El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Para comprender España

expensas de los judíos”.[371] A las galeras piratas de los Caballeros de Malta se vienen a sumar, a finales de siglo, las de los toscanos, sicilianos,

napolitanos y griegos de las islas:[372] esto indica con toda probabilidad que ha aumentado el botín posible. Hay otros signos del renacimiento de la fortuna judía, por ejemplo, la reapertura —en beneficio suyo— de las relaciones comerciales con Nápoles. Parece ser que después de su expulsión en 1541 sólo se les había consentido acceso a las ferias de Lanciano y de Lucera; pero a partir de 1590 se habla de un restablecimiento de las relaciones

comerciales,[373] [374] lo que finalmente ocurre en septiembre de 1613.

Forzando los términos y dado que los historiadores hablan corrientemente[II-228] de una época de los Fugger y de una época de los genoveses, no resulta del todo infundado, en el estado actual de nuestros estudios, hablar de una época de los grandes mercaderes judíos, época que comenzaría a partir de los años 1590-1600 y que duraría hasta por lo menos 1621 o, muy posiblemente, hasta 1650. Y será una época que irradiará vivos colores de luz intelectual.

 

Para comprender España

 

El destino de los judíos no se puede estudiar separado del contexto de la historia mundial, en particular del de la historia del capitalismo (se ha afirmado demasiado precipitadamente que los judíos no han inventado el capitalismo, lo cual puede muy bien ser verdad, pero ¿es que puede algún grupo singular reclamar ese derecho? Lo indudable es que participaron, de todo corazón, a su gestación). Puede ser muy útil, al aproximarnos a este problema tan complicado, limitarnos a considerar el único y espectacular caso de España. La imagen del destino judío se refleja y, refleja en sí, el espejo multifacético de la historia española.

La dificultad mayor en esta discusión tan llena de carga emocional consiste en evitar que las emociones, el vocabulario y la polémica de nuestra época se deslicen en ella y en negarse a aceptar ese lenguaje de los moralistas que separa rígidamente el blanco del negro y el bien del mal. Me niego a considerar España como culpable del asesinato de Israel. ¿Es que ha habido alguna vez en el pasado una civilización que haya sacrificado su propia existencia en beneficio de otra? Jamás, e incluyo tanto la hebrea como la islámica. Mi afirmación es desapasionada, pues comparto los sentimientos de mi época y mis simpatías están con los que sufren violencia sobre su libertad, sus personas, sus pertenencias o sus convicciones. En el caso de España, estoy, naturalmente, del lado de los judíos, de los conversos, de los protestantes, de los alumbrados, de los moriscos… Pero estos sentimientos, de los que no puedo escapar, no tienen nada que ver con el verdadero problema. Y hablar de la España del siglo XVI como de un país totalitario o racista, me parece muy poco razonable. Ciertamente, las escenas que se nos presentan son tristes, pero también Francia, Alemania, Inglaterra o Venecia nos ofrecen por entonces espectáculos semejantes (como se puede comprobar a través de sus archivos judiciales).

Permítaseme hacer hincapié otra vez en que la situación económica, una[II-229] fuerza ciega en España, tanto como lo es en Turquía o en ese Nuevo Mundo que entra entonces en la historia universal, tiene su buena parte de responsabilidad. Cuando los Reyes Católicos expulsan a los judíos, en 1492, no actúan impulsados por móviles individuales, sugeridos por la conquista de Granada, que, como sucede siempre con una victoria, es mala consejera, sino que su acto está estimulado por el deplorable ambiente económico y la resistencia que ciertas heridas ofrecen al proceso de cicatrización. Las civilizaciones, lo mismo que las economías, tienen sus coyunturas a largo término: son propensas a los movimientos de masas, como si el peso de la historia les empujase a deslizarse por secretas pendientes, declives por los que se desciende de un modo tan particularmente gradual que nadie toma conciencia de ese movimiento y a nadie se puede considerar responsable. Es

también destino de las civilizaciones [375] aligerarse a sí mismas, operar sobre sí mismas y, conforme avanzan, ir dejando detrás parte de sus herencias y de sus bagajes. Continuamente, toda civilización hereda de su propio pasado y elige entre los bienes que los padres dejan a los hijos. Y deberá irse deshaciendo de algunos bagajes tirándolos a lo largo de la ruta. Pero no ha habido nunca una civilización que se haya visto obligada a infligirse a sí misma tantos cambios, a dejar tantas cosas por el camino, como la civilización ibérica en la época de su esplendor, es decir en el periodo que va de los Reyes Católicos a Felipe IV. He empleado deliberadamente la expresión civilización ibérica, puesto que se trata de una variedad particular de la civilización occidental, una avanzadilla o promontorio suyo que antaño había estado, durante cierto tiempo, casi enteramente cubierto por aguas extrañas. Durante el largo siglo XVI, la Península, para volver a ser Europa, se ha tenido que convertir en cristiandad militante; y para ello, ha debido comenzar por quitarse de encima esas dos religiones, la musulmana y la hebrea, que le están estorbando. Se niega a convertirse en africana u oriental, recurriendo para ello a un proceso en cierto modo semejante a los actuales procesos de descolonización. Podríamos discurrir a placer acerca de los diferentes destinos que le eran posibles a Iberia: podía haberse convertido en puente entre Europa y África, de acuerdo con su destino geográfico y con lo que durante siglos fue su vocación histórica. Hubiera podido… Pero todo puente implica una doble circulación. Europa conquistó la Península por la ruta terrestre de los Pirineos y por las rutas marineras del Atlántico y del[II-230] Mediterráneo; a todo lo largo de esta zona fronteriza derrota al Islam con esas victorias de la Reconquista, que lo son también de Europa. Esto es algo que saben muy bien los historiadores de la Península, tanto Américo Castro como Sánchez Albornoz: la victoria se inclina por los ultramontanos, y la Reconquista de España por Europa avanza a la par de la Reconquista española del suelo musulmán. Los grandes descubrimientos de más tarde harán el resto y colocarán a España en el centro del mundo moderno, que es lo mismo que decir de la conquista del mundo por Europa.

Afirmar que España no debería haberse convertido en parte de Europa es

presentar una tesis; y ha habido quienes la han sostenido.[376] Pero ¿le habría sido factible evitar su incorporación a Europa? Las consideraciones de orden político no han sido el único elemento determinante de la expulsión de los heterodoxos o de la creación de la Inquisición española en 1478 y de la portuguesa en 1536; existía también la presión popular, la intolerancia de las masas. Hoy, la Inquisición nos resulta odiosa, no tanto por el número

relativamente pequeño de sus víctimas,[377] como por sus procedimientos. Pero la responsabilidad de esta institución, la responsabilidad de los Reyes Católicos, la de los dirigentes de España y Portugal, ¿serán las fuerzas sustantivas de un combate empeñado porque ése es el hondo deseo de las masas?

Con anterioridad a los nacionalismos, forjados por el siglo XIX, el único vínculo capaz de atar los pueblos era el del sentimiento de pertenencia a la misma creencia religiosa. Y lo dicho vale también para las civilizaciones. La masiva cohesión de la España del siglo XV es la de un pueblo que durante mucho tiempo se ha visto frente a otra civilización como más débil, menos brillante, menos rico y que, de repente, se ve libre. Y convertido ya en el más fuerte, no ha adquirido ni la certeza íntima de serlo ni los reflejos adecuados a ese estado. Continúa combatiendo. El hecho de que la terrible Inquisición haya causado a fin de cuentas tan pocas víctimas hay que achacarlo a que este combate ocurre un poco en el vacío. Había en España demasiado miedo subconsciente y demasiada militancia como para que la heterodoxia pudiera encontrar un terreno lo más mínimamente abonado. En España no habrá lugar para el erasmismo, ni tampoco para el converso de corazón dudoso o para el protestante.

En esta perspectiva de conflictos entre civilizaciones, los apasionados y[II-231] seductores argumentos de Léon Poliakov no llegan a satisfacerme demasiado. Él ha visto solamente uno de los dos aspectos de la tragedia, las quejas de Israel, sin tener en cuenta las de España, las cuales no eran de ningún modo ilusorias, falaces o diabólicas. Había una España cristiana esforzándose en realizarse. El glaciar que en esta emergencia se pone en movimiento derriba los árboles y las casas que encuentra a su paso. Y no diremos, con la doble intención de moralizar y distraer la cuestión, que España ha sufrido el justo castigo merecido por sus fechorías, por la expulsión de 1492, por la persecución infligida a múltiples conversos y por sus coléricas medidas contra los moriscos en el periodo que va de 1609 a 1614. Y se ha dicho que estos crímenes y estas pasiones le han costado su grandeza. Pero la grandeza española comienza, precisamente, en 1492, y perdura, inmaculada, hasta Rocroi (1643) o, para ser más precisos, hasta mediado el siglo XVII. El castigo ha tardado en llegar (según elijamos fecha), más de un siglo o más de 40 años. Es más: tampoco acepto que la expulsión de los judíos privase a España de una vigorosa burguesía. La verdad es que en España no llegó nunca a desarrollarse una burguesía. Felipe Ruiz Martín acaba de demostrar que eso se debió al hecho de haberse implantado en este país un nocivo capitalismo internacional, el de los banqueros genoveses y congéneres equivalentes. Otro argumento que se oye con frecuencia es que el drama de la limpieza de sangre se acabó convirtiendo en tormento y castigo de España. Nadie puede negar este tormento ni sus terribles secuelas, pero tampoco que todas las sociedades de Occidente levantaron sus correspondientes barreras durante el siglo XVII, y sacralizaron los privilegios sociales, sin poder invocar, a cambio, las razones que aducía España.

Aceptemos más bien que toda civilización se encamina a su destino, tanto si quiere como si no. Si el tren inmóvil en la estación en que me encuentro se pone en marcha, el vecino del tren de al lado tiene la impresión de que éste se mueve en dirección contraria. Y recíprocamente, los trenes de las civilizaciones cruzan sus destinos: ¿se comprenden entre sí? No estoy seguro de que lo logren. En el siglo XVI, España va de camino hacia una unidad política que, dada la época, sólo se puede concebir como una unidad religiosa. Israel, por su parte, se movía hacia el destino de la diáspora, destino unitario también, pero que, en su caso, tiene el mundo entero como escenario: se extenderá allende océanos y mares, y se introducirá tanto en las naciones[II-232] nacientes como en las civilizaciones antiguas, burlándose y desafiando estas últimas. Encarna un destino moderno muy por delante de su tiempo… Incluso un espíritu tan lúcido como lo fue Francisco de Quevedo ve esta civilización bajo rasgos diabólicos. El demonio es siempre el Otro, en este caso la otra civilización: La Isla de los Monopantes (1639) es un panfleto dirigido contra el conde-duque de Olivares y los banqueros marranos de su entorno (aunque muy posiblemente no fue Quevedo su autor). «En Ruán —dicen los judíos de la isla de los Monopantes— somos los cordones de la bolsa de Francia contra España y al mismo tiempo los de España contra Francia; y en España, bajo un hábito que oculta nuestra circuncisión, ayudamos al monarca [en este caso, Felipe IV] con las riquezas que poseemos en Ámsterdam, el país de sus mortales enemigos… Y hacemos lo mismo en Alemania, Italia y Constantinopla. Creamos toda esta complicada intriga y esta fuente de guerras socorriendo a cada uno con el dinero sacado del bolsillo de su mayor enemigo, pues nuestra ayuda es como la del banquero que presta dinero, con muy alto interés, a aquel jugador que está perdiendo para que así pueda perder