El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Las monedas devaluadas y la falsa moneda

 

En todo caso, a mediados del siglo XVII se cierra el gran capítulo, de importancia mundial, de la plata americana. Hace entonces su aparición, en gran escala, la moneda falsa. No queremos decir con ello que fuese desconocida en el siglo XVI. Pero al llegar al XVII, las piezas de aleación adulterada penetran en los canales de la circulación esencial del Mediterráneo, y son arrastradas por el torrente del comercio hasta Levante, mientras que en los 50 años anteriores había sido cuidadosamente descartada de esta animada zona.

Por aquel entonces la mala moneda solo circulaba a sus anchas por el norte europeo y las regiones islámicas, al margen del mar interior, e incluso en esas dos zonas aparece tardíamente. En el norte, mientras la moneda inglesa restablecida por la reina Isabel no se movería ya del sitio, la moneda de los rebeldes Países Bajos pasa por incontables altibajos, hasta su

devaluación en noviembre de 1585[418]. Pero ya antes de esta medida, de tan graves consecuencias, habían estado operando los fabricantes de moneda

falsa, especialmente en Lieja, por lo menos desde 1574[419], año en el cual esas monedas llegan hasta los propios puertos de España y se truecan fraudulentamente por las buenas. El cambio fraudulento por moneda

buena[420] era una manera tan útil como cualquiera otra de abrir una brecha en el monopolio español y tener acceso a una parte de los metales preciosos americanos. Este tráfico realizado en los propios puertos llegó a alcanzar un enorme desarrollo después de la firma de la tregua de 12 años, en 1609. Los holandeses aportan entonces enormes cantidades de moneda fraccionaria, haciendo directamente lo que antes solo habían podido hacer a través de intermediarios y gracias a las complacencias de los navíos de Lúbeck o de Hamburgo, o por medio de los mercaderes ingleses (Inglaterra firmó su paz

con España en 1604)[421] o franceses. Estas pequeñas monedas, de baja aleación, llegaban ilícitamente y en cofres y barriles enteros. A la vuelta, las piezas de oro o de plata se escondían entre la sal. En 1607 había en y alrededor de Burdeos cuatro «Casas de la moneda» ocupadas en refundir las piezas españolas obtenidas por los medios más diversos y que, simplemente al

pasar por los crisoles, reportaban un beneficio de más de 18 [422] %.

En la época a que nos referimos, este comercio era, además, casi legal. Pero duró poco tiempo en este plano de relativa honestidad. A partir de 1613 se falsifican las monedas de vellón, sin duda imitando las monedas españolas. Fabricábanse, por este procedimiento, más de dos millones de pesos al año, y la producción aumentó más tarde. Según ciertos informes, estas falsificaciones arrojaban ganancias de más de 500 %. Fuera de los Países Bajos, este fraude florecía en Dinamarca, en Inglaterra y, más tarde, en Italia. Barcos enteros cargados de quartillos falsos llegaban por aquel entonces a la

costa cantábrica o a Sanlúcar de Barrameda[423].

La moneda falsa, que ya circulaba a sus anchas en el tráfico del Atlántico, invade luego el mismo Mediterráneo. En 1595, por ejemplo, sabemos que la duquesa de Piombino mandó acuñar en su minúsculo Estado monedas de muy

baxo quilate[424]. En la primera década del siglo XVII, la mala moneda (o si se prefiere, la «moneda baja») llegó por fin a los puertos de Levante; la intoxicación del mar es, entonces, completa. Una relación veneciana de

1611[425] indica que, en medio del tremendo desorden monetario de Alepo, las buenas monedas, que de ordinario tenían una prima de 4 a 5 % sobre la moneda, estaban llegando ese año a un alza de 30 a 35 %. Las proyecciones de esta historia de la moneda falsa, que se salen de los marcos cronológicos de este libro, pueden estudiarse en la obra de Paul Masson Le commerce

français dans le Levant au [426] XVIIe siècle.

Durante nuestro periodo, vemos que el tráfico estrictamente mediterráneo resulta poco afectado por estas extraordinarias convulsiones, pero una grave crisis castiga a los territorios turcos, desde Argel, por el oeste, hasta Egipto y Constantinopla, por el este. Se ha hablado demasiado de las magníficas e inalterables finanzas turcas. Tal vez lo fueran durante el largo reinado de Solimán el Magnífico (1522-1566), pero el mismo año en que termina este glorioso reinado, es decir, al día siguiente del desastre turco en Malta, se

produce en El Cairo, si los datos del viejo libro de Hammer[427] son exactos, una devaluación de 30 % en cuanto a la única moneda de oro acuñada por los turcos. Es posible que fuese un reajuste impuesto por la depreciación de la plata. Sin embargo, los documentos que he tenido a la vista no permiten confirmar el hecho. Sería interesante averiguarlo y saber si se produjo o no una devaluación después del gran esfuerzo de Malta en 1566, primer signo de fatiga del Imperio turco.

De cualquier modo, en 1584 ya no hay duda posible; en este año se

desencadena una gravísima crisis monetaria[428]. La moneda corriente en

Turquía era una pequeña pieza de plata más cuadrada que redonda[429], el aspro (en turco, akce), hecha de plata pura «no mezclada, sino purificada»,

precisa Belon du Mans[430] [431] . Se probaba, dice un viajero, arrojándola sobre una estufa al rojo. En peso, representaba la cuarta parte de un dracma de

plata; su valor era de 10 a 11 denarios torneses[432], de 7½ quattrini venecianos y de 2 a 2½ kreuzer alemanes, y el equivalente a un bajocco

romano o al antiguo [433] marchetto veneciano. «El aspro vale tanto como uno

de nuestros carolus», dice Belon[434]. A comienzos de siglo representaba la

135.ª parte del cequí o sultanino, hecho de oro fino puro[435], ligeramente inferior, aunque apenas, «di bontà», al ducado de Venecia, pero igual y

muchas veces superior a los mejores [436] ongari de Alemania. Al advenimiento de Selim I, el sultanino valía 60 aspros, según el cambio oficial, que al parecer no se modificó hasta 1584. Por tanto, si hubo devaluación en 1566, no afectó a la equivalencia de plata de la nueva fórmula del zequí. El tálero turco, moneda de plata ligeramente inferior al Kronenthaler austriaco y al escudo de Italia, valía 40 aspros (el Kronenthaler y el escudo valían 50).

Varios documentos confirman estos valores[437]: en 1547, 300 aspros valían

seis escudos[438]. El baile de Venecia indicaba, en 1564, que sus gastos ordinarios por tres meses se elevaban a 34 487 aspros, o sea 574 ducados y 47 aspros; lo que arroja, para el ducado, un cambio habitual de 60. Habiendo necesitado librar una letra de cambio por 9170 escudos, obtuvo una

equivalencia de 50 aspros por escudo[439]. En 1561, otro baile no pudo obtener, en vista de la escasez de plata en aquel momento, sino un cambio de

47 aspros por escudo[440]; en 1580 el cambio manteníase ya invariable en 50

aspros[441].

Para completar el cuadro de las monedas otomanas debemos referirnos a la última de ellas, la árabe, que circulaba en Egipto y en Siria y ocupaba el espacio situado entre el Mediterráneo, el golfo Pérsico y el Mar Rojo: el maidin, especie de aspro que contenía una vez y media más metal fino.

Cuarenta [442] maidins equivalían a un zequí, y 35 a un escudo o a un

Kronenthaler[443] [444] . Como dice el viajero inglés Newberie en 1583, «40 medins maketh a ducakt».

La gran devaluación de 1584[445] se produce a raíz de otra devaluación análoga efectuada en Persia, como consecuencia de los enormes gastos ocasionados por la guerra y por el aumento de tropas a sueldo. El sultán, a quien Egipto cedió en 1584 zequíes de oro al cambio de 43 maidines, los imponía, para sus pagos, a 85 maidines. El zequí permaneció invariable, y su valor pasó de 60 a 120 aspros. Claro está que al mantenerse intacto el zequí, se alteró la aleación del aspro, sustituyéndose por cobre una parte de su metal fino. En 1597, un dracma de plata ya no valía cuatro aspros, sino 10 o 12. Después de las dificultades de 1590, el zequí continúa variando y sube de 120 a 220 aspros. Según esto, nos encontramos en Turquía, a consecuencia de esta moneda de mala ley, con la equivalencia exacta de la inflación del vellón de Castilla, cuyos mecanismos y estragos entre 1600 y 1650 estudia Earl