El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Y las islas que no circunvala el mar

Lomellini, en ese litoral que un documento procedente de estos mismos Lomellini llama «la costa che guardano li Francesi in Barberia»[222]. Es por demás curioso que en esta costa coralífera los corsos se encontraron de nuevo frente a su enemigo, la Dominante, bajo la forma de la fortaleza de Tabarca, ante la cual debería perecer Sanson Napollon en su tentativa de mayo de 1633.

 

Y las islas que no circunvala el mar

 

En este mundo del Mediterráneo, tan excesivamente compartimentado, donde la ocupación del suelo deja grandes vacíos —sin contar los del mar—, hay otras islas, además de las verdaderas. Otros mundos casi estrictamente aislados, casi islas —la palabra es evocadora—, como Grecia y otras regiones que, encerradas entre murallas terrestres, no tienen otra salida que el mar. ¿No era una isla, en este sentido, el reino de Nápoles, bloqueado en el norte por la barrera de las montañas que forman sus fronteras con Roma? En nuestros manuales se menciona una isla de Magreb, Djezirat-el-Magreb, la isla de Couchant, entre el océano, el Mediterráneo, el mar de las Sirtes y el Sahara. Un mundo sujeto a los más bruscos de los cambios, como lo señala Émile-Félix Gautier.

Se dirá de la región lombarda que, a su manera, es una isla, una isla continental, enclavada entre los Alpes y los Apeninos, por una parte, y el rústico Piamonte y la zona a medias bizantina de Venecia, por la otra. Asimismo y de análogo modo se dirá, exagerando poco, que toda una serie de islas periféricas, Portugal, Andalucía, Valencia y Cataluña, están unidas a las masas ibéricas por las Castillas. Recordemos que también Cataluña, abierta sobre el mar, ha estado dispuesta siempre a orientarse según soplasen los grandes vientos de la historia, ora hacia Francia, con los carolingios y más tarde en la época de los trovadores y de las cortes de amor, ora hacia el Mediterráneo, en los siglos XIII, XIV y XV; y, finalmente, en el siglo XVIII, hacia las regiones rudas y todavía no industrializadas de la Península… En cuanto a España en su totalidad, Maurice Legendre llega hasta llamarla una «más que isla», queriendo significar con ello su inaccesibilidad, su irreductible originalidad, su alma encastillada.