El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Burguesías mediterráneas
nueva, estirada, nobiliaria, cortesana…[140] Es la Italia de Stendhal, que se anunciaba de largo atrás y que, sin embargo, causa sorpresa, en esta ciudad[II-100] donde con tanta fuerza había latido el corazón libre del Renacimiento… Todo un decorado antiguo y burgués se había venido a tierra, entre tanto.
No creemos que sea exagerado, en efecto, hablar de la bancarrota de la burguesía. Ésta estaba vinculada a las ciudades; y las ciudades habían conocido desde muy pronto una serie de crisis políticas, como la revuelta de los Comuneros en 1521 o la toma de Florencia en 1530. Las libertades urbanas salieron muy quebrantadas de estos embates. Vinieron luego las crisis económicas, pasajeras al principio, pero que con el siglo XVII se hacen persistentes y afectan profundamente la prosperidad de las ciudades. El cambio era inevitable y ya estaba en camino.
Burguesías mediterráneas
Por lo demás, en España, lo que esa crisis social acaba de destruir apenas
existía. G. Schnürer[141] sostiene que España, o por lo menos Castilla, perdió su burguesía con la revuelta de los Comuneros; creemos que eso es ir demasiado lejos, aunque el argumento es sustancialmente cierto. En realidad, la Península, insuficientemente urbanizada pese a todo, apenas dispone, para las faenas del comercio, más que de intermediarios, extraños a los intereses reales del país, y que, sin embargo, desempeñan en él un papel necesario, como en tal o cual país sudamericano de nuestros días o, mejor, de ayer. En la Edad Media este papel lo habían desempeñado las comunidades judías, de donde salían en aquel tiempo los mercaderes, los usureros y los recaudadores de contribuciones. Por eso la expulsión de los judíos abre, en España, un vacío que vuelve a llenarse con elementos no españoles. ¿Quiénes son los que, en el siglo XVI, se ocupan con tanta frecuencia del comercio al por menor, en ciudades y aldeas? Son los moriscos, los cristianos nuevos, a quienes pronto se acusará de conspirar contra la paz pública, de acaparar y de dedicarse al comercio de armas. El comercio al por mayor estaba representado, en su mayor parte, principalmente en Burgos, por judíos
conversos.[142]
Es verdad que estas quejas y estas pasiones parecen indicar, a falta de otras pruebas, que todavía quedan, aquí o allá, burguesías españolas en[II-101] Sevilla, en Burgos o en Barcelona (ciudad que saldrá de su largo letargo a fines del siglo). Existen, en efecto, ricos mercaderes españoles, como los Malvenda de Burgos, o aquel Simón Ruiz de Medina del Campo. Por otra parte, no podemos aplicar el término de “burgueses” a aquella legión de
funcionarios, a aquellos “letrados”[143] al servicio del rey, tan dados a anteponerse el “don” a su nombre y que aspiran más a pasar por nobles o por pequeños nobles que por burgueses. Es curioso, en este curioso país que es España, ver también a los bastardos de eclesiásticos obtener u ostentar el título de hidalgos. No tan curioso, sin embargo, si se repara en el desprecio que los españoles sienten por el trabajo manual y por los negocios, y en las innumerables violaciones de la tenue frontera que separa a la nobleza menor de la gente común: entre los 700 hidalgos de una modesta ciudad vecina a
Portugal, sólo hay quizá 300 auténticos, dice una protesta de 1651,[144] sin contar los “hidalgos de gotera” o esos padres de 12 hijos, que, sin ser nobles, disfrutaban de exenciones fiscales y a quienes el pueblo llama crudamente
“hidalgos de bragueta”.[145] En España, la burguesía se ve circundada y atacada en todas sus fronteras por esta nobleza que tan rápidamente prolifera.
En Turquía, las burguesías urbanas —esencialmente comerciales— son extrañas al Islam: son ragusinas, armenias, judías, griegas y, algo peor, occidentales. Subsistían en Gálata y en las islas de la “Latinidad”. Ahora bien, es sintomático observar la rápida decadencia, de los que podríamos llamar los grandes mercaderes del imperio, ragusinos, venecianos y genoveses. Descubrimos dos grandes hombres de negocios cerca del sultán: uno de ellos,
Michel Cantacuceno,[146] [147] griego; el otro, Micas, judío. Los judíos ibéricos (españoles o portugueses) inmigrados a fines del siglo XV van ocupando poco a poco los altos puestos de los negocios en El Cairo, en Alejandría, en Alepo, en Trípoli de Siria, en Salónica y en Constantinopla. Ocupan un lugar preeminente entre los arrendatarios (incluso los burócratas) del imperio. Los venecianos no cesan de quejarse de la mala fe de los judíos, revendedores de las mercancías de Venecia. Pero pronto vemos que los judíos no se contentan[II-102] ya con el papel de redistribuidores y hacen la competencia abierta a ragusinos y venecianos. A partir del siglo XVI practican el comercio marítimo en gran escala con Mesina, Ragusa, Ancona y Venecia. Una de las lucrativas ramas del corso cristiano en Levante era, por aquel entonces, la caza de las mercancías judías embarcadas en navíos venecianos, ragusinos o marselleses, la “ropa de judíos”, como la llamaban los españoles, asimilada por ellos a la mercadería de contrabando, pretexto bien fácil cuando se trata de justificar
cualquier incautación arbitraria.[148] Los armenios seguían los pasos a los judíos, y pronto fueron sus competidores; en el siglo XVI fletaban navíos para el Occidente, los tripulaban ellos mismos y se convertirán, con el tiempo, en
los corredores de la expansión comercial del Shah Abbas.[149] He aquí a los sucesores, en Levante, de la rica burguesía de los mercaderes italianos, dueña en un tiempo de todo el Mediterráneo.
En la misma Italia, la situación es mucho más compleja. Y es aquí donde, una vez más, se halla el meollo del problema, por ser en Italia donde surgen las ciudades más importantes y viven, en el pasado, las burguesías más activas. El esplendor de Florencia en tiempo de Lorenzo el Magnífico coincide con el de una gran burguesía opulenta y cultivada. Es la
confirmación de la tesis de Hermann Hefele sobre el Renacimiento,[150] acerca de la coincidencia entre la eclosión intelectual y artística y una poderosa evolución social que dará origen a una sociedad florentina diferente y más abierta. El Renacimiento corresponde en todo caso a la coronación del
orden burgués: el de las [151] Arti Maggiori, que ocupa todas las avenidas del poder y no desdeña ninguna de las tareas del comercio, de la industria o de la banca; además rinde homenaje a los refinamientos del lujo, de la inteligencia o del arte. Vemos a la Italia revivir ante nuestros ojos perpetuada por los pinceles de sus amigos, los pintores, en la serie interminable de retratos que Florencia nos ha legado, como testimonio revelador por sí sólo de una
burguesía en su apogeo…[152] Pero un poco más allá, en la galería de los Uffizi, el visitante se encuentra frente al cuadro de Bronzino: Cosme de Médicis, envuelto en su túnica roja… Se trata de una nueva época, con sus[II-103] príncipes y su nobleza cortesana. Sin embargo, un mercader español establecido en Florencia puede todavía escribir en marzo de 1572: “en esta ciudad existe la costumbre muy antigua de tener en alta estima a los hombres
de negocios”.[153] Bien es cierto que se está refiriendo a la más alta categoría de mercaderes, los hombres de negocios, la mayoría de los cuales pertenecía a la nobleza; para que todo estuviese en orden, les bastaría con abandonar sus actividades comerciales y vivir de sus tierras y sus rentas.
También en otras partes cambia el decorado. En 1528, Génova recibió la constitución aristocrática que se mantendrá vigente hasta los disturbios de 1575-1576. En la Venecia de fin de siglo vemos a la nobleza mercantil volver la espalda a los negocios. En el centro y en el sur de Italia algunos testimonios revelan una evolución análoga. En Roma la burguesía se pone al paso y su gran época termina en 1527. En Nápoles sólo hay cabida para ella en el