrera análoga a la suya. Es el último heredero de Barbarroja y Dragut, y con él muere toda una época. El otro hecho, pequeño en apariencia, pero importante y revelador, anuncia el porvenir: en 1586, cinco barcos mercantes ingleses dan un susto a la escuadra

de galeras de Sicilia.[12] Es el preludio, casi desapercibido, de la gran carrera[II-721]

del barco de línea.[13]

 

Revueltas en el norte de África y el islam, después de 1589

 

El año 1589 viene a romper la quietud casi total del Mediterráneo, plantea nuevos problemas, siembra nuevas alarmas en Europa, con la crisis francesa. Pero también en el islam.

Detrás de ciertos sucesos menudos del norte de África se trasluce, por muy imperfectas que sean nuestras informaciones, una crisis ampliamente desplegada en el este y en el centro del norte de África, en la zona dominada allí por los turcos desde la recuperación de Túnez en 1574; crisis que se extiende hasta mucho más lejos, tal vez por todo el islam mediterráneo. Estos sobresaltos y revueltas no son, ni mucho menos, hechos nuevos, y ya en los años anteriores habían surgido, en varias ocasiones, diversos conflictos y dificultades con los lugartenientes que Euldj Alí (en quien se acumulaban las funciones de capitán pachá y de beglerbey) había dejado en Argel para sustituirle. Tal vez la muerte de Euldj Alí, ocurrida en 1587, viniera a agravar las cosas. Lo cierto es que el Gobierno turco considera conveniente sustituir ahora el régimen de los beglerbeys, verdaderos “reyes” locales, por el de pachás nombrados por tres años.

Y es que se trata, esencialmente, de una crisis de la autoridad turca. Frente a ella, los corsarios se arrogaban o trataban de arrogarse cierta libertad. Por otra parte, el turco y el “moro”, como dice Haedo, seguían siendo elementos extraños el uno al otro, incluso dentro de la ciudad de Argel, pues el moro ocupaba una situación de inferioridad con respecto a su vencedor. Tal vez tengan razón ciertos textos en los que se sugiere la existencia de movimientos morabíticos e indígenas, una reacción religiosa que reviste, según los lugares,[II-722] caracteres diversos y ocasionales, pero que se ejerce siempre en contra del

turco invasor.[14] “Donde quiera que pone el pie el turco —dice un rebelde

tripolitano—, deja de crecer la hierba y surge la ruina”.[15] Estos movimientos todavía indecisos y poco claros para nosotros guardan, en todo caso, cierta relación con los comienzos del relajamiento de lazos entre el Magreb y Turquía, en la medida en que el Imperio turco no ejerce ya el señorío del mar. Lo decisivo no fue la muerte de Euldj Alí, en 1587, sino el fracaso de su

tentativa contra Argel, en 1582,[16] y, más allá de Argel, en dirección a Fez. Decadencia otomana: tal es la conclusión a que llegan, una vez más, los historiadores. ¿Pero no se tratará, más exactamente, en todos los países del Islam vinculados al sistema turco, a su moneda, a sus finanzas, a su autoridad, a perturbaciones y alteraciones generalizadas, aunque todavía provisionales?

Si no es ya el final de la potencia turca, es, por lo menos, la paralización de la grande y costosa política mediterránea. A comienzos de 1589, los informadores de Venecia atribuyen todavía grandes proyectos a Hasán Veneciano, ex beglerbey de Argel, quien, durante el invierno, había logrado navegar desde Argel hasta Constantinopla con cinco galeotas, “para vergüenza de los barcos cristianos”, que no lograron capturarlo en su travesía.

[17] Hasán llegó a la capital turca el 10 de enero. Pronto empezó a circular el rumor de que el nuevo “Kapudán Pachá” se proponía armar de 50 a 60 galeras y avanzar hasta Fez, reanudando la fracasada tentativa de Euldj Alí. Los avisos que llegaban a Nápoles hablaban de provisiones de trigo y galleta en

Morea y de 100 galeras destinadas a Trípoli,[18] cifra considerable que hacía ya años que no sonaba y que reproducía, por los mismos días, la información

veneciana.[19] La noticia debió de preocupar bastante a los españoles, ya que en la primavera se decidieron a enviar varias galeras reforzadas para que

fueran a explorar en Levante los movimientos del enemigo.[20] Pero en abril súpose que en el arsenal de Constantinopla se trabajaba sin poner mucho entusiasmo y que se reunirían, a lo sumo, 50 galeras para la expedición a la

Berbería, suponiendo que la hubiese.[21] Un mes más tarde afirmábase en[II-723]

Venecia que no llegaría a haber armada turca importante.[22] Pero a fines de mayo y en junio se anunciaba de nuevo la llegada de 30 a 60 galeras turcas, en vista de lo cual se decidió concentrar las galeras reales en Mesina, como en

los tiempos pasados.[23]

En efecto, Hasán había zarpado el 18 de junio; el 22 estaba en Negroponto, donde se le unieron al día siguiente las “guardias” de Rodas, Alejandría y Chipre. Sus navíos estaban dotados de chusma insuficiente,

decía un aviso, que anunciaba 80 velas, entre galeras y galeotas.[24] La cifra, sin embargo, parece un tanto exagerada, a juzgar por los avisos posteriores. El 28 de junio, en Modón, esperaba todavía la llegada de 10 galeras de Corón,

para proseguir la ruta.[25] La partida fue, sin duda, el 1 de agosto, con unas 30

a 44 galeras, según las cifras suministradas por Venecia,[26] con 46 galeras y

cuatro galeotas, según los informes de Palermo,[27] bastante “poco en orden,

exceptuando la capitana”.[28] La flota puso proa a Trípoli, llevando a bordo 8 000 hombres. Fue vista a lo largo de las costas sicilianas, pero sin que llegase

a emprender nada contra ellas.[29]

No calibraríamos bien, sin embargo, lo que representaba este esfuerzo turco si no supiéramos que para la partida de esta flota fue necesario vencer numerosos obstáculos y hacer frente, sobre todo, a las perturbaciones que

desolaban la ciudad de Constantinopla desde el final de la primavera.[30] Estas perturbaciones, nacidas de la miseria y la indisciplina militar, llegaron a ser, en mayo, tan alarmantes, que los pachás no se sentían seguros dentro de sus casas. “Los mismos bassas no ser seguros en sus casas, haziendo las guardias[II-724]

como si estuvieran en el campo de enemigos”.[31] Esta crisis, que se manifiesta en el centro mismo del poderío turco, nos lleva a creer que los disturbios que se extienden en estos días por todo el islam están más vinculados unos a otros de lo que pudiera parecer. «De la armada del Turco que pasó a Trípoli [escribe el 8 de septiembre el conde de Miranda] no se a savido hasta agora sino su llegada alla que fue a los doze del passado y que Asan Aga hazia todas las diligencias que podia para reducir aquellos moros levantados y que el Morabut, cabeça dellos, hazia las suyas para lo contrario y que se hallava con mucha gente de guerra, desseando que fuesse en su ayuda armada Christiana. Esto se ha entendido… con una galera de la Religión que

fue a dar algún socorro.[32]» Y el hecho fue confirmado por un informe de los

Caballeros de Malta.[33]

Es decir, que a pesar de los temores por ella suscitados, la expedición de Hasán no iba dirigida contra la cristiandad. Los turcos no tenían la menor intención de dar el primer paso en una guerra contra España. No tocaron las playas de Nápoles o Sicilia, ni a la ida ni a la vuelta. Por lo demás, en esta época todavía se encontraba en Constantinopla un agente semioficial de Felipe II, y el régimen de las treguas sucesivas no se había interrumpido. En agosto-septiembre, Felipe II daba a Juan Andrea Doria la orden de dirigir unas 40 galeras sobre España, para recoger tropas. Prueba de que, si se consideraba necesario reforzar de nuevo los tercios de Nápoles y de Sicilia, en previsión de futuras dificultades, no se abrigaban grandes temores para el

presente.[34]

Algunos meses más tarde, un aviso de Constantinopla anunciaba el regreso de las 35 galeras de Hasán Pachá “tan par en orden que ha hecho lástima a todos los christianos que allí residen haverlas dexado bolver a Constantinopla, perdiendo una ocasión semejante porque a la verdad se havia tenido alli l’armada por perdida, haviendo muerto la mayor parte de la gente

de remo y gran número de soldados”.[35] El tono de este aviso belicoso es harto significativo. Si se trabaja en el arsenal es, dícese, “para espantar el[II-725] mundo”. El autor de esta carta se niega, por su parte, a dejarse engañar, sin duda porque conoce y ve a su alrededor las grandes dificultades con que tropieza el Imperio turco. Y no habríamos hecho un hueco aquí para hablar de la expedición de Hasán Veneciano, si (aparte de que, por comparación con los tiempos anteriores, indica el cambio inmenso operado en el Mediterráneo) no fuese uno de los elementos del paisaje turco de estos años de crisis, por lo menos tal como se trasluce, sin que podamos, ciertamente, saberlo con exactitud.

Revuelta en Constantinopla, revuelta en Trípoli. Entre las dos ciudades media evidentemente una gran distancia. Pero la revuelta prende también en

Túnez, donde la relación de un tal Mahomet Caspi[36] señala, ya en noviembre de 1589, la creciente irritación de los indígenas contra los turcos. ¿Es, una vez más, la voz de un individuo aislado, aventurero o soñador, envuelto en las querellas personales y que busca unos cuantos barriles de pólvora o unos cuantos ducados? No, la irritación del país tunecino no es una quimera, sino una realidad, pues estalla en 1590 con una violencia harto reveladora. Todos los anales señalan, en Hadja del año 999 de la Egira, que corresponde, en nuestro calendario, al de 1590, la sublevación del presidio de Túnez y el asesinato de casi todos los buluk bachís, oficiales odiados del ejército y del

pueblo, en cuyas manos estaba toda la administración.[37] Mientras tanto, en Trípoli volvía a encenderse la revuelta con el nuevo año. Un aviso de Constantinopla participaba, en marzo, la muerte del pachá de Trípoli y la desesperada situación de los turcos refugiados en el puerto. Se llegó a pensar que haría falta recurrir, para liberarlos, nada menos que a la caballería de El

Cairo o al envío, como el año anterior, de 50 a 60 galeras.[38] Pero han pasado los tiempos en que armar 50 galeras era un juego de chicos para el sultán. Un aviso de Constantinopla fechado el 16 de marzo de 1590 anuncia que, para reducir los gastos, el gran turco ha ofrecido el cargo de gobernador de Trípoli a quien se comprometa a armar a su costa cinco galeras y a ponerlas al servicio para la empresa. Y nadie se ofrece a ello… Se habla, pues, de armar 30 galeras y de agregar a ellas las de la guardia del Archipiélago, más algunas

fustas requisadas en Grecia…[39]

No cabe duda de que los persistentes disturbios del África despiertan gran[II-726] inquietud en Constantinopla. Pero no es tan fácil obrar. El arsenal no puede recrear una flota de la noche a la mañana. Los soldados, mal pagados, están descontentos. Lo que no impide a los turcos, antes al contrario, hablar de armar 300 galeras, ni al primer pachá multiplicar sus arrogancias y desplantes, amenazando a todo el mundo, a España, al emperador, a Polonia, a Venecia, a Malta… Y como la paz con Persia parece inminente, estas amenazas no dejan de provocar cierta alarma: Venecia pone a Candía en estado de defensa e

impulsa los trabajos de su arsenal.[40]

Entre tanto, la crisis norafricana seguía su curso a toda prisa. Dos cautivos cristianos que habían logrado salir de Trípoli informaban al conde de Alba, a comienzos de abril: “el Morabut sigue su empresa y aunque en Italia juzgan que, por este año, no habrá armada, creo lo contrario, presupuesto que viene a ser lanze [sic] forzoso porque desamparando el enemigo a Tripoli pone en aventura de perder lo que tiene en Berveria hasta Argel, que induvitadamente

tengo por cierto caería todo perdiéndose aquella plaza”.[41] En Venecia se sigue con interés el desarrollo de la revuelta en el momento en que el turco se enreda en tumultuosas negociaciones con los polacos. Acaba de recibirse la noticia, escribe el embajador español en Venecia, de “que los moros rebeldes de Bervería havian cobrado a Tripoli y degollado el exercito de Túnez y el presidio de aquella ciudad con muerte del Baxa, quedando la fortaleza por el Turco, la qual tenian assediada”. Se cree que serán socorridos por tierra desde

El Cairo.[42] Pero todo esto, observa el conde de Miranda por los mismos días,

podría muy bien terminar con el envío de otra armada turca a estos parajes.[43]

En todo caso, España no tiene motivos para inquietarse por ello. Tanto menos cuanto que, por aquellos mismos días, llegaba a Madrid la noticia de

que la tregua hispano-turca había sido prorrogada por tres años,[44] cosa “muy deseada” en Madrid, señala el agente francés. El conde de Alba obstinábase, sin embargo, en alentar a los marinos sicilianos, pero era muy poco probable que la amenaza turca, suponiendo que la hubiera, se dirigiese contra las posesiones españolas. Los asuntos del norte de África bastaban para ocupar todas las fuerzas, apenas convalecientes, de la flota turca, y no digamos las de[II-727] la caballería egipcia, que podría también, en caso necesario, enviarse a

aquellas tierras.[45] La revuelta tendía, en efecto, a generalizarse. El conde de Alba había enviado un agente informador, Juan Sarmiento, a Tabarca, la isla de los coraleros genoveses, que era un excelente puesto de escucha. «Toda la Berveria [le informan Spirolo, el gobernador, y su factor, De Magis (con palabras encubiertas, pues es fácil imaginarse la suerte que habrían corrido si el turco se enteraba de que los honestos genoveses informaban a los cristianos)] esta rebuelta contra los Turcos en mala manera y particularmente en Tunez con el Baxa que está en gran necesidad con los soldados, porque les deve seys meses de sueldo y no tiene recaudo ninguno para podellos pagar por donde está preso su teniente y todo su consejo y en toda Berveria se van huyendo los Turcos, embarcándose por Argel […] Dixeronme [añade Sarmiento] que dixiese a Vuestra Excelencia y al Infante [se refiere al infante hafsida, a quien los españoles conservaban en reserva] que procuren que vayan settenta galeras que solamente parescan en el golfo de La Goleta que los moros haran pedaços a los Turcos y con condición que el dicho infante

concierte con S. M. que a los moros no sean saqueadas sus haziendas.[46]» Los informantes mostraban también su extrañeza de que, “quando vino Asan Aga en Tripoli saliendo con tres mil Turcos en campaña haviendo dexado las galeras desarmadas”, no se hubiesen enviado de Sicilia “veynte galeras que

les hubieran tomado todas y quemadolas”.[47]

Pero, si los españoles se abstienen, en estas circunstancias, de intervenir, ¿no lo harán con conocimiento de causa? No entra en sus propósitos atizar de nuevo la chispa y la hoguera de la guerra turco-española, con motivo de Trípoli ni de ningún otro territorio berberisco. Una carta del conde de Alba,

de abril de 1590, lo dice claramente.[48] “Acababan de llegar de Palermo algunas galeras de Florencia, bien reforçadas de chusma y mucha y mucha infantería, y se dizia que se juntarian en Malta con las del Maestre para yr a la empresa de Tripol y dar occasion al Turco de enbiar armada a poniente, para embaraçar a Su Majestad”. “Para embarazar a Su Majestad”: no cabe mayor claridad. Alba averigua más tarde, con satisfacción, que las galeras de[II-728] Florencia no tenían otra intención que la de lanzarse al corso con los Caballeros, una vez más para sorprender la “caravana” de los galeones entre

Rodas y Alejandría.[49] Si cabe, los españoles se apresuraban todavía menos que los turcos en reanudar las antiguas luchas.

No cabe duda de que esta actitud contribuyó a limitar las revueltas del norte de África. En ellas se enfrentan por lo general indígenas mal armados, provistos en el mejor de los casos de unos cuantos arcabuces, contra ciudades fuertes y unidades enteras de arcabuceros, armados además de artillería. Aunque la tarea de los presidios turcos no sea fácil, no podemos decir que sea desesperada y que esté muy por encima de sus fuerzas, mientras los rebeldes sólo puedan contar con sus propios recursos. Y así vemos que en el verano de 1590 la traición entrega a los turcos al morabito tripolitano que los traía en jaque. A comienzos de marzo indicábase que se había retirado a Cahours, dejando a los turcos toda la marina, precaución normal en el momento en que

era posible la llegada de una nueva flota turca.[50] Poco después, un aviso de

21 de mayo anunciaba en Nápoles el asesinato a traición de este personaje.[51] El 8 de junio se precisa desde Constantinopla “que la pelleja del morabí que levantó a Trípoli y a otros lugares de Berbería fue expuesta, en cruz, en una de las plazas más transitadas, en señal de triunfo y para vergüenza de los

cristianos. Después de lo cual, se la colgó del rollo de los ajusticiados”.[52] Cierto es que el 2 de junio se anunciaba la aparición de un sustituto del

morabito, mucho más agresivo que él.[53] Pero todo parece indicar que las inquietudes del turco, en Trípoli, son ahora mucho menores. Fuera de las pequeñas escuadras de galeras que van y vienen entre Constantinopla y el norte de África —las 10 galeras que acompañan, por ejemplo, a Jafer Pachá,

nombrado gobernador de Túnez—,[54] los turcos no intentan, durante este año, ningún importante esfuerzo marítimo. Y tampoco en 1591 ni en 1592, si nuestras fuentes son exactas y las hemos manejado bien. ¿Porque este esfuerzo no era absolutamente necesario, o porque era superior a las fuerzas efectivas y reales de Turquía? No sabríamos decirlo. Sin embargo, es[II-729] indudable que la crisis del norte de África, a la postre, benefició mucho menos a los indígenas que a los turcos de África, a las guarniciones y a las pequeñas colonias otomanas, cuya cuasi autonomía queda consagrada ahora. ¿No se ven obligadas a vivir cada vez más por sus propios recursos y bajo su propia iniciativa? En Argel, donde se trasluce esta evolución a que nos referimos, se impone la república de los rais, la “taifa”, lo que da como resultado una expansión de la piratería. Y lo mismo en Túnez, donde la piratería cobra mucho auge antes de fines de siglo. Vemos esbozarse ya la fisonomía de las regencias berberiscas, casi dueñas de sus propios destinos…

[55] De otra parte, al hacerse menos densas las relaciones con Constantinopla, no cabe duda de que, al terminar el siglo, el norte de África va convirtiéndose en un mundo más abierto que en el pasado al comercio y a las intrigas de la cristiandad, en un mundo en que es más fácil actuar y que ofrece mayor margen a las ambiciones y a las asechanzas de los vecinos de enfrente. Un