El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
El Mar Negro, avanzada de Constantinopla
dice un proverbio griego— debe olvidarse de su patria…»[30].
Se concibe que, con las rutas marinas que los unen y permiten las grandes travesías, estos espacios circunscritos revistan una gran importancia humana. En el siglo XVI son, desde luego, mucho más importantes que los dos anchos sectores del mar Jónico, al este, y de ese mar occidental inscrito entre las islas de Córcega, Cerdeña, Europa y África. Uno y otro (sobre todo el primero) son verdaderos Saharas marítimos que el comercio sortea casi siempre, o solo surca por azar y sin detenerse.
La vida marina del Mediterráneo tiene lugar en la periferia de estos dos amplios espacios, hostiles por su masa: en la órbita de los mares angostos que se suceden de un extremo a otro del Mediterráneo. Al este, el Mar Negro, que solo a medias es un mar mediterráneo; el mar Egeo o del Archipiélago (en el siglo XVI se le designaba con el vocablo italiano Arcipelago, predominante incluso en francés); en el centro, el Adriático, y los mares entre África y Sicilia, que no tienen nombre propio. Al oeste del Tirreno, mar italiano por excelencia, «el mar etrusco», entre las islas de Sicilia, Cerdeña y Córcega, y la costa occidental de Italia. Finalmente, en el extremo oeste entre el sur de España y la cercana África, un mar también sin nombre: ese «canal de la Mancha» mediterráneo que puede deslindarse hacia el este por una línea que iría del cabo Matifú, cerca de Argel, hasta el cabo de la Nao, no lejos de Valencia, y que el estrecho de Gibraltar comunica con el Atlántico.
Aún cabría distinguir, en el interior de estos mismos mares, islotes más pequeños: no hay un golfo en el Mediterráneo que no sea una patria y
represente, por sí solo, un mundo muy complicado[31].
El Mar Negro, avanzada de Constantinopla
Lejano como meta de navegación, el Mar Negro se halla cercado por una masa de regiones adustas (salvo algunas excepciones), a la par bárbaras y barbarizadas. Poderosas montañas lo circundan por el sur y por el este, montañas adustas entre las que se abren paso trabajosamente los caminos que de Persia, Armenia y la Mesopotamia conducen a la gran estación de Trebizonda. Al norte, en cambio, se extienden las inmensas planicies de Rusia, zona de tránsito y de nomadismo por excelencia, en las que los tártaros de Crimea montaban todavía la guardia en el siglo XVI. Fue en el siglo siguiente cuando las hordas cosacas, fuera de la ley rusa, llegaron a la orilla del mar, para entregarse allí a una peligrosa piratería, en detrimento de los turcos. Sin embargo, ya en el siglo XVI, y aprovechándose del invierno, los
moscovitas irrumpen de vez en cuando en estas costas[32].
En esta época, como a lo largo de toda su historia, el Mar Negro es una zona económica importante. Contaba con lo que producían sus propias riberas, como pescados secos, las huevas y el caviar de los ríos «rusos», las maderas indispensables para la flota turca, el hierro que producía la
Mingrelia[33], el trigo y la lana, este último producto almacenado en Varna y cargado, juntamente con los cueros, por las grandes naves ragusinas, y el trigo, acaparado por Constantinopla. Contaba, además, con las mercancías transportadas por sus aguas: lo que pasaba por él con destino al Asia Central y a Persia, y lo que le confiaban las caravanas, en tránsito hacia Constantinopla y el Occidente. Por lo que se refiere al siglo XVI, estamos desgraciadamente mal informados acerca de este doble tráfico con el este. Tenemos, no obstante, la impresión clara de que Constantinopla acaparaba el lejano y el cercano comercio del Ponto Euxino, haciendo de pantalla entre este extremo del Mediterráneo y el resto del mar. El Mar Negro, tan al alcance de su mano, es la zona nutricia de la enorme capital del Bósforo, sin la cual no podría vivir. No podía contentarse para su avituallamiento con los tributos de los Balcanes (principalmente, con los envíos de ovejas), ni con lo que transportaban hasta el Cuerno de Oro las flotas de Alejandría cargadas de especias, de drogas y también de trigo, arroz y habas, traídos por las flotas de
Alejandría, junto con las especias y las drogas. Belon du Mans[34] nos habla de la mantequilla transportada de Mingrelia a Constantinopla en «odres de buey y de vaca sin curtir… recién desollados». Probablemente a bordo de uno de esos innumerables caramusalis griegos que aseguran los transportes por el Mar Negro, a pesar de ser más aptos para los cortos trayectos del
Archipiélago que para este peligroso mar[35], frecuentemente agitado y cubierto de niebla. En octubre de 1575, una tempestad hundió de golpe, cerca de Constantinopla, cien de estas pequeñas embarcaciones cargadas de
trigo[36].
FIGURA 8. Los naufragios de naves rumbo a Venecia, de 1592 a 1609. Según A. Tenenti, Naufrages, Corsaires et Assurances maritimes à Venise, 1959. Evidencian la importancia de la ruta costera.
En el siglo XVI, el Mar Negro estaba, pues, adscrito a Constantinopla, como antes había sido feudo de Mileto, de Atenas y más tarde, a partir de
1265, dominio de los italianos y los genoveses[37], que, instalados en Caffa y
en el Tana, en la posición resguardada del sur de Crimea[38], al abrigo de las montañas de la península contra los pueblos de las estepas del norte, e instalados también en Constantinopla (de donde no salieron hasta 1453), no fueron desalojados por los turcos de sus escalas de Crimea sino hasta mucho más tarde, en el último cuarto del siglo XV. Caffa cayó en manos de los turcos en 1479. Ello trajo como consecuencia un gran reajuste de las rutas terrestres que conducían al mar: estas rutas ahora ya no se dirigen hacia Crimea, sino hacia Constantinopla; es la venganza sobre el siglo XIII. En la región moldava, por ejemplo, las vías que llevaban a Kilia y a Cetatea Alba son desplazadas por la gran ruta comercial hacia Galatz, que va a dar salida en adelante al
comercio danubiano y, por añadidura, al de Polonia[39].
FIGURA 9. Capturas de naves durante el mismo periodo (según la misma fuente).
[I-146]
FIGURA 10. Sicilia y Túnez cortan en dos el Mediterráneo.