El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
El Mediterráneo, invadido por las monedas españolas
de octubre: se negocia otro «partido» para pagar de 700 000 a 800 000 en Italia…[212].
En los años sucesivos, la corriente de metales preciosos aumenta todavía más; para comprobarlo, basta ver hasta qué altura se elevan los cambios durante los 12 últimos años del reinado de Felipe II. En 1586, los Fugger le
prestan, sin duda alguna, 1 500 000 en oro, pagaderos en Italia y en
Alemania[213];en 1587, Agostino Spínola le adelanta un millón de escudos; en 1589, los florentinos le proporcionan 600 [214] 000 escudos; este mismo año algunos mercaderes genoveses contratan un cambio de 2 000 000 destinado a
los Países Bajos. Al año siguiente, Ambrosio Spínola paga a los Países Bajos 2 [215] 500 000. En 1602, Octavio Centurione adelanta nueve millones, y
más, incluso —suma elevada que han puesto en duda prudentes historiadores —[216] [217] , aunque sin motivo justificado. Encuentro también la indicación de un «partido» concertado en 1587 con Agostino Spínola por 930 521 escudos, aunque, al contrario de lo que afirma Ehrenberg, la deuda no habrá de
liquidarse en Italia, sino en los Países Bajos, bajo la forma de una letra de cambio extendida a la orden del duque de Parma[218].
Los detalles importan poco en esta ocasión; lo que interesa retener es la enorme inflación del tráfico de especies monetarias y de créditos a través del Mediterráneo occidental, elevado al rango de ruta imperial del dinero. Nadie se atrevería a negar la importancia histórica de estos incesantes viajes de galeras cargadas de cajas o barriles de monedas. Cuando se habla del oro y la plata de América, no se debe olvidar que, además de los celebérrimos galeones de las flotas de Indias, existían también las no menos importantes zabras y naves vizcaínas y unas galeras que, en cuanto volvía a reinar la paz
en el Mediterráneo, se ocupaban con la mayor eficiencia en transportar, no combatientes, sino viajeros y montañas de monedas de plata[219]. Ocurren los inevitables accidentes. En abril de 1582 una galera procedente de Barcelona, con destino a Génova, sorprendida por el mal tiempo, se ve forzada a arrojar
por la borda parte de su preciosa carga: el mar se traga 56 cajas de reales, además de otra caja llena de escudos y otras monedas de oro[220]. Pero eran raros los accidentes de esta especie: la prima de 15 % del seguro nos lo
testimonia por sí sola. Los accidentes por tierra registraban la misma frecuencia, si no, mayor. En enero de 1614[221] y a seis leguas de Barcelona, 140 000 escudos propiedad de banqueros genoveses caían en manos de un grupo compuesto por alrededor de 100 ladrones.
El Mediterráneo, invadido por las monedas españolas
Esta prosperidad mediterránea es la exacta contrapartida del agotamiento de los tráficos atlánticos, de la decadencia de Amberes y, con ella, de todas las actividades que dependían del buen funcionamiento del centro del Escalda. Yo me inclinaría a creer que la caída de Amberes y de los Países Bajos ocurrió, pues, mucho antes del periodo decisivo de 1584-1585, cuya importancia no puede negarse, y aun antes del saqueo de Amberes en 1576 y
de la segunda bancarrota española de 1575. Creo que podría fijarse en 1567, como lo ha hecho A. Goris[222], y mejor aún en 1569. En este último año ocurren parálisis muy claras, como la del centro lanar de Hondschoote, a
pesar de hallarse en plena prosperidad y de tener una importancia mundial[223]. A la llegada del duque de Alba, la industria textil estaba ya tan
quebrantada que el capitán español no encontró en plaza suficiente paño azul para vestir al personal de su palacio[224]. Es indudable que los saqueos de
noviembre de 1576 no destruyeron, en Amberes, una ciudad en plena
lozanía[225]. Una afirmación portuguesa que data de 1573 indica que todo el
comercio de Flandes estaba arruinado desde el año anterior[226]. Pero ya en 1571[227] un mercader español tiene la impresión, a su vuelta a Amberes, de encontrarse en otra ciudad. Incluso la Bolsa «no es… lo que solía».
La decadencia de Lyon data, sobre poco más o menos, de la misma fecha.
Lo que quedaba de sus grandes funciones monetarias se transfirió a París en la década del setenta al ochenta[228]. El auge de la gran plaza francesa había
terminado, indudablemente, en 1577. En la plaza de los Cambios, verdadera ciudadela urbana, empezó a brotar la yerba[229].
Hacia la misma época se produce también el fin de las grandes ferias de cambio de Medina del Campo, ritualmente considerado por los historiadores como contemporáneo de la segunda bancarrota que desorganiza el Estado español (1575). Menos frecuente es citar, al norte de Medina del Campo, la
doble caída, casi concomitante, de Burgos y de Bilbao. Se cerraron entonces, prácticamente, los importantes registros de seguros marítimos[230] del consulado de Burgos. Todo esto viene a romper el gran eje Medina-Bilbao-Flandes, una de las grandes líneas directrices del Imperio español al comienzo del reinado de Felipe II.
Sin embargo, el Mediterráneo se enriquece, al desviarse en su provecho una gran parte de la circulación monetaria del mundo. Como signo de los nuevos tiempos, vemos a Barcelona renaciente, con una vida próspera, reorganizar sus ferias de cambio en 1592, y a finales del siglo, reexpedir sus veleros hasta Ragusa y Alejandría de Egipto, más allá de Cerdeña, de Nápoles
y de Sicilia, que parecían señalar los límites extremos de su zona comercial[231]. Más aún; los metales preciosos invaden Italia entera. El embajador Du Ferrier, durante tantos años representante de Francia en
Venecia y que estaba al corriente de los negocios de Italia y de Levante, se inquieta en 1575[232] por las amenazas de guerra que pesan sobre la Península: teme que los españoles se aprovechen de las querellas civiles de Génova para apoderarse de la ciudad y con ella de toda Italia. Esta Italia en la que «nunca ha abundado el dinero», escribe en una carta al rey de Francia. ¿Qué decir, entonces, de la Italia de las décadas que se avecinaban? Un hombre tan sensato como lo era el duque de Feria escribía, en un largo informe, en 1595, que lo mejor que podía hacer Inglaterra era someterse a la
autoridad de España, «siguiendo el ejemplo de Nápoles, de Sicilia y de Milán, que bajo su actual gobierno florecen más que nunca»[233]. Brindemos este párrafo a quienes se obstinan en hablar de la decadencia del Mediterráneo ya a principios del siglo XVI.
La invasión de monedas españolas a través de todo el espacio del mar no disminuía. Pronto formaron parte de lo cotidiano. Veamos, por ejemplo, el caso de Argel, en 1580. En el mercado de la ciudad las monedas corrientes son el ducado español, el escudo español, de oro en oro, el real de plata, las monedas de a ocho, seis y cuatro, sobre todo las «de a ocho reales». Todas estas monedas tienen prima en el mercado, y son una de las grandes
mercancías que se enviaban a Turquía, adonde se expiden por cajas enteras
los reales de España[234]. Los registros del consulado francés en Argel, que
acaban de descubrirse y que se remontan hasta 1579[235]; los del consulado francés en Túnez[236], que comienzan en 1574, indican en un 90 por 100 de casos la primacía de las monedas españolas. Los precios de los rescates se fijaban, por lo general, en esa moneda. En febrero de 1577 algunos cautivos se insubordinan en Tetuán, a bordo de un navío argelino. Los turcos, asustados, se arrojan al agua precipitadamente, y bastantes de ellos, cargados
de sacos de reales de oro, son arrastrados hasta el fondo por no querer soltar los pesados fardos[237].
En Liorna, además de los grandes arribos oficiales, las barcas que vienen
directamente de Génova o España llevan entre los bultos de mercancías cajas de «reali»[238].
En Ragusa, ya en vísperas de finalizar el siglo, en 1599, de dos registros
de monedas destinadas a Rodosto y a Alejandría, el primero menciona talleri
y [239] reali, el segundo únicamente «reali d’argento di Spagna a reali otto per pezza [240] [241] » . El año anterior una nave ragusina es abandonada en Cérigo por su tripulación, que prefiere alcanzar la tierra en una barca que caer en manos de la flota de Cigala. El capitán y los fugitivos llevan en su barca 17 000 «reales de a ocho». Otro detalle: en mayo de 1604 un marsellés