El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Movimientos generales y movimientos locales

Estos viajes o fugas de los artesanos obedecían a la coyuntura. Una mano de obra desplazándose a distancias más o menos largas respondía constantemente a las oscilaciones de la demanda. Este movimiento que va de las ciudades grandes a las medianas o a las pequeñas será moneda corriente a finales del siglo XVI. Y en un área más extensa contamos con el ejemplo de la difusión de la industria de la seda por toda Europa durante el siglo XV y a lo largo del siglo XVI. En la Italia del siglo XVII se produce la expansión de la industria de la seda en el Mezzogiorno, que conoce así una segunda juventud

industrial. Pero en la década de 1630[162] cesa de golpe esta prosperidad: la fortuna sonríe ahora a las pequeñas ciudades del norte, que sustituyen a las ciudades meridionales en el trabajo de la seda. Este cambio brusco habrá de ir inevitablemente acompañado de emigración artesana.

 

Movimientos generales y movimientos locales

 

No podemos saber a priori si todas estas actividades en rápida evolución admiten los mismos ritmos de conjunto. Es posible, aunque a condición de imaginar que existían compensaciones y excepciones. En realidad, el conjunto de estas actividades continúa siendo un misterio para nosotros. En lo concerniente a las industrias textiles —las más importantes junto o inmediatamente después de las de la construcción, pero en modo alguno las únicas— contamos con una evidencia de carácter comprensivo, dado que conocemos la cantidad de alumbre que se exportaba a partir de España y de los Estados pontificios, y en consecuencia, las cantidades totales de este mordiente, indispensable para el teñido de los tejidos, o mejor dicho, para la preparación del tinte. Es una guía infalible, y su respuesta, clara: las oscilaciones son las de la coyuntura general, alcanzando su nivel más alto

entre 1590 y 1602[163]. Pero queda por saber si todas las industrias obedecen a estos ritmos generales (lo que es posible e incluso probable). Los historiadores ansiosos de señalar las conexiones entre la actividad industrial y

las demandas de los mercaderes[164] nos han instado a que así lo creamos, a que consideremos a los mercaderes como los directores de escena. Pero aceptemos que a la corta o a la larga se deben haber producido excepciones, pues la industria también podía ser una forma de compensación o de sustitución. La industria de la construcción, por ejemplo, podía ir a veces a

contracorriente de estos movimientos de conjunto[165]. Y comenzamos a contar con evidencias de primera mano de que se producen peculiares coyunturas locales. Conocemos, por ejemplo, unas cuantas curvas de la producción textil. Lo curioso del caso es que, cualquiera que sea la fecha, se parecen mucho unas a otras. Todas las curvas de expansión industrial siguen una trayectoria de flecha: suben derechas y, una vez alcanzado el punto más alto, se lanzan hacia abajo tan dramáticamente como ascendieron. En

Hondschoote[166] la curva de la producción de estameñas sigue la trayectoria de un cohete: sube casi verticalmente y, en determinado momento, se precipita hacia abajo; en Leyde la producción textil sigue una doble curva

claramente discernible; en Venecia (según Pietro Sardella[167] y Domenico

Sella)[168] toma la forma clásica de parábola. En Florencia las cifras que

poseemos se ordenan, pese a su insuficiencia, en una curva análoga[169]. En

Mantua[170], ejemplo menor, se confirma la regla; y es probable en el caso de

las industrias laneras de Brescia y del Val Camónica[171]. Resulta evidente en

Segovia, Córdoba, Toledo[172] y Cuenca… ¿Será una regla general?

En todo caso, parece suceder lo mismo incluso en las industrias más modestas. Venecia, por ejemplo, puso especial empeño en eliminar toda suerte de competencia en la costa este del Adriático, tanto si se trataba de navíos como de manufacturas o comercio; aunque no siempre lo consiguió. Las galere da mercato y otras naves procedentes de Venecia tenían por costumbre hacer escala en el pequeño puerto de Pola, en Istria, para completar allí sus tripulaciones, sus remeros y sus provisiones. Y a estos hombres ya embarcados o a punto de hacerlo, Pola les resultó el mercado mejor provisto de tejidos fabricados a partir de la lana ordinaria de las islas, esas rascie y

grigie [173] de las que ya hemos hablado, provenientes de las zonas del interior de Istria y Dalmacia. Hacia 1512 estos tejidos hacen acto de presencia en las ferias del Sottovento, Sinigaglia, Recanati y Lanciano, donde se hacen tan populares que Pola acaba quedándose sin la que había sido su mercancía habitual y característica. La situación se prolongará unos 10 o 15 años, hasta el día en que, hacia 1525, la señoría intervenga para restablecer el orden. En el intervalo ha habido tiempo suficiente para que se haya producido una expansión y un descenso.

También en el Imperio otomano se pueden descubrir movimientos análogos. Su industria estaba, por lo general, en manos de los inmigrados, cautivos cristianos que, en Constantinopla y demás lugares del imperio, se

convierten casi siempre en maestros[174] [175] y fabrican paños preciosos; y, en mayor grado aún en las de artesanos judíos. Estos últimos habían introducido

la industria de paños en Constantinopla y Salónica[176]. Sabemos que en Salónica la producción de paños de algodón comenzó a declinar a partir de 1564, y que los rabinos, verdaderos amos de la comunidad judía, tomaron múltiples medidas, encaminadas a evitar la decadencia (prohibición de poder comprar lana libremente, obligación de vestirse con productos fabricados en la ciudad…). Los datos que poseemos nos permiten fijar alrededor del 1564 el punto más alto de la producción. Y nos lo confirma Safedo, capital de Galilea, pequeña ciudad a orillas del lago Tiberiades, que, gracias a los inmigrantes

judíos y a los telares que trajeron consigo[177], conocerá una rápida prosperidad lanera de 1520 a 1560-1580. En 1536, escribe un viajero: «La industria textil prospera de día en día. Se dice que este año se han fabricado en Safed más de 15 000 cariseas, sin contar otros tejidos menos ligeros. Algunos son de tan buena calidad como los de Venecia. Todo aquel que se ocupa, hombre o mujer, de una tarea que tenga que ver con la lana, se gana muy bien la vida… Yo he comprado algunas pocas cariseas y otros tejidos y los he revendido con buenos beneficios…». La fiscalización turca nos confirma la prosperidad de la pequeña ciudad: en 1525-1526, los tintoreros pagan un impuesto de 300 aspros; hacia 1533 ha subido a 1000, y en 1555-1556 hay cuatro tintorerías que han de pagar 2236 aspros. Se inicia muy poco después de esta última fecha la decadencia, de modo que, en líneas generales, hay coincidencia entre el declinar de Safed y la crisis de Salónica. En 1584 los judíos abandonan Safed, y la industria sufre un inmediato colapso (en 1587 se cierra un taller de impresión que había sido fundado diez años antes). Y a la altura de 1602 no queda en el lugar una sola manufactura.

Este testimonio es una evidencia más que añadir al probable proceso de pauperización que afecta las comunidades judías del Próximo Oriente, como un índice de la salud general del Imperio otomano después de transcurrida la primera mitad del siglo. Entre las circunstancias causantes de esta decadencia podemos incluir el hecho de la dificultad cada vez mayor de proveerse de lana, y la llegada, durante la década de 1580, de los tejidos ingleses traídos directamente al Levante por barcos ingleses. También hay que tener en cuenta la expansión de la industria italiana, y, en mayor grado, la crisis monetaria y económica que va a sumergir al Imperio otomano en los infortunios en cadena

que provoca la inflación[178].

En todo caso, los vértices de las curvas de la actividad industrial tienen su propio y particular interés. Y nos permiten descubrir:

1. Que entre 1520 y 1540 comienza casi en todas partes un periodo de expansión general.

2. Que los vértices de las curvas ocurren hacia 1564, 1580 y 1600.

3. Que, si bien la industria no es todavía esa potencia sin rival que llevaba camino de ser en el siglo XVIII y que definitivamente será en el XIX, posee ya una vivacidad excepcional. Su progreso es veloz.