El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
La pimienta portuguesa, ofrecida en Venecia
La proposición hecha a Venecia a fines de 1585 para quedarse con la contrata de reventa de la pimienta portuguesa no era un golpe teatral. Desde hacía cuatro o cinco años el asunto flotaba en el ambiente. Su primera forma fue la oferta, sin duda española, transmitida a la señoría a finales de 1581 por el embajador veneciano Morosino y por el cónsul veneciano en Lisboa,
Dall’Olmo, de una expedición de «galeas a la capital portuguesa»[116]. En diciembre, el Colegio deliberó sobre esta propuesta con todos los documentos en la mano. ¿Convenía enviar los barcos? Sí; pero la primera dificultad estaba en saber quién armaría las galeras. Ningún particular disponía de las sumas necesarias para ello y para las compras a Portugal. «Los venecianos no contaban con ningún crédito» en aquel país, con el cual no negociaban habitualmente, y no podían, por tanto, valerse de letras de cambio. La segunda dificultad estribaba en las mercaderías que podían enviar a cambio, puesto que la vidriería, la cristalería, la cerámica y otros artículos análogos estaban prohibidos en Portugal. Finalmente, como la situación de Portugal no estaba aún estabilizada, los barcos se expondrían a los ataques de los corsarios ingleses, «normandos» y demás enemigos de Felipe II. Los partidarios de la aventura contestaban a estas objeciones diciendo que el crédito se encontraría, que la señoría otorgara su aval, que el Rey Católico autorizaría la importación de las mercancías de intercambio, y, finalmente, que con dos o tres galeras de escolta, se garantizaría la seguridad del convoy. A la postre se decidió que, antes de ir más lejos, convenía esperar una relación más circunstanciada de Morosino… Tal es el resumen que del asunto hace el embajador español en
Venecia, Cristóbal de Salazar, en su carta del 8 de septiembre de 1581[117].
Todavía en 1584 se continuaba discutiendo sobre el tema, puesto que ese mismo año el cónsul veneciano Dall’Olmo enviaba a Venecia un voluminoso informe sobre los medios de restaurar el comercio de la señoría en
Lisboa[118].
De modo que habían precedido largas conversaciones a la proposición hecha a la señoría en 1585. La proposición en sí no es menos singular y señala una repetición bastante curiosa del destino. Nada mejor para examinarla que el informe que rindieron en las postrimerías de 1585 los
«expertos» Antonio Bragadino y Jacopo Foscarini[119]. ¿Cuáles eran las proposiciones de España? Nada menos que la cesión a Lisboa de 30 000 «cantares» (unos 15 000 quintales ligeros) de pimienta cada año, a razón de 30 ducados el «cantar», pagaderos un tercio al contado y el resto escalonado en seis meses. Además de algunas otras ventajas no despreciables: la escolta de las galeras del rey de España desde la Península hasta Sicilia; tratas de trigo concedidas a las galeas a su llegada a la isla; por último, la rebaja en favor de la señoría de las gabelas, tan pesadas en Portugal…
Pero existen también ciertos inconvenientes. Acceder a entrar en las combinaciones de España, dicen unos, es colaborar en la ruina del comercio de Levante, del que ha vivido y sigue viviendo aún la República; es asestar un golpe demoledor a las artes de la lana y de la seda, interesadas en ese tráfico y que dan de comer a numerosas familias. Era, por tanto, exponerse a ir a pique bajo el peso de aquellos 30 000 «cantares». ¿No era mucha pimienta, demasiada pimienta, de la que Venecia no sabía qué hacer? El precio mismo (30 ducados en vez de 36-38, que habitualmente se señalaba a los «contrattori») podía ser un señuelo. Tales eran los argumentos contra el proyecto que los informantes exponen para mejor rebatirlos.
El tráfico del Levante se suspendería; bien. Pero ¿acaso no estaba ya suspendido en lo tocante a la pimienta y las especias? «Se ve claramente que cada día disminuyen los tráficos de Levante… No solo nuestros navíos que vienen de Siria y de Alejandría no traen especias, sino que se sabe que, para su consumo, el propio Levante, en especial Constantinopla, tiene necesidad de aprovisionarse en Venecia de la pimienta y de las especias que llegan de
Lisboa»[120]. Además, ¿acaso no está el Rey Católico en condiciones de establecer un bloqueo eficaz que aísle las fuentes de aprovisionamiento de Levante? ¿Y no llevará adonde le convenga las especias de que dispone? Pero, si Venecia no acepta las proposiciones, se las puede hacer a Toscana. Por otra parte, aunque las especias escaseen en Siria y en Egipto, el comercio de Levante aún no se ha estancado; los viajes continúan; las telas venecianas
se cambian por sedas, camelotes, algodones, agallas de roble, ceniza[121]. Y, en cuanto a la cantidad, es muy poco probable que fuera excesiva en una
época en que la pimienta había doblado el precio[122] y en que los
concesionarios vendían, no a 100 ducados, precio habitual, sino a 180[123]. Y los informantes concluyen recomendando que se haga la operación…
Más que un dictamen, se trata, como se ve, de un alegato parcial y poco objetivo. Es verdad que la situación del comercio de especias y de pimienta en los mercados habituales de Levante era difícil y casi catastrófica en 1585. Pero este comercio subsistía, a pesar de todo. También la pimienta portuguesa pasaba por un trance difícil. En el propio alegato de los «informantes» decíase que Felipe II buscaba nuevos contrattori, porque los anteriores ya no cumplían, porque no habían transportado las cantidades señaladas y habían subido abusivamente los precios. Por su parte, los que habían ido a las Indias habían dejado allí stocks de mercancías «expuestos al contrabando y a la ruta
del Levante»[124].
Por lo demás, el mirífico negocio no se llevó nunca a cabo. Pero no solo por culpa de las minucias de Venecia, de las pasiones políticas y de su furioso y suspicaz antiespañolismo; aunque resulta evidente que todos esos factores han contribuido: desde los años de 1582-1583, el senado era particularmente
hostil a Felipe II[125],a su poderío, acrecentado demasiado aprisa. ¿Fue error político lo que llevó a Venecia a rehusar la fortuna que se le brindaba? Así lo creen algunos, como el embajador Lippomano, quien, después de la negativa de la señoría, se obstinaba en desarrollar el comercio entre Lisboa y
Venecia[126]. ¿Era una locura o un intento de eludir una venganza turca y proteger los intereses de 4000 familias venecianas arraigadas en Levante, en
Damasco, en Alepo, en Alejandría, en El Cairo y hasta en Bagdad?[127] A mi parecer, este argumento peca un poco de exagerado, aunque es cierto que poseemos documentos que atestiguan la presencia de mercaderes venecianos
en un punto tan lejano como Ormuz[128]. Por otra parte, no fue solamente Venecia la que rechazó el contrato. Tampoco lo aceptaron Milán, Génova y
Florencia[129], igualmente solicitadas. No; esta negativa general de Italia, a primera vista tan explicable, no puede interpretarse como una locura colectiva. El capitalismo desaprueba la empresa. El motivo de semejante actitud resulta evidente a la luz del gran contrato de los Welser y de los Fugger, entre 1586 y 1591, y de la doble historia del comercio de Portugal y Levante, es decir, la historia de esos ríos de pimienta y de especias que, por las más diversas rutas, desde las Molucas, las islas de la Sonda o la costa de Malabar, llegan a los países de Europa y del Mediterráneo.