El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
La bonificación de las planicies
La conquista de las planicies: un sueño, un bello sueño que se remonta a los albores de la historia. El tonel de las danaides es, quizá, un recuerdo de la
introducción del riego perenne en la planicie de Argos[221]. Es probable que en una fecha en extremo temprana los ribereños del lago Copais hubieran
comenzado ya a aprovechar las cenagosas orillas[222]. En todo caso, desde la época neolítica, múltiples canalizaciones subterráneas —cuyos restos ha
revelado la arqueología— surcaban la campiña romana[223]. Se conocen también los trabajos primitivos de los etruscos en las planicies angostas de la Toscana.
Entre estas primeras tentativas y las grandes bonificaciones de tierras en los siglos XIX y XX —que ya hemos enumerado—, aunque el esfuerzo ha decrecido a veces, nunca se ha interrumpido. El hombre del Mediterráneo siempre ha estado en lucha contra las tierras bajas; vaciarlas de aguas malsanas, dotarlas de un riego fertilizador, surcarlas de caminos, sin los cuales el transporte y la agricultura serían imposibles: tal ha sido su permanente tarea. Mucho más dura y penosa que la lucha contra el bosque y la maleza, esta colonización ha sido el rasgo verdadero y original de su historia rural. Así como la Europa del Norte se ha constituido, o por lo menos ensanchado, a expensas de sus bosques cenagosos, el Mediterráneo ha encontrado en las planicies sus países nuevos, sus Américas interiores.
Ya en el siglo XV, y durante todo el siglo XVI, se llevaron a cabo innumerables bonificaciones de tierras, aun con los escasos medios de que se disponía: fosas, acequias, canales, bombas rudimentarias. En el siguiente siglo, los ingenieros holandeses pusieron en práctica métodos nuevos y más
eficaces[224]. Pero en la época de que hablamos la experiencia de los ingenieros holandeses aún no se conocía. Dada la pobreza de los medios de que se disponía y la limitación de las empresas, se atacaba el paludismo sector por sector. De ahí los fracasos. Cuando, en 1581, Montaigne encontró en Venecia, en el valle del Adigio, «una infinita extensión de tierras cenagosas,
estériles y cubiertas de cañaverales»[225], antiguos pantanos que el señorío había intentado desecar «para obtener terreno labrantío», le pareció que «más se ha perdido que ganado en los esfuerzos por hacerlo cambiar de forma». Tampoco obtuvieron mejor éxito —a pesar de lo que pudiera decir la «prensa» de la época, es decir, los cronistas oficiales— las tentativas del gran duque Fernando en la marisma toscana y en la depresión del Val di
Chiana[226].
Los grandes duques, desde Cosme, trataron de crear una región cerealista en la marisma (empresa equivalente, pero en mayor escala, a la que Génova intentaba llevar a cabo en la planicie oriental de Córcega). De ahí las medidas en favor de la colonización, los préstamos en dinero y víveres, los reclutamientos de mano de obra y, en algunos lugares, los trabajos de saneamiento; Grossetto, en la Ombrona, se convirtió en puerto de exportación de granos con destino a Liorna… Reumont, en su vieja Historia de Toscana,
cita claramente las razones por las que esta tentativa fracasó a medias[227]. Los grandes duques perseguían dos objetivos contradictorios: crear una planicie cerealista, lo cual implicaba fuertes gastos, y establecer un monopolio de compra de granos en su propio beneficio, es decir, un sistema de ventas a bajo precio. Debería, por el contrario, haberse abierto el mercado a la competencia de todos los compradores del Mediterráneo. Porque las operaciones de bonificación de las tierras son muy onerosas, y el rendimiento, la utilità, no siempre guarda proporción con las inversiones. En 1534, los oradores de Brescia hicieron notar en el senado de Venecia que el «encauzar y retener las aguas exige infinitos gastos; a tal punto, que numerosos conciudadanos nuestros se han arruinado por haber querido ocuparse de empresas semejantes. Por añadidura, las aguas reclaman gastos continuos de mantenimiento, de modo que calculándolo todo, y en el mejor de los casos, se
encontrará poca diferencia entre las inversiones y los beneficios»[228]. Sabemos que, en tales circunstancias, los vecinos de Brescia imploraban misericordia, buscaban pretextos y se lamentaban de su pobreza para evitar el pago de demasiados impuestos. Lo que no impide que estas bonificaciones de tierras sean siempre ambiciosas empresas que requieren poderosos recursos financieros. Son empresas de obras públicas por excelencia.
En Toscana, es un gobierno «ilustrado» el que se encarga de ello, o como en 1572, un príncipe de la familia ducal: el futuro duque Fernando, interesado
por razones eventuales en las mejoras del húmedo Val di Chiana[229]. En el Valle di Ambrogio, en el centro de la vasta zona pantanosa del delta del Po, y gracias a la iniciativa del duque de Ferrara, se lleva a cabo en 1570 lo que fue llamado la grande bonifica estense, dificultada por los sentamientos de tierras y el reflujo de las aguas corrompidas, y condenada finalmente por el taglio de Porto Viro, que permitió a Venecia, en 1604, desviar hacia el sur, por la
brecha abierta, el curso del Po[230] [231] . En Roma es el gobierno pontificio. En
Nápoles, el virrey pone en marcha un proyecto oficial de desecación de las vastas marismas de Cherranola y de Marellano, en los alrededores de
Capua[232] [233] . En Aquila es el gobierno imperial. En Turquía, por lo poco que sabemos, parece que la bonificación de terrenos fue obra de aquellos señores emprendedores que crearon nuevas aldeas de siervos —tschiftliks—, sobre todo a partir del siglo XVII, en las regiones bajas y pantanosas de la
llanura de Dirraquio o en las márgenes del Vardar[234]. Grandes aldeas muy características, con sus chozas apretadas en torno de la alta casa del señor, que las domina y las vigila… También en Occidente surge una serie de bonificaciones de tierras debidas a la iniciativa individual de grandes capitalistas. Fueron ellos los que, en el siglo XVI, hicieron plantar en lo más hondo de la Lombardía arrozales que adquirieron un desarrollo tan rápido que, según se sabe, comenzaron a exportar sus productos a Génova hacia 1570, y tal vez aun antes. Un viejo patricio de Venecia —tachado de la lista de los nobles por una injusticia, según dice él, pero dotado de una buena fortuna— trató de poner su mano sacrílega en las lagunas venecianas, pero las autoridades se inquietaron. ¿Transformar las lagunas en tierras labrantías? ¿Podía alguien pensar seriamente en eso? ¿No era de temer que se provocaran
cambios de nivel? El asunto se archivó con dictamen desfavorable[235].
También en el Bajo Languedoc son los capitalistas quienes inician las mejoras, con las obras de drenaje comenzadas a partir de 1592 y que se prolongarán con más o menos ímpetu y éxito hasta 1660-1670. Trabajos idénticos se habían emprendido en las proximidades de Narbona a partir de 1558, cuando se comenzó a esgoutter las charcas. Pero a finales de siglo, con las primeras nivelaciones de terrenos en torno del lago Launac, se aceleraron las actividades. Ingenieros provenzales, especialistas en hidráulica y discípulos de Adam de Crapone prestan allí su concurso. Un grupo (Laval, Dumoulin, Ravel) dirige la operación y las que luego le siguen en otros puntos alrededor de Narbona. Bernard de Laval, señor de Sault, será quien proporcione el primer dinero necesario, y más adelante, las sumas
complementarias[236]. Estos programas de bonificación responden a las necesidades de las ciudades. En los siglos XV y XVI, su población crecía sin cesar, haciendo necesario adoptar medidas urgentes para incrementar los víveres, desarrollando y mejorando los cercanos cultivos, ya fuese instalándolos en nuevos terrenos, ya practicando la irrigación en mayor escala. Con este motivo surgieron muchas dificultades, pero también muchos convenios fructíferos. «Se obtendrá una buena provisión de agua por las derivaciones del Oglio [decían los oradores de Brescia en 1534], pero eso significará una cadena de litigios ruinosos con la gente de Cremona. Sin
contar con eventuales asesinatos, como el que ya se ha producido»[237]. En 1593, los rectores de Verona hacen demoler —con el apoyo de Venecia— las obras de los mantuanos para retener las aguas del Tártaro, lo que trajo consigo
interminables altercados[238]. En el siglo XVIII, las ciudades de Aragón seguían querellándose por las mismas razones, y cada una de ellas trataba de robar el
agua a sus vecinas[239]. En cambio, en el siglo XV , las localidades ribereñas del Bajo Ródano se asociaban para los trabajos de canalización, los cuales no hubieran sido posibles sin los capitales de los inmigrantes italianos y sin la
mano de obra procedente de los Alpes[240].
De cualquier manera (ya fuese como resultado de la cooperación o de las pugnas), lo cierto es que el esfuerzo de las ciudades fue fructífero. Plantaron en las inmediaciones de sus lonjas y sus mercados los huertos de hortalizas, las vegas y los campos trigales que tanto necesitaban. Un embajador veneciano que atravesó Castilla llegó a la conclusión de que la región solo estaba cultivada alrededor de las ciudades. Los grandes páramos de ovejas y los secanos reservados al trigo, esas llanuras amarillas donde hasta las mismas casas, hechas de adobes, se confundían con la tierra parda, le dieron la impresión de campiñas desiertas, mientras que alrededor de las ciudades castellanas encontró las manchas verdes de los cultivos de regadío. En Valladolid, los huertos y plantíos cubrían las orillas del Pisuerga. En el mismo Madrid, Felipe II no pudo ensanchar el Prado más que comprando viñedos,
jardines y huertos: poseemos las cartas de venta que dan fe de ello[241]. En Toledo, la Vega, «llena de manzanos, salpicada de árboles y de cultivos», se encuentra a la sombra de la ciudad. El mismo desarrollo de los aledaños cubiertos de huertos de hortalizas, el mismo lazo entre la ciudad y el esfuerzo agrícola encontramos en la Provenza y el Languedoc. En el siglo XVI se ganaron nuevas tierras en Mandolieu, en Biot, en Auribeau, Vallauris, Pégaumes, Valbona, Grasse, Barjols, Saint-Rémi, Saint-Paul de Fogossières, Manosque… A todo lo largo del Durance se ven esplendorosos huertos de
hortalizas[242]. En el Bajo Languedoc, «los orts y los prados regados constituyen, en realidad, una parte muy pequeña de los terrenos (como en España)»; a decir verdad, «son cinturones urbanos, regados con aguas subterráneas gracias a la noria, la seigne; esta por sí sola constituye 30 % del
valor total de un huerto»[243]. Se opera una amplia transferencia de
inversiones urbanas hacia el campo[244].
La búsqueda de nuevos terrenos para el cultivo, en esta época, se había convertido en un interés público desde finales de siglo. Olivier de Serres, en
su [245] Théâtre d’Agriculture, se toma el cuidado de explicar ampliamente cómo hay que tratar las tierras de regadío, preocupación muy significativa. Pero este esfuerzo es lento y se corona trozo a trozo, a través del tiempo infinito que las planicies tardan en surgir a la vida. Esta costosa empresa, tan mal acabada en el siglo XVI, había comenzado hacía centenares de años. Así podemos afirmarlo de todas las planicies; de las vegas de Murcia y de Valencia; de las de Lérida, Barcelona y Zaragoza; de las de Andalucía y las planicies del Po; de la campagna felice de Nápoles, de la Concha de Oro de Palermo o de los llanos de Catania. Cada generación aporta su grano de arena. Uno de los méritos del gobierno ilustrado de Pedro de Toledo en Nápoles fue el haber saneado, cerca de la gran ciudad, la región pantanosa de la Terra di Lavoro entre Nola, Aversa y el mar; el haberla convertido, al decir de un cronista, en «la più sana terra del mondo», con sus acequias y sus canales de