El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Las comarcas en espaldera

hablaba un embajador veneciano en 1581[171] —¿acaso no es la facilidad de comunicaciones la primera condición para un gobierno eficaz?—, Castilla se convierte por todas estas razones en el centro histórico de gravedad de

España[172].

 

Las comarcas en espaldera

 

Las comarcas en que se juntan la montaña y el llano[173], debajo de las laderas —en Marruecos se les llama Dir—, presentan estrechas fajas de vida arraigada y floreciente. Tal vez porque entre los 200 y los 400 metros — donde se encuentran situadas— está el nivel óptimo del ambiente mediterráneo, por sobre las miasmas de la llanura y, por otra parte, dentro de los límites en que pueden prosperar todas las plantas de la coltura mista. Además, el agua que baja de la montaña permite la irrigación y los sabios cultivos hortícolas, que dan belleza y vida a estas estrechas regiones privilegiadas. En Marruecos, desde que nos alejamos del Atlas por el Dir que une a las grandes llanuras del oeste, vemos aparecer en cada valle abierto los canales de riego, y con ellos, esos jardines y esos vergeles admirables que fueron la admiración del padre Foucauld. De un modo análogo, para el viajero que viene del norte, la impresión de Italia, o mejor dicho del verdadero Mediterráneo, no se fija sino mucho tiempo después de pasar los Alpes, cuando se llega a las primeras estribaciones de los Apeninos, que tienden, de Génova a Rímini, en la raíz de la península, sus laderas a veces quebradas, pero sembradas por todas partes de oasis maravillosos. Es impresionante, hace notar uno de estos viajeros, salir de la llanura del Po en primavera y llegar a esas regiones verdegueantes, esmaltadas de flores, con sus campos cultivados, en los que se conjugan la viña, el olmo, el nogal, el olivo y las blancas ciudades, mientras que en la llanura del Po los árboles desnudos —el álamo, el sauce, la morera— parecen aún azotados por el frío invernal. Porque estas regiones de coltura mista —mezcla de huertos, jardines y a veces prados — están frecuentemente localizadas a lo largo de las faldas, sobre la línea de las laderas.

«A esta altitud (entre los 200 y los 400 metros) [apunta Vidal de la

Blache][174] alrededor de la campiña romana se despliega la línea de castelli romani; allí se levantaban las antiguas oppida, que bordeaban sobre los montes Volscos la franja desértica (todavía lo era en tiempos de Vidal) de las lagunas pontinas, y las antiguas ciudades dominaban las orillas casi desiertas de la vieja Etruria… El jardín aparece en el primer plano; al fondo emerge la montaña gris. Las oppida, antiguas ciudades fortificadas, se elevaban sobre los espolones, en las partes no cultivables. No existía allí una vida urbana propiamente dicha, sino una vida cantonal bastante poderosa, que la mano de Roma reunía en un haz… La pureza y la vivacidad del aire conserva y reforma un material humano que antaño suministrara a Roma el mejor contingente de sus legiones, y que ahora le proporciona la mano de obra que recluta para la explotación de la Campagna».

El mismo paisaje en espaldera encontraremos frente al Adriático, sobre el largo reborde de los Alpes dináricos, desde los alrededores de Istria hasta la

altura de Ragusa o de Antivari[175]. Un estrecho festón de vida mediterránea bordea la montaña casi junto a la costa, insinuándose en las brechas de los relieves hacia el interior, por el paso de Carniola hasta Postojna, por la garganta de Prolog hasta Livno, en Bosnia, o por el cálido valle del Narenta hasta Mostar, en Herzegovina. Se trata, aun con esos anejos, de un espacio filiforme, no comparable a la enorme Zagora, ese alto país de los karst, que es tan ancho a la altura de Ragusa como los Alpes sobre el meridiano de Múnich, y que sirve de barrera del lado del continente balcánico.

¿Podríamos ni soñar contraste más impresionante de paisajes y géneros de vida? Al oeste, anchos países montañosos, desolados por los rigores del invierno y por las sequías catastróficas del verano, regiones ganaderas y de vida inestable, verdaderos países colmenas, que desde la Edad Media, que nosotros sepamos —pero, probablemente, desde siempre—, sobre todo Herzegovina y Montenegro, vuelcan sus hombres y sus rebaños sobre los países de más abajo, hacia la Serbia moraviana, con sus cuencas fluviales mal desecadas; hacia la Chumadia antaño impenetrable, con sus bosques; hacia Croacia-Eslovenia, al norte y hasta Syrmia. No es posible concebir, cualesquiera que sean los encantos y las finuras de su civilización, región más ruda, más patriarcal y más atrasada… Es una de las zonas de reservas humanas más ricas de la península, y siempre ha abierto sus esclusas —es decir, sus desfiladeros y sus puertos— a una multitud de emigrantes. Por añadidura, en el siglo XVI era también una zona de guerras, un país fronterizo enfrentado a los turcos. Los zagorcis son soldados natos, bandidos o prófugos, hajduk o uskok, «rápidos como el ciervo» y de un valor legendario. Por otra parte, la montaña favorecía sus golpes de sorpresa, y mil cantos populares, mil pesma, nos hablan de sus hazañas, de los beys azotados, de las caravanas asaltadas, de las hermosas muchachas raptadas… No debe sorprendernos que esta montaña salvaje se desborde también hacia la Dalmacia. Pero estos desbordamientos no tienen nada de la anarquía de los del este o del norte, en dirección al interior; son, por el contrario, disciplinados y cuidadosamente filtrados. Se hacía una guerra eficaz contra los tropeles de los zagorcis; podrían esparcirse por la Baja Albania, pero no por los campos estrechos y por los vergeles de la costa. Apenas se insinuaban aquí y allá, especialmente por la depresión del Narenta. El hombre, por su parte, se domestica; se convierte de bandido en gendarme; el colono eventual se dirigía a las islas y aún más lejos, a través de Venecia, en dirección a Istria, donde el trabajo y las

tierras sin cultivar abundaban más que en otras partes[176].

El invasor se encuentra aquí con un mundo eminentemente estable y tranquilo; un mundo que ignora, si no el movimiento, por lo menos las migraciones en masa y los gestos de loco de los países altos; un mundo rural cerrado, que había desarrollado pacientemente sus huertos de frutas, sus viñedos y sus prados, en el que las pendientes no eran demasiado fuertes, y que en los lugares menos propicios había ido plantando huertos a golpe de azada entre pequeños muros de contención. Toda una serie de aldeas urbanizadas, de pueblecillos con estrechas calles y de altas casas apretadas una contra otra, ocupaban las bahías, los draga, los promontorios y los istmos de la costa. La gente, en estos lugares, era laboriosa, paciente, equilibrada y acomodada, aunque no rica, pues la pitanza, aquí, es exigua, como en todo el Mediterráneo, ya que hay que luchar contra la Naturaleza, contra el enorme Zagora amenazante, contra el turco, y, por si todo ello fuera poco, contra el mar. Todo esto exigía un trabajo coordinado, y no gente libre para obrar a su voluntad; desde el siglo XIII, el campesino de Ragusa tenía la situación de un colono, de un campesino en estado de semiservidumbre. Un catastro del siglo XV nos revela una situación análoga en los países cerca de Spalato. En el siglo XVI, alrededor de las ciudades venecianas de la altra sponda, una agricultura precaria se cobijaba bajo la protección de los soldados. Cuadrillas de campesinos obligados a trabajar partían por la mañana y regresaban al

atardecer bajo la protección de la tropa[177]. Todo ello no contribuía, ciertamente, a estimular el individualismo ni las agitaciones campesinas, de

las que, sin embargo, hay pruebas e indicios[178].