El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Las tres misiones de Claude du Bourg (1576 y 1577)
España…»[82].
Maledicencias, sin duda; no obstante, si una vez más nos atenemos a la correspondencia diplomática, parece que el gobierno francés, por ejemplo, era mucho más expeditivo para el despacho de sus asuntos y para contestar las consultas de sus agentes. Pero ¿era siempre por culpa del rey, que, encastillado en su despacho de Madrid, quería leerlo todo, o debía achacarse más bien a las distancias españolas, tan considerables? El español movíase en los ámbitos de una vida imperial mucho más dilatada que la vida francesa o la inglesa; Felipe II, para adoptar sus decisiones, tenía que escuchar voces que le llegaban desde mucho más lejos. Así coadyuvaban las dos causas de lentitud que acabamos de considerar. A sus lentitudes propias, la máquina española asocia las de la navegación a través del Atlántico, el Índico e incluso el Pacífico; está obligada a responder a los requerimientos del primer sistema económico y político que se extiende por todo el mundo conocido. Esta es una de las razones por las que el pulso de España late a un ritmo más lento que el de los otros países. Y aún se hace más lento cuando, en 1580, conquista Portugal. Consideremos lo que escribe Sassetti, un florentino que va a las Indias Occidentales en 1585, y del que se nos ha conservado la preciosa correspondencia. Si la gente se hiciese una idea —escribe desde Cochin, el 27 de enero de 1585, a su amigo Piero Vettori, residente en Florencia— de lo que va a ser este viaje de siete meses «viviendo de galleta y agua salobre, confinados en un reducido espacio con otras 800 o 900 personas,
atormentados por el hambre, la sed, el mareo y la incomodidad»[83] habría muy pocas personas interesadas en ir a las Indias. Pero ocurre que, cuando uno ve un barco, siente deseos de navegar en él. Y también las órdenes del rey de España han de sufrir estos siete meses de viaje, cuando no mucho más. No hay duda: la lucha de España contra las distancias era dura, y testimonia mejor que cualquier otra prueba lo que era «la medida del siglo XVI».
Las tres misiones de Claude du Bourg (1576 y 1577)
Lo ilustraremos con un pequeño ejemplo. Se trata de un aventurero francés, Claude du Bourg, personaje famélico y enigmático. ¿Era un genio o simplemente un excéntrico? Lo podrá descubrir quizá quien se decida a estudiar los múltiples documentos inéditos que conserva la Bibliothèque Nationale. Pero lo que nos interesa ante todo no es la personalidad de este individuo, sino los tres viajes, bastante curiosos, que hizo a España: el primero, en mayo de 1563; el segundo, en septiembre-octubre del mismo año, y el tercero, en julio-agosto de 1577. Las dos primeras veces llegó a la Península como encargado de los intereses del duque de Alençon y, añadiendo a la comisión, sin duda, mucho de su coleto, negoció en nombre del príncipe su posible matrimonio con una de las infantas, hija de Felipe II, quien aportaría como dote a su esposo los Países Bajos; la tercera vez —hay que leer y releer los textos para creerlo—, Claude du Bourg actuó en nombre de Enrique de Béarn, quien solicitaba un empréstito y la intercesión del Rey Católico para que una de sus hermanas se casara con el príncipe de Saboya. Cada una de estas extravagantes misiones plantea los más complicados problemas, y para redondear la comedia, desencadenaron los furores del embajador de Francia, Saint-Gouard.
La primera vez, nuestro personaje regresó con una carta más o menos vaga para su señor, llevándole, además, una cadena de oro que valía 400 ducados. En el segundo viaje, el rey trató de detenerlo; y he aquí lo que escribió a su embajador en París, el 4 de octubre de 1576: «No creía que Claude du Bourg fuese a regresar, sobre todo después de vuestras cartas de 30 de julio y 13 de agosto». Sin embargo, el 2 de septiembre, el indeseable estaba de nuevo en Barcelona. Detenerlo, inmovilizarlo y evitar, por lo menos, serios incidentes con el embajador del rey de Francia, tratándolo todo por escrito, era cuestión de rapidez, de presteza en la expedición de las órdenes oportunas. Çayas escribió, en efecto, dos o tres veces; pero Claude du Bourg no quiso escuchar, se escurrió por entre las mallas, y «cuando me trasladaba de El Escorial a El Pardo —escribe Felipe II— se interpuso en mi camino al llegar a Galapagar, el 22 de septiembre por la mañana, y me mostró una carta manuscrita del duque de Alençon fechada el 19 de agosto, proponiéndome más abiertamente que la primera vez la negociación del matrimonio entre el duque de Alençon y una de las infantas, mis hijas. Le di la respuesta por medio del duque de Alba…». El desarrollo de la intriga deja de interesarnos, a partir de este momento. Solo las lentas y difíciles comunicaciones de la época pueden explicar la hazaña de que un hombre solo —que era, además, un indeseable— pudiera deslizarse subrepticiamente a través de toda España y, a pesar de haber sido señalado por los servicios de vigilancia, escapar a todos los controles y a todas las barreras, para surgir de
improviso ante el mismísimo Rey Prudente en el centro mismo de su corte[84].