El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Niveles e índices
provocado, antes incluso de las arribadas masivas de la plata americana[247]. Este crecimiento es el responsable de los triunfos y las catástrofes de un siglo al principio del cual el hombre era un obrero eficaz, y en sus últimos años, una carga cada vez más molesta. El año 1550 marca el punto crítico: los hombres son tan numerosos que comienzan a estorbarse unos a otros. Hacia
1600, esta sobrecarga detiene toda expansión y prepara, con el bandidaje[248], crisis social cuyos efectos se dejaron sentir en todas o casi todas partes, los futuros días amargos del siglo XVII. Y una vez dicho esto a guisa de rápido prólogo, pasemos ahora a la evidencia, a los signos de la pleamar.
Niveles e índices
Lo ideal sería poder apoyarse en largas series de cifras, pero no disponemos de ellas. De modo que quedamos reducidos a utilizar el imperfecto material con que contamos y a contentarnos con seis o siete fuentes; son pocas, pero tienen la ventaja de ser claras y coherentes.
1. La Provenza, del siglo XIV al siglo XVI, es una de nuestras mejores fuentes de información, aunque presenta lagunas. Provenza, considerada en su sentido más amplio, e incluyendo el condado de Niza —que pasará más tarde a ser un dominio de Saboya—, cuenta a comienzos del siglo XIV con 80 000 vecinos, es decir, de 350 a 400 000 habitantes. Aquí, lo mismo que en el Languedoc, cuyo destino es análogo, la peste negra (1348) incide con la mayor brutalidad: Provenza pierde un tercio o la mitad de sus habitantes. Solo a partir de 1470, o sea, mucho más de un siglo después, comienza a aumentar de nuevo su población. «El número de vecinos creció [entonces] tan
rápidamente que en 1540 había triplicado el de 1470»[249]. La población de Provenza vuelve a alcanzar el nivel en que se encontraba la víspera de la epidemia. No sabemos lo que ha ocurrido con esta población durante el segundo siglo XVI y el XVII, pero es posible que, del mismo modo que sucedió en todas partes, creciera y, más tarde, experimentara un movimiento de reflujo; es posible, pero nos falta la certeza: los historiadores medievalistas y los de la Edad Moderna no han conseguido llenar el hueco. Pero este problema, aunque importante, no es el esencial. El esencial consiste en que la mayor parte de la progresión demográfica del siglo XVI haya sido una recuperación, una compensación, y que su velocidad, grande antes de 1540, comience probablemente a disminuir a partir de la segunda mitad del siglo XVI.
2. En el Languedoc, nos encontramos con una evolución idéntica: el siglo XV ofrece el espectáculo de un país despoblado, invadido por la vida salvaje y la proliferación de los árboles; el siglo XVI conoce una primera expansión rápida y revolucionaria, que declina pasado el año 1550; a la altura de 1600 resulta evidente que el proceso se ha detenido, y después del 1650 se inicia un retroceso tan dramático como catastrófico. Esta es la secuencia cronológica que propone el reciente y sólido trabajo de Emmanuel Le Roy
Ladurie[250].
POBLACIÓN DE LAS CIUDADES DE LA CORONA DE [I-536]
CASTILLA
El número de habitantes se calcula con el índice 4.5. La denominación vecinos equivale a la nuestra de hogares.
3. En Cataluña se repite la misma secuencia: flujo y reflujo,
produciéndose el paso del uno al otro alrededor del 1620[251].
4. En Valencia, el avance es lento, poco perceptible entre 1527 y 1563, pero muy marcado de 1563 a 1609 (más de 50 % en su totalidad y casi 70 %
entre los prolíficos moriscos)[252].
5. En Castilla resulta evidente que durante el siglo XVI se produce un poderoso avance demográfico, avance que resulta más claro todavía si descartamos las cifras exageradas que se daban para la población de la España de los Reyes Católicos (las de Konrad Häbler y Albert Girard entre otros). En el siglo XVI el incremento de población sigue, por lo que parece, un ritmo ascendente regular. En todo caso, así lo demuestran las cifras que ofrece el
viejo estudio de Tomás González[253] para los años que corren entre el 1530 y
el 1591, a pesar de las serias críticas que se les pueden hacer[254].
Los errores de los vastos cálculos de González —y ciertamente los hay— no invalidan los resultados de conjunto. En 61 años, la población castellana se habría simplemente duplicado (con una tasa anual de crecimiento por encima del 11 por 1000) y eso pese al obstáculo de las guerras y el de la emigración
al Nuevo Mundo, la importancia de la cual no deberíamos exagerar[255]. En cualquier caso, dos evaluaciones globales contemporáneas poco conocidas no contradicen esta evolución de conjunto: la primera, que se basa en el censo de
1541, fija en 1 [256] 179 303 el número de vecinos castellanos, es decir, una cifra superior a la de Tomás González; la otra, fechada el 13 de enero de
1589, y emanada del Consejo de Guerra, habla de 1 [257] 500 000 vecinos. Estas cifras, cuyo valor no es indiscutible, no echan por tierra el cálculo final de Tomás González.
Es evidente que estos resultados no satisfacen nuestra curiosidad ni agotan las enormes posibilidades que siguen ofreciendo los documentos guardados en Simancas y otros lugares. En el curso de nuestras investigaciones en Simancas, hemos encontrado múltiples referencias acerca de un vasto censo realizado en 1561, y que muy probablemente da el padrón
de todas las ciudades[258] y sus partidos. Si conociésemos esas cifras resultaría más fácil trazar la evolución demográfica entre 1530 y 1591. No
hay prueba alguna —y Ramón Carande[259] tiene razón a priori— de que el flujo haya alcanzado su punto más alto exactamente en 1591; la fecha ha sido fijada a falta de mejor evidencia. Es evidente también que ese momento exacto que no podemos fijar es el instante crucial del destino de España. Y, finalmente, sería muy útil poder saber cómo se repartía la población entre las diferentes provincias de la Península. Se ha afirmado que hubo un
movimiento general hacia el sur[260], lo cual es cierto en el caso de la riqueza y (también) en el de gente indeseable, pero no respecto a la población del norte, sólidamente arraigada, y que sigue sin moverse de su espacio cuando el
siglo acaba[261].
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FIGURA 34. Población de Castilla en 1541 y en 1591. Hemos adoptado el coeficiente de 4.5 habitantes por vecino. Estos mapas y los dos siguientes se han tomado del artículo de Álvaro Castillo Pintado, aparecido en Annales E. S. C. Las divisiones corresponden a las diferentes provincias de Castilla.
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FIGURA 35. Incremento de la población, 1541-1591, 1593. El mayor incremento de población corresponde (mapa superior) al crecimiento de la nueva capital, Madrid. En el segundo mapa, la redistribución de los millones, nuevo impuesto sobre el consumo, demuestra, en líneas generales, que las regiones más pobladas son las menos ricas. Más que de distribución, como el título indica, se trata aquí de reparto del impuesto.
6. También Italia ofrece un testimonio significativo y fácilmente accesible: todas las cifras han sido coleccionadas y criticadas por Karl Julius Beloch en una obra impresionante, cuyo último volumen no salió a la luz
hasta 1961, 32 años después de la muerte del autor[1]. Y las cifras, tanto locales como nacionales, concuerdan.
Veamos en primer lugar los censos por regiones. Sicilia, en 1501[2], contaba con una población de poco más de 600 000 habitantes; en 1548 eran 850 000; en 1570 sobrepasaban el millón; en 1583 se registran 1 010 000; en 1607, 1 100 000. La población de Sicilia permanece estacionaria durante el siglo XVII, y en 1713 se eleva a 1 143 000. La curva es análoga en lo que atañe
al reino de Nápoles[3]; si nos atenemos a los censos españoles, calculados por hogares, se ve que la población es de 254 823 hogares (es decir, más de 1 000 000 de habitantes) en 1505; de 315 990, en 1532; de 422 080, en 1545; de 481 345, en 1561; de 540 090, en 1595 (que es el censo más seguro de
todos); la cifra desciende en 1648 a 500 [4] 202, y en 1969, a 394 721.
Tomando como 100 la cifra de 1505, vemos que el índice de población del reino pasa sucesivamente a 124 en 1532, a 164.9 en 1545, a 187 en 1561 y a 212 en 1595, para bajar a 190 en 1648 y a 155 en 1669. Con respecto al medio siglo que nos interesa (1545-1595), se acusa, pues, un cambio del índice de 164.9 al de 212, o sea un aumento de más de 28 %, sin que se produzca un descenso demográfico hasta llegar el siglo XVII. En este siglo se registra un estancamiento en Sicilia y un sensible decrecimiento en Nápoles: 190 en 1648 y 156 en 1669, lo que hace retroceder al reino hasta una situación inferior a la de 1545 (el índice baja de 165 a 156). Y el Estado
pontificio pasa de 1 [5] 700 000 en 1550, a 2 000 000 en 1600.
FIGURA 36. La población de Sicilia, 1501-1716. Según Julius Beloch. Las cifras del censo oficial solo indican una breve regresión entre 1636 y 1670.
Florencia, sumando la población de la ciudad y la de su territorio, pasa de
585 [6] 918 habitantes en 1551 a 648 798 en 1622. En Milán y el Milanesado el incremento va de 800 000 en 1542, a 1 240 000 en 1600. El Piamonte cuenta
con 800 [7] 000 habitantes en 1571 y 900 000 en 1612. Para Venecia y sus
posesiones italianas las cifras de la progresión son: de 1 [8] 588 741 en 1548, a
1 [9] 850 000 en 1622.
Y por último, el caso de Cerdeña: censos levantados con fines fiscales, censos incompletos y con un gran margen de errores y de fraudes, nos dan a pesar de ello una idea del ascenso demográfico. El censo de 1845 arrojó la
cifra de 26 [10] 163 hogares; las tierras de la Iglesia representaban 742 hogares, las de los feudos 17 431, las del rey 7990. El donativo de 15 000 liras se reparte del siguiente modo: 2500 para las tierras eclesiásticas, 7500 para las tierras señoriales y 5000 para las tierras de la Corona; no hay duda que la población total era de 100 000 habitantes y pico, correspondientes, sobre poco más o menos, a la cifra de hogares indicada. Un historiador nos habla de
150 [11] 000 habitantes en Córcega; el censo de 1603, con sus 66 769 hogares, significó, evidentemente, un enorme aumento, aunque, para computar el número de hogares por el de habitantes, tomemos el coeficiente, muy bajo, de cuatro. Entre 1485 y 1603, el aumento del censo de población, suponiendo que las cifras sean exactas, fue de unos 100 000 habitantes, lo que significó una gran sobrecarga para la isla. Si todas estas cifras indican un aumento general de población, resulta difícil ver cómo este se ha ido desarrollando. Hubo, no hay duda, un crecimiento diferencial, pero no sabemos el curso que siguió ni cuáles fueron sus causas. Al considerar la situación de conjunto, somos conscientes de que aparecen unas cuantas dudas, las mismas que se le
presentaron a K. Julius Beloch[12], y que nosotros deberíamos tratar de resolver de modo diferente a como él lo intentó. Es cierto que respecto al 1500 es muy deficiente el material que podemos manejar; de él se deduce que Italia tenía un número muy bajo de habitantes, un total que inquietaba —quizá innecesariamente— a K. Julius Beloch. ¿Nueve millones y medio de personas son muchas o más bien muy pocas para la península que la invasión de Carlos VIII había encontrado desprevenida? Muy pocas, concluye nuestro guía, y sugiere la posibilidad de un mínimo de 10 millones. Hacia 1550, el total sería de 11 591 000 (flujo, a pesar de las llamadas guerras de Italia) y 13 272 000 hacia 1600, bajando a 11 545 000 hacia 1658. Es decir, progresión y, luego, disminución. Pero no nos encontramos ante un caso obedeciendo la regla de la población que se duplica, regla que habíamos propuesto al inicio de nuestras explicaciones. No hay motivo que nos impida pensar que el crecimiento de la población en Italia fue más lento que en otros lugares. Era ya de comienzo un país más rico que los demás, y la riqueza es, desde este punto de vista, mala consejera. Pero nada nos autoriza tampoco a aceptar esas otras cifras más altas que propone Beloch. Ni sabemos mucho acerca del momento preciso en que comenzó el reflujo. Aceptemos, pues, mientras carezcamos de más amplia información, que hubo dos momentos cruciales: el primero, en 1630, cuando las pestes azotan el norte de la península; el segundo, en 1656, el año que la peste castiga cruelmente Génova, Roma y Nápoles. Pero se trata de fechas tardías, elegidas a falta de mejores puntos de referencia.