El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Las rutas del comercio del Levante
de la colonia veneciana[40], hasta Alepo, en la desembocadura de la ruta de caravanas de Babilonia. En Egipto, el desplazamiento obedece al deseo de desembarazarse de los intermediarios, negociantes y mercaderes de El Cairo, riquísimos competidores que, si no se les ponía coto, no se contentarían con ser dueños indiscutibles del comercio en las grandes ciudades de las caravanas, sino que se apoderarían también del tráfico marítimo de la cristiandad. Por lo demás, los negociantes europeos se verán con mucha
frecuencia obligados a trabajar en colaboración con ellos[41]. Pero, independientemente de estos problemas de organización local, la llegada de mercaderías venecianas, tanto a El Cairo como a Alepo, significa la prosperidad de estos mercados interiores, de sus capitalistas, de sus comunicaciones por medio de caravanas, y por encima de estas relaciones, eficaces compras de los mercaderes árabes en la India y en Oceanía. El Mediterráneo ha arrebatado al océano sus tesoros.
Las rutas del comercio del Levante
Mil documentos prueban indiscutiblemente esta recuperación. Señalemos aquí, sin embargo, ya que generalmente prevalece la opinión contraria, que ciertos detalles se prestan a confusión. Para no caer en error hay que saber que las dos rutas que llegaban de Alepo y El Cairo mantenían una rivalidad permanente. Con frecuencia, cuando la una se cierra, se abre la otra. Ahora bien, en estos años de recuperación general, Alepo tiene la mala fortuna de levantarse en el camino estratégico de Persia —lo que le perjudica, especialmente, durante la guerra de 1548 a 1555— y en el camino de Ormuz, es decir, de la guerra portuguesa. Con ocasión de la guerra turco-portuguesa de 1560 a 1563, también quedarán reducidas a su mínima expresión las
caravanas de Basora[42]. No es, pues, de extrañar que la ciudad de Alepo
florezca un buen día[43] y que al día siguiente se vea asolada por un alza
anormal de los precios[44]. En julio de 1557, Christófano Allegretti, agente ragusino, se siente descorazonado y decide marcharse a Egipto. «Creo que ese país de Alepo nunca ha estado tan desprovisto de mercaderías, hasta el punto de que no se encuentra nada en él, como no sea jabón y ceniza. Las agallas de roble valen allí de 13 a 14 ducados, y con la llegada (a Trípoli) de cuatro navíos franceses, creo que los precios subirán hasta las nubes. Hay más de ocho navíos franceses que, en este momento, arruinan a todo el mundo,
poniéndose a comprar a cualquier precio»[45]. Dos años antes, en 1555, y quizá a consecuencia de haber terminado las guerras turco-persas, numerosos
mercaderes moros y venecianos de Alepo [46] son passati in le Indie, se han marchado a las Indias. Es verdad que no todos los mercaderes hacen como este ragusino y estos viajeros que abandonan la plaza. Cuando Lorenzo
Tiepolo llega a Alepo en 1560[47], es recibido por 250 mercaderes a caballo. En noviembre de 1563, el baile veneciano anunció, desde Pera, que las galee
grosse [48] han partido de Siria para Venecia. El año anterior, un informe
veneciano indica que Alepo alberga a 5000 obreros tejedores[49]. A pesar de todas sus crisis, la ciudad seguía siendo un gran centro comercial e industrial; sus dificultades, en todo caso, eran puramente locales. No afectaban para nada al conjunto del Mediterráneo oriental.
Y, sobre todo, no afectaban al Mar Rojo, que seguía siendo casi el camino único, pero importantísimo, del comercio con el Extremo Oriente. «Este Mar
Rojo [escribe Belon du Mans, que veía sus orillas hacia mediados de siglo][50] no pasa de ser ahora un estrecho canal, no mayor que el Sena entre Harfleur y Honfleur, donde se navega con dificultad y gran peligro, pues las rocas son aquí muy frecuentes». Surcan sus aguas multitud de pequeños veleros, extrañas embarcaciones de planchas mal clavadas, o «ensambladas con cuerdas de fibra de cocotero y calafateadas con fibras de palma datilera
empapadas en aceite de pescado»[51]. Veíanse también grandes «hulcas» y
galeras[52], estas últimas transportadas en piezas sueltas de El Cairo a Suez,
puerto malo e «incómodo»[53], en medio de la arena y mal abrigado de los
vientos[54]. Pequeños y grandes navíos llevan hacia el norte, por Adén o por las costas de Abisinia, los tesoros de las Indias, de Sumatra y de las Molucas, además de los peregrinos de todo el islam asiático. La necesidad de refugiarse de los temporales, catastróficos en estas difíciles costas, hace que se multipliquen en ellas los puertos: Suakin, Adén, Djedda —el puerto de La Meca—, y Toŕ, rival de Suez. En Djedda —«Juda», o también Ziden, como la llaman a menudo los textos— se congrega el mayor número de aquellos navíos. De ahí que cerca de La Meca se reúnan enormes aglomeraciones de caravanas, hasta de 200 000 personas y 300 000 bestias a un tiempo. Aunque a veces faltase el trigo en la ciudad santa, siempre abundaba en ella la
carne[55]. De Djedda, los navíos y barcas parten de nuevo hacia Tor, desde
donde las caravanas alcanzan El Cairo en nueve o diez jornadas[56]. Según el punto de partida de los grandes convoyes marítimos del océano Índico, Sumatra, Camboya (en la desembocadura de los países del Indo), la costa Malabar, Calicut, Bul, Cananor y otras regiones de sotavento, las especias
llegan al Mar Rojo en noviembre o en mayo de cada año[57].
La puerta, la difícil puerta del Mar Rojo, estaba, pues, abierta de par en par sobre las Indias y el océano Índico, dando paso a un inmenso comercio. Bastaría para demostrarlo la presencia de porcelanas bastante costosas, sin duda procedentes de China, aunque Belon se niegue a creer que procedieran
realmente de las lejanas «Indias»[58], ya que estos frágiles objetos acompañan siempre un torrente de otras mercancías. En lo que se refiere a las especias, entre las que la pimienta ocupaba indiscutiblemente el primer lugar, vemos que, de 1554 a 1564, por ejemplo, el volumen de los cargamentos anuales es
de 20 [59] 000 a 40 000 quintales ligeros. En 1554, solamente los venecianos
transportaron a Alejandría 600 [60] colli de especias, o sea unos 6000 quintales. Y eso que los venecianos no absorben a lo sumo más que la mitad del comercio de Alejandría, y al comercio occidental hay que añadir el consumo de los países orientales, que ha sido siempre importante. Gran cantidad de documentos consulares de El Cairo indican la cifra anual de 12 000 quintales
para las compras hechas por los venecianos entre los años 1560 y 1564[61], cifra tan elevada como lo era en otro tiempo antes de Vasco de Gama, y que cuadra bastante bien con los cálculos del embajador portugués en Roma, quien evalúa en 40 000 quintales la cifra global del tráfico de Alejandría en
especias[62]. En octubre de 1564, un espía al servicio de Portugal estimó ese mismo tráfico en 30 000 quintales, de los cuales 25 000 corresponden a la
pimienta[63]. Y en mayo de 1565, el cónsul veneciano en El Cairo habla de
20 [64] 000 quintales de pimienta recibidos de Djedda. En esa fecha aún no habían arribado los convoyes de Gujarat, de Calicut y de otras partes (los cuales llegaban, ordinariamente, en invierno), y 23 navíos descargaban en el
puerto de Djedda, en agosto[65]. Volvemos a parar, pues, a las cifras de 30 000 y 40 000 quintales, las cuales, recordémoslo, solo incluyen el comercio egipcio, sin tener en cuenta para nada el de Siria.
De 30 000 a 40 000 quintales, decimos. Estas cifras no poseen ningún valor estadístico. Nos llevan, simplemente, a la conclusión de que por el Mar Rojo pasaba un volumen de especias y pimienta mayor que nunca o, al menos, igual; trátase de cantidades iguales, por lo menos —superiores, afirma
C. Lane—, a las que llegaban a Lisboa por la misma época[66]. Podemos asegurar, en todo caso, que las especias desembocan en el Mediterráneo, durante este siglo, en enormes cantidades. Representan «millones de oro», como dicen las personas del tiempo. Y con la pimienta y las especias, llegaban al Mediterráneo drogas medicinales, tales como el opio, el bálsamo de Mitrídates, greda, perfumes y objetos de tocador, las «piedras de jaspe» o
«lágrimas de ciervo», de que nos habla Belon[67], piedras preciosas, perlas, etc. Comercio de lujo y de objetos superfluos, se le ha llamado; pero ¿no es lo
superfluo lo que el hombre, por instinto, estima como «lo más necesario»?[68] El comercio de especias seguirá siendo el primero de todos los tráficos
mundiales en el siglo [69] XVII, y, muy posiblemente, en el XVIII .
A partir de aquel momento grandes navíos cargados de monedas o de mercancías de fácil salida se apresuran también hacia Alejandría y Siria. En enero de 1552, tres naves venecianas arriban a Trípoli con 25 000 doblas y 100 000 y pico de escudos. Este ruido de monedas pone sobre aviso al
embajador portugués en Roma[70]. No abriga la menor duda acerca del empleo que se dará a esta riqueza. En la primavera de 1554 se apercibe en
Alejandría un navío ragusino[71]. En el otoño de 1559, una nave ragusina, otra de Quíos y dos venecianas, todas cargadas de especias, son incautadas por el
capitán de Alejandría[72]. Una de ellas, la Contarina, regresa a Venecia, en
enero, cargada de especias y pimienta[73]. Podemos calcular sobre poco más o menos lo que transportaban todas esas embarcaciones y las que les seguían en las rutas de Egipto, a juzgar por el cargamento del Crose, navío veneciano de 540 toneladas, que en 1561 transportó hacia Oriente cobre en bruto, en barras o elaborado, telas, lanas y sedas, cariseas, birretes, coral, ámbar, juguetería, papel y, por último, dinero contante. De regreso, cargó pimienta, jengibre de diversas clases y orígenes, canela, nuez moscada, clavo, incienso, goma
arábiga, azúcar, madera de sándalo y otras mil mercancías[74].
En Lisboa, adonde llegaban en abundancia noticias tanto verdaderas como falsas, cundió muy pronto la inquietud. Se supo que aquel mismo año de 1561, los turcos, como si esta corriente natural del tráfico hacia sus puertos no fuera suficiente, habíanse apoderado en el océano Índico de veinte mil quintales de pimienta portuguesa, dirigiéndolos, por supuesto, hacia
Alejandría[75]. De pronto corrió el rumor de que el virrey de las Indias portuguesas se había levantado contra su soberano y había despachado hacia
Egipto la pimienta de las flotas reales[76]. La situación, catastrófica, fue apreciada en todo su valor por las personas de Lisboa, donde convergían las noticias-mensajes del servicio de información en Siria y en Egipto, y que
tenía sus contactos en Chipre, Venecia y Roma[77]. Según los datos de sus informantes, el embajador portugués en Roma, experto en estos problemas, dedujo en noviembre de 1560 que, en vista de la enorme cantidad de pimienta y especias que llegaban a Alejandría, nada tenía de extraño que afluyese una cantidad tan exigua de esos productos a Lisboa. El embajador francés en
Portugal, Nicot, se regocijaba abiertamente de ello en abril de 1561[78]: «Si ese tránsito por el Mar Rojo se impone, los almacenes del rey de Portugal se verán muy mermados, que es la cosa que él más teme, y para impedir la cual han combatido tanto sus armas». Lo que se temía, lo que se esperaba, era casi una revolución económica.
Una auténtica penuria de pimienta se declara por estos años en todos los países que constituyen la clientela portuguesa. Aun a riesgo de exagerar la nota, recordemos la tentativa de los ingleses de empujar desde Moscú hacia el mar Caspio y aun más allá, hasta Persia. El primer viaje de Jenkinsom data de
1561[79]. Los franceses, ante la imposibilidad de forzar las puertas del
«almacén» portugués, que se les cerraron herméticamente[80], recibieron de Nicot el consejo de ir a la costa de Guinea a cargar malagueta, la falsa pimienta que aún siguió vendiéndose durante largo tiempo, principalmente en
Amberes[81]. A partir de 1559, los Fugger organizan vía Fiume y Ragusa una
conexión con Alejandría, adonde despacharon un factor[82]. En España se desencadenó una brusca subida de los precios de las especias. Estos precios, relativamente estables entre 1520 y 1545, regularmente aumentados más tarde, a consecuencia del alza general de 1545 a 1558, se elevaron vertiginosamente, a un ritmo mucho más rápido que el de los otros artículos,
hasta llegar a triplicarse en Castilla la Nueva entre 1558 y 1561[83]. Earl J. Hamilton comprobó antes que nadie estas alzas anormales, señalando la probable incidencia de los altos precios de la pimienta sobre las premisas de
la expedición de Legazpi a las Filipinas, en 1564[84]. Ahora bien, ya en 1558 se quejaban en Génova de los precios excesivamente altos de las «drogas» de
Portugal[85].
La guerra turco-portuguesa (1560-1563), ¿fue una reacción de Portugal contra este estado de cosas?, ¿o fue, por el contrario, un signo de su debilidad? En vano buscaremos respuesta a estas preguntas en las historias habituales. La guerra, otra vez más muy deshilvanada, se desarrolló frente a Bab el Mandeb y Ormuz, a la salida de los dos golfos que los turcos dominaban con sus galeras. Pero Turquía dirigió sus esfuerzos,
principalmente, sobre el golfo Pérsico[86], cuando corrían rumores de
traiciones de agentes turcos al servicio de los portugueses, en el Yemen[87]. Mientras tanto, en Constantinopla —sin que sepamos por qué— se suceden los embajadores de la India y del reino de Assi (Sumatra) con las manos
cargadas de raras perlas[88]. Una de estas delegaciones viniendo por la ruta de
Egipto llega a la capital de Turquía en las galeras turcas[89].
No es fácil encontrar los nexos que existen entre estos detalles. Es cierto que la guerra turco-portuguesa no fue tal vez, en realidad, una auténtica guerra con un comienzo y un final. En aquellos lejanos y enormes confines hacen falta meses y hasta años para descargar un golpe, y varios meses más para conocer el resultado. Tal vez estuviera en lo cierto Giovanni Agustino Gilli, agente secreto de Génova en Constantinopla, cuando señalaba que el sultán no tenía ningún deseo de inmiscuirse en aquellos lejanos asuntos. Regaló a cada uno de los jefes hindúes una túnica de oro y 20 000 aspros,