El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

La sublevación de Córcega

motivo, hubo algunos encuentros serios con los indígenas.[216]

Total, mucho ruido y muchos gastos, para casi nada. Era aconsejable, ciertamente, hacer una demostración sonada, para evidenciar al papa que los subsidios concedidos por la Iglesia para la lucha contra los moros daban sus

frutos. “El Papa está a la mira”, dice Felipe II.[217] Todos los documentos de la época señalan este lado espectacular de la empresa. Había también razones estratégicas, como la de comprobar si el nuevo jefe de la flota hispánica llevaba firmemente el timón y la de inutilizar aquel pequeño centro de piratería agresiva que era el peñón de Vélez de la Gomera, demasiado[II-467] próximo a las costas de España y a las líneas de comunicación de Sevilla, para que a la larga no resultara molesto. Desde entonces (como desde 1508 a 1525) montó guardia en el islote una guarnición española. García de Toledo no se alejó de allí hasta después de haberlo organizado todo. Pero se alejó sin pérdida de momento, pues se le necesitaba en otra parte, en Córcega, donde la señoría de Génova pedía ayuda a voz en cuello para hacer frente a los comienzos de la revuelta de Sampiero Corso.

 

La sublevación de Córcega

 

La revuelta de Córcega venía preparándose desde hacía mucho tiempo. La paz de Cateau-Cambrésis desesperó a los insulares. Entre 1559 y 1564, Sampiero Corso habíase entregado a apasionadas negociaciones con los diferentes gobernantes. Pero bastó que desembarcara en el golfo de Valinco el 12 de junio de 1564, al frente de una pequeña tropa, para que estallara el incendio en la isla. Y es que estaba preparada para estallar al primer chispazo. Apenas echó pie a tierra, Sampiero se lanzó sobre Corte y tomó la plaza. Así comienza una de las guerras más desoladoras que haya visto la isla. Matanzas de prisioneros, aldeas incendiadas, cosechas devastadas: todo lo conocerá Córcega.

Para Génova, no había en ello nada de sorpresa. A pesar de lo que se dijera, estaba de largo tiempo atrás, desde siempre, en antecedentes de que la isla era un foco de inquietud y de hostilidad en contra de la señoría. Además, sus agentes habían seguido cuidadosamente y muy de cerca los viajes y las intrigas de Sampiero en Francia y en Argel, en Toscana y en Turquía. El servicio genovés de información había sabido que el cabecilla se encontraba en Marsella y contaba con una galera armada; no podía descartar, por tanto, el peligro de un desembarco. Es posible, sin embargo, que Génova no adivinara las rápidas consecuencias del golpe de mano, los efectos casi inmediatos de la propaganda del jefe de la revuelta y el número de personas que iban a enrolarse con él.

¿Quién estaba detrás de este Sampiero?, se preguntaban las personas, a la vista de sus éxitos. ¿El rey de Francia, que le ha prestado la galera para el

desembarco? ¿Los corsarios turcos?[218] ¿El duque de Florencia? Estos

nombres andaban en lenguas de todos.[219] Seguramente que Sampiero[II-468] contaba con todos estos grandes apoyos a la vez, pero de un modo indirecto, discreto y mesurado. La mejor ayuda para la revuelta era la de la propia Córcega, el miserable país de las zonas montañosas; el de la plebe insular, víctima de los usureros y de los recaudadores de contribuciones de la Dominante. Claro está que Génova no lo decía y estaba más bien interesada en subrayar el juego de sus grandes vecinos para obtener la intervención de Felipe II. Y no tenía grandes dificultades para ello, sobre todo en lo tocante al juego francés, demasiado ostensible. Figueroa escribía el 7 de julio: «… Lo de Córcega pasa muy adelante y trae mas fundamento del que primero se psuidian [persuadían] algunos. San Po [Piero] Corço va levantando los popu-los [sic] y ya tiene a su devoción una buena parte y se tiene aviso que mossor de Carces en Probencia hize 7 banderas de infa [infantería] para imbialle aunque hechan voz que son para guardia de aquella ribera». Por su parte, los

mercaderes genoveses de Lyon[220] ponían sobre aviso a la señoría con respecto a los manejos y reacciones de los franceses.

Felipe II, puesto al corriente de todo, apoyó el parecer de don García de Toledo: marchar sobre Córcega con 30 galeras, mientras que Juan Andrea Doria e Ibarra continuaban embarcando víveres y soldados alemanes. Por carta del 18 de julio, el rey ordena a don García dirigirse a la isla desde donde quiera que se encontrara. El monarca manifestaba que no se podía permitir que Sampiero, dueño ya de Istria y amenazando a Ajaccio, se apoderara de toda la isla, pues era un “aficionado” de Francia que convertiría a Córcega en

una “scala para los turcos moros enemigos de nuestra santa fe catholica”.[221]

Y escribe a su embajador en Francia, diciéndole que este país estaba

comportándose en dicho asunto de manera inadmisible.[222] “… Que yo no podía creer del Rey ni de la Reyna que dho [dicho] Corso huviesse emprendido lo que ha hecho con su favor ni sabiduria por ser tan ageno de lo que deven a nra [nuestra] amistad y hermandad y de la observancia de la paz, pero que los indicios son tan grandes y tan manifiestos que no basta dezir que no se hizo con sabiduria…”

Desgraciadamente para Felipe II, y más aun para los genoveses, la orden[II-469] del 18 de julio de lanzar las galeras sobre Córcega llegó a manos de don García cuando ya estaba en las costas de España, y listo para la expedición de Vélez. ¿Se le debía hacer regresar? Ello habría significado una pérdida de tiempo, comprometer la expedición contra el peñón y, como añadía el rey explicando la situación a Figueroa, “… por tener entendido que su Sd. [el papa] esta a la mira para ver como se gasta el dinero que se saca de lo que nos concedio del subsidio para entretener galeras y si se emplea en empresas

contra infieles”.[223] Por todas estas razones, Felipe II dejó que siguiera adelante el viaje hacia Gibraltar y Marruecos. A finales del otoño, pero no antes, podría pensarse qué se hacía con Córcega.

La expedición del peñón permitió, pues, a Sampiero y a sus partidarios un ancho respiro. Las noticias que Génova difundía fueron, desde entonces, cada

vez más alarmantes. En carta de 5 de agosto de 1564,[224] Figueroa habla de la creciente intervención francesa, de fragatas que van y vienen entre la isla y Provenza, de los conciliábulos de los Fieschi, bandidos genoveses, y los de Córcega, en la casa de Tomás Corso (cuyo verdadero nombre era Thomas Lenche, fundador del Bastión de Francia), de “… que este provee de ordinario a Argel de remos polvora y xarcias y cosas de contrabando”. Pero Catalina de Médicis, interpelada, declara no tener responsabilidad alguna en el negocio y llega hasta proponer su mediación. Si se preparan las galeras en Marsella, decía, es en previsión de la próxima llegada del rey. Luego, hizo saber a Francés de Alava, por medio del cardenal De Rambouillet, que le había parecido extraño el hecho de que don García de Toledo, con tal cantidad de galeras, pasase de largo ante los puertos franceses “… sin embiar hablar ni pedir refresco ninguno”, lo que era un modo discreto de insinuar sus

sospechas ante tales movimientos.[225] Todo ello no impedía que Génova

acusara a Francia[226] y se inquietara con motivo de las 10 galeras que el marqués de Elbeuf tenía listas en Marsella…

Pero la máquina española, que no había sufrido el menor deterioro en el peñón, bien podía reproducir en Córcega la acción que con tanto éxito había llevado a cabo en África. El 31 de agosto de 1564, el duque de Alba escribía a[II-470] Figueroa que don García de Toledo dejaría en España solamente unas 20 galeras, en vista de que había terminado su cometido en Vélez, y pondría inmediatamente proa hacia Córcega. Felipe II asegura a Figueroa por aquel entonces que Francia no se opondría a la expedición, que, por lo demás, se preparaba casi oficialmente y a la vista de todos. Así se lo anunciaba el embajador del duque de Florencia a su señor, el 22 de septiembre de 1564,

[227] [228] y Felipe II hacía otro tanto al día siguiente.

No obstante, los genoveses no se dieron por satisfechos, pues los

preparativos les parecían infinitamente lentos. El 24, el embajador Sauli[229] afirma que no sabe nada de la armada que debía de encontrarse en Cartagena. El 9 de octubre toma formas más precisas su malhumor: “Si la armada tarda en venir, Vuestras Ilustrísimas deben culpar de ello a la gran flema y a la lenta naturaleza de estos señores, y no a mi negligencia, pues la verdad es que no he cesado de insistir ni un solo momento cerca de S.M. y de sus ministros”.

[230] El reproche tal vez no fuese del todo justo. También esta vez estaba todo previsto hasta en sus más nimios detalles por los servicios del Rey Católico. Ya en agosto, por ejemplo, Lorenzo Suárez de Figueroa, hijo del embajador español en Génova, fue enviado a Milán para enrolar allí a 1 500 italianos destinados a las operaciones de Córcega. El 26 estaba todo listo para transportarlos a la isla en tres barcos redondos; pero el mal tiempo lo impidió. Su coronel es el propio Lorenzo.

Es cierto que los genoveses tenían alguna excusa para sentirse impacientes y recelosos. Sampiero había derrotado a las fuerzas de Stéfano

Doria,[231] y, en vista de que pasaba el tiempo sin hacer nada, temían que en otoño pudieran concertarse algunos arreglos favorables a los rebeldes. El propio Felipe II decía que era de desear un arreglo con Sampiero, para evitar una guerra que podía prolongarse y llegar, acaso, a trasponer los límites de la

isla corsa.[232] Cuando se les sondeó acerca de esto, los genoveses tomaron la[II-471] cosa muy a mal. Por fin, don García de Toledo llegó el 25 de octubre a

Savona.[233] La estación del buen tiempo había terminado y él no estaba dispuesto a arriesgar su flota. Propuso que se entregara a Génova una flota de 20 galeras, así como la infantería que se acababa de reunir en España y en el Piamonte, aunque los genoveses, por su parte, habrían preferido por lo menos

una demostración en masa de toda la armada sobre Porto Vecchio,[234] cosa que no consiguieron. Francisco de Alava escribía desde Arlés, el 20 de noviembre, que si los genoveses no habían triunfado antes del invierno, lo mejor sería pactar con los insurrectos, como lo sugerían también los

franceses.[235] Pero Génova no estaba de acuerdo con semejante cosa, y, por

su parte, Felipe II rechazó la mediación francesa.[236]