El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
I. El Sahara, segundo rostro del Mediterráneo
Si no tenemos en cuenta esta extensa zona de influencia, este Mediterráneo Mayor, nos va a resultar difícil comprender la historia del mar interior. Concentración de tráficos, de riquezas acumuladas que luego cambian de manos, perdiéndose sin remedio algunas veces: el Mediterráneo se puede estudiar de acuerdo con sus irradiaciones. Es con frecuencia más fácil de leer su destino en sus márgenes externos que en el mismo centro de sus múltiples actividades. Obstruida en una zona, la vida general del mar sabrá encontrar en otra la indispensable compensación, de acuerdo con una ley de equilibrio que no siempre resultó evidente a los observadores contemporáneos, y que algún que otro historiador cree haber conseguido vislumbrar. Así, en el siglo XV, el avance turco molesta a las regiones del Levante: el comercio europeo se concentra entonces, con mayor insistencia
que nunca, sobre el África del Norte[2]. Igualmente, a fines del siglo XVI, determinadas presiones económicas empujan la vida mediterránea en dirección de la Alemania del sur y de la Europa Central y Oriental: se trata, sin duda, de una forma de la ley de compensación. La supervivencia de Italia hasta 1620, e incluso más tarde, sería inimaginable sin estas aventuras hacia el norte y el nordeste. Venecia fue durante muchos años una puerta abierta hacia estas posibilidades. Los primeros signos de decadencia —decadencia, en todo caso, muy relativa— aparecen respecto a las relaciones a larga distancia entre el océano y el mar interior. Resumiendo: la historia del mar se inscribe en sus diferentes formas, en las masas de tierra y los espacios marítimos que las rodean, se hallen distantes o cercanos.
I. EL SAHARA, SEGUNDO ROSTRO DEL
MEDITERRÁNEO
El Mediterráneo linda por tres lados con la inmensa cadena de desiertos que se extiende sin interrupción a lo largo del Viejo Mundo, desde la costa atlántica del Sahara hasta la China del norte: al sur de la costa libia se extiende el Sahara; al este del Anti-Líbano se encuentra el desierto sirio, «muy cerca de una de las más importantes civilizaciones nómadas del
mundo»[3]; al norte del mar Negro terminan las estepas rusas del sur, umbral del Asia Central. Desde estos vastos frentes, un abundante movimiento de caravanas está en contacto con el comercio mediterráneo, haciéndose imprescindibles uno a otro. Los contactos no ocurren solamente en los centros principales, como lo son Egipto y Siria, por donde pasa, en el siglo XVI, todo el prestigioso comercio del Levante, sino en toda la extensión de sus confines. Orán, que la conquista española, en 1509, ha separado netamente del interior, era todavía, a mediados del siglo XVI, el centro de un comercio en pequeña escala de negros, lo bastante importante aún como para inquietar a las