El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Un balance industrial

El siglo cambia íntegramente de signo quizá hacia 1550, y más ciertamente a la altura del 1580. Se inicia una crisis latente en el mismo momento que se acelera la circulación de la plata (digamos circulación; evitemos por el momento el empleo de la expresión revolución de la plata). Historiadores especializados en España se inclinan a pensar que las inversiones agrícolas tropiezan, tarde o temprano, con dificultades: a los campesinos comienza a resultarles más difícil encontrar crédito, los

acreedores que no cobran se apoderan de las propiedades[110] e, incluso, los grandes terratenientes se ven afectados por la crisis financiera de los años

1575-1579,[111] cuando, como luego veremos, los genoveses dejaron repercutir las propias pérdidas sobre quienes les prestaban el dinero. Estas

explicaciones y las que sugiere el análisis del caso del Languedoc[112] son posibles y válidas. Pero la explicación básica es la de la falta de elasticidad de la producción agrícola, metida ahora en un callejón sin salida. Esta situación en punto muerto ocasionará la refeudalización del siglo XVII, o lo que es lo mismo, una revolución agrícola al revés.

 

Un balance industrial

 

Hablando de la Europa de comienzos del siglo [113] XVII, John U. Nef

sugiere que en su población de 70 millones de habitantes debía haber unos dos o tres millones de artesanos. Un número semejante se podría dar sin duda para ese universo de también 60 o 70 millones de personas que es nuestro Mediterráneo. Si las ciudades representan más o menos 10 % de la población total, es decir, cuentan con un número global de habitantes que oscila entre los seis y siete millones, es imposible que entre ellos haya dos o tres millones de artesanos, o dicho con otras palabras, que uno o dos de cada tres de sus habitantes lo sea. Pero en el caso particular de Venecia comprobamos, si hacemos los cálculos, que esa era la proporción. Veamos: 3000 obreros en el

Arsenal[114] [115] [116] más 5000 lanaioli y 5000 setaioli, suman 13 000 artesanos, a los que hay que añadir sus familias: en total, 50 000 personas; y la ciudad tiene en esos momentos 140 000 habitantes. Y no hemos incluido los artesanos de los múltiples arsenales privados de los que conocemos nombres

y actividades[117]; tampoco hemos contado el numeroso grupo de los albañiles, los muratori: los hay en enorme cantidad en una ciudad que no cesa de construir y reconstruir, ni de remplazar la madera por el ladrillo y la piedra, y que constantemente se debe preocupar de dragar sus rii, tan propicios al encenagamiento. Y podríamos incluir los tundidores de paños de

Mestre[118], que está junto a Venecia. Y más allá, el personal de los molinos que muelen el grano para ella o trituran los trapos de los que se hará el papel o que sierran las tablas y tablones que necesita la ciudad. También se podrían incluir los caldereros, los herreros, los orfebres, los especialistas de las refinerías de azúcar, los vidrieros de Murano, los talladores de la piedra y los

obreros que trabajan el cuero[119], estos últimos en la Giudecca. Y aún podríamos incluir otros más, por no mencionar a los impresores: la Venecia del siglo XVI produce una parte muy importante de la totalidad de los libros

impresos en Europa[120].

Podemos aceptar, quizá, la cifra dada por John U. Nef, si aclaramos que se trata de dos o tres millones de personas en las que están incluidos todos aquellos que viven gracias a la actividad artesanal: maestros, obreros, mujeres y niños, es decir, tanto los activos como los no activos en ella. Ese es el modo de hacer los cálculos cuando se trata de Venecia: 20 000 personas —se decía comúnmente a finales de siglo— viven del trabajo múltiple que brinda la

lana[121].

Conviene añadir a esta cifra global la masa de artesanos rurales. No hay pueblo, por modestas que sean sus actividades, que no cuente con artesanos propios, o que carezca de sus actividades industriales menores. Pero este es un terreno en el que al historiador cuantitativo se le escapa todo o casi todo. Además, si este historiador ha cedido a los hábitos adquiridos, tendrá tendencia a subestimar el trabajo oscuro y sin embargo decisivo de los distritos rurales pobres, muchas veces, el único modo de tener acceso a las preciosas circulaciones monetarias. Hasta hace muy poco, el historiógrafo se ha sentido exclusivamente atraído por la nobleza de las profesiones urbanas, pero los oficios rurales habían existido desde siempre en Aragón, en los

Pirineos, en torno de Segovia[122], en algunos humildísimos pueblos de

Castilla[123] [124] [125] y León y en el entorno rural de Valencia. Su presencia es

evidente en los alrededores de Génova[126]. Los pueblos que rodean a

Alepo[127] trabajan la seda y el algodón. De hecho, no hay una sola ciudad que no haga surgir, más o menos próximas a ella, las industrias que necesita y que, por falta de espacio, materias primas o fuerza motriz no puede instalar dentro de sus muros. Eso explica todas esas fraguas, esos molinos e industrias papeleras en las montañas a espaldas de Génova; y también las múltiples minas, fraguas y fábricas de pólvora diseminadas por el reino de Nápoles y

particularmente en las proximidades de Stilo, en Calabria[128]; eso explica la

serrería sobre el Adigio, a las mismas puertas de Verona[129], donde los barcos que transportan troncos y tablones se detienen gustosos, por ser un sitio ideal para el contrabando; y todos esos molinos que muelen el trigo que nutre la ciudad vecina (más de 80 en los alrededores de Venecia) y las hileras

de molinos a orillas del Tajo y río abajo de Talavera de la Reina[130] o, al otro extremo del Mediterráneo, los treinta molinos de viento que son visibles

desde la ciudad de Candía[131]. El Languedoc cuenta con sus industrias urbanas, pero en los Cévennes y en el Macizo Central encontramos muchos

pueblos industriales[132]. Y lo mismo ocurre dentro de un amplio radio en

torno de Lyon[133]: la ciudad vive de ese trabajo barato de las campiñas próximas y lejanas.

Es probable, sin embargo, que las industrias rurales del Mediterráneo nunca han llegado a alcanzar nada que se pareciese a la importancia que ya habían adquirido en Inglaterra (la manufactura de cariseas) o en la Europa del Norte; nunca toman la forma de vastos archipiélagos rurales, controlados a distancia por los mercaderes urbanos, como era frecuente en la Francia del

siglo [134] XVIII. Creo incluso que la constelación de industrias rurales en torno de Lyon, en el siglo XVI, no encuentra equivalente en el Mediterráneo, o al menos no nos consta por evidencia alguna. Si la observación es correcta puede probar dos cosas: primera, que las campiñas del Mediterráneo poseen un equilibrio interior superior al de buena parte de las zonas rurales del Norte (el cual es sin duda posible porque la viña y el olivo son con frecuencia el

equivalente de las industrias rurales de los países septentrionales[135]: la arboricultura reequilibra los presupuestos campesinos); y, segunda: la industria urbana de las ciudades grandes y medianas es capaz de cubrir, en cuanto a lo esencial, los requerimientos de un inmenso mercado. Pero a finales del siglo XVI y comienzos del XVII, nueve veces de cada 10 la industria preferirá instalarse en una ciudad pequeña o en un pueblo en vez de hacerlo

en una ciudad grande[136]. Este movimiento subraya las realidades y virtualidades rurales y semirrurales ya presentes al comenzar el siglo XVII: cuando Murat toma posesión del reino de Nápoles, viste a su ejército (con la intención de no tener que recurrir al costoso paño rojo inglés) con el paño

negro campesino, el mismo que usaba la gente de campo[137].

Si aceptamos estas proporciones que acabamos de vislumbrar, deberemos considerar la posibilidad de que la industria rural del siglo XVI sea capaz de soportar una comparación en plano de igualdad con la industria urbana, en lo referente al número de personas que requiere, si no en la calidad o en el total de ingresos. No hay nada que lo demuestre, pero tampoco nada que lo contradiga. La totalidad de la comunidad manufacturera al servicio de la economía del mercado mediterráneo debe haberse elevado a un máximo de tres millones de personas pertenecientes al medio rural y otros tres millones pertenecientes a las clases pobres de la ciudad. De ellos, podemos calcular que 1 500 000 constituían el elemento activo. Supongamos que su salario medio fuese equivalente al de los mineros de las minas de cobre que Venecia