El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Prólogo a la segunda edición francesa
PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN [I-21]
FRANCESA
He dudado mucho antes de reeditar El Mediterráneo. Algunos de mis amigos me aconsejaban que no cambiase nada, ni una palabra, ni una coma, arguyendo que no debía alterar un texto ya clásico. ¿Era justo que escuchase sus palabras? Con el aumento de nuestros conocimientos y los progresos de las ciencias sociales, vecinas de las históricas, los libros de historia envejecen hoy con mucha mayor rapidez que ayer. Basta que transcurran unos instantes para que su vocabulario quede anticuado, su novedad pase a ser tópica, y las explicaciones que ofrece, cuestionables.
Por otra parte, El Mediterráneo no data, en realidad, de 1949, año de su publicación, ni tampoco de 1947, año en que se defendió, como tesis, en la Sorbona. El libro, si no escrito enteramente, estaba redactado en sus grandes líneas desde 1939, es decir, coincidiendo en la fecha con el final de la primera y deslumbrante juventud de los Annales de Marc Bloch y de Lucien Fevbre, de los cuales es resultado directo. Así pues, el lector hará bien en no dejarse confundir por algunos de los argumentos que aparecen en el prólogo de la primera edición, y que son ataques contra posiciones viejas, olvidadas hoy en el mundo de la investigación, si no en el de la enseñanza. Nuestra polémica de ayer persigue, pues, fantasmas del pasado.
Muy pronto advertí que una nueva edición implicaba una seria y extensa —si no total— revisión del texto, una puesta al día que no se podía limitar a la inclusión de aquellos mapas, esquemas, gráficas e ilustraciones que las dificultades materiales que imperaban en 1949 me habían impedido publicar. Las correcciones, las adiciones y las refundiciones son, a veces, muy considerables, dado que he debido tener en cuenta no solo los nuevos conocimientos, sino algo que es mucho más importante: las nuevas problemáticas. Algunos capítulos han tenido que ser escritos de punta a cabo.
Toda labor de síntesis —como tantas veces repetía Henri Pirenne— provoca una nueva ola de investigaciones especializadas. Tales investigaciones no han faltado, siguiendo la estela de mi libro. Comenzaron tras mis pasos, pero hoy me han arrollado. Necesitaría páginas y páginas para dar cuenta del inmenso trabajo que se ha llevado a cabo desde 1949, en terrenos que conciernen directamente a esta obra, con los libros y estudios, publicados o no, de Ömer Lütfi Barkan y sus alumnos, de Julio Caro Baroja, de Jean-François Bergier, de Jacques Berque, de Ramón Carande, de Álvaro Castillo Pintado, de Federico Chabod, de Huguette y Pierre Chaunu, de Carlo M. Cipolla, de Gaetano Cozzi, de Jean Delumeau, de Alphonse Dupront, de Elena Fasano, de René Gascón, de José Gentil da Silva, de Jacques Heers, de Emmanuel Le Roy Ladurie, de Vitorino Magalhães Godinho, de Hermann Kellenbenz, de Henry Lapeyre, de Robert Mantran, de Felipe Ruiz Martín, de Frédéric Mauro, de Ruggiero Romano, de Raymond de Roover, de Frank Spooner, de Iorjo Tadić, de Alberto Tenenti, de Valentín Vázquez de Prada, de Pierre Vilar, y, finalmente, los trabajos del grupo formado por el llorado Jaime Vicens Vives y sus extraordinarios alumnos. He participado, a veces muy de cerca, en la elaboración de estos trabajos.
Por lo que a mí se refiere, he añadido mucho a la información de la primera edición, en el curso de continuas investigaciones y lecturas en los archivos y bibliotecas de Venecia, Parma, Módena, Florencia, Génova, Nápoles, París, Viena, Simancas, Londres, Cracovia y Varsovia.
Ha habido que integrar todo el material recolectado, y entonces se me han presentado insidiosas cuestiones de método, como inevitablemente había de suceder en un libro de estas proporciones que toma como tema el espacio mediterráneo, considerándolo en sus más vastos límites o abarcando todos los aspectos de su densa y rica existencia. Aumentar la información trae necesariamente consigo el desplazamiento o la eliminación de los antiguos problemas, y la inevitable aparición de otros nuevos, cuyas soluciones se vislumbran difíciles y poco precisas. Por otra parte, durante los quince años que separan esta nueva edición de la redacción inicial, también el autor ha cambiado. Por ello resultaba imposible tocar el libro sin alterar automáticamente el equilibrio de ciertos razonamientos, e incluso la articulación mayor en torno de la cual se había estructurado toda la obra: la dialéctica espacio-tiempo (historia-geografía), que era la justificación original del libro. Me he visto obligado, esta vez, a acentuar perspectivas que apenas había esbozado en el primer texto. La economía, las ciencias políticas, una determinada concepción de las civilizaciones, y un estudio demográfico más atento son los puntos que más me han solicitado. He multiplicado aquellas nuevas perspectivas que, si no me equivoco, arrojan una luz nueva en la misma médula del libro.
Sin embargo, el problema básico continúa siendo el mismo. Es el problema con el que se enfrenta toda empresa histórica: ¿Es posible aprehender, de una forma u otra, al mismo tiempo, una historia que se transforma rápidamente —cambios tan continuos como dramáticos— y otra, subyacente, esencialmente silenciosa, indudablemente discreta, casi ignorada por quienes la presencian y la viven y que soporta casi inmutable la erosión del tiempo? Esta contradicción decisiva, que debe ocupar siempre el centro de nuestros pensamientos, se revela como un magnífico instrumento de conocimiento y de investigación. Aplicable a todos los aspectos de la vida, reviste necesariamente diferentes formas según sean los términos de la comparación.
Los historiadores se han habituado cada vez más a describir esta contradicción en términos de estructuras y coyunturas, las primeras denotando realidades a largo plazo, y a corto plazo las segundas. Es evidente que existen diferentes clases de estructuras, y lo mismo ocurre con las coyunturas, variando unas y otras en sus duraciones. La historia acepta y descubre múltiples explicaciones, y lo hace por desplazamientos verticales, de un plano temporal a otro. Y en cada plano se producen también conexiones y correlaciones horizontales. Esto es lo que ya explicaba, aunque en términos más simples e inequívocos, el prólogo de la primera edición, donde, además, doy cuenta de mis intenciones originales y explico la sucesión de los capítulos de este libro.
19 de junio de 1963
Los mapas y diagramas de esta segunda edición han sido
trazados, siguiendo mis indicaciones, en el Laboratorio de Cartografía de la VI Sección de la École de Hautes Études, bajo la supervisión de Jacques Bertin. Quiero expresar mi agradecimiento a la señorita Marthe Briata, a la señora Marianne Mahn, a A. Tenenti y a M. Keul por la ayuda que me han prestado cotejando la bibliografía y leyendo las pruebas.