El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Un ejemplo de frontera secundaria: Ifriqya

Pero en los bordes y en el interior del mundo mediterráneo podemos[II-160] encontrar divisiones todavía mayores. Sigue siendo una bisagra esencial del mundo mediterráneo el antiguo confín europeo del Imperio romano, la línea del Rin y del Danubio, donde el avance católico encuentra en el siglo XVI su línea fuerte, el nuevo limes que los jesuitas vuelven a ocupar con sus colegios y con las características cúpulas de sus iglesias, llenas de molduras ornamentales. La ruptura entre Roma y la Reforma se produce precisamente a lo largo de esta vieja cicatriz. Esto, más aún que las querellas entre los

Estados, es lo que confiere su “solemnidad”[78] a la frontera del Rin. La Francia del siglo XVI, enclavada entre esta línea avanzada de Roma y la línea de los Pirineos, punto extremo del avance protestante, la Francia desgarrada entre los dos bandos sufrirá una vez más el destino de su posición geográfica.

Pero la más asombrosa cicatriz de los países mediterráneos es, tal vez, la que entre Oriente y Occidente pasa más allá de las barreras marítimas y de la que ya hemos hablado: esa precisa e inmutable barrera terrestre que corre entre Zagreb y Belgrado, asomándose al Adriático en Alessio (Ljes), en la desembocadura del Drin y en la articulación de las costas dálmata y albanesa,

[79] y que, por las antiguas ciudades de Naissus, Remesiana y Ratiara, llega

hasta el Danubio.[80] Todo el bloque dinárico fue latinizado, desde las llanuras panónicas abrazadas al oeste por la parte occidental del imperio y en las

cuales desembocan los amplios valles de las regiones altas,[81] hasta las franjas litorales e insulares vueltas hacia Italia. “La última familia que hablaba un dialecto latino en la isla de Beglia” (¡siempre las islas!…) se

extinguió en la primera década del siglo [82] XX . En Croacia se perpetúa hasta nuestros días, unido a muchas otras herencias, un arte de vivir a la moda

italiana.[83] De una Italia muy antigua, desde luego.

 

Un ejemplo de frontera secundaria: Ifriqya

 

Un ejemplo menos ilustre, el de una subdivisión cultural, merece que le dediquemos alguna atención. Recordemos que las tres grandes civilizaciones mediterráneas —la latinidad, el islam y el mundo griego— son, en realidad, grupos de civilizaciones, yuxtaposiciones de estructuras autónomas, más bien que unidas por un destino común. En el norte de África no hay estructura más[II-161] claramente delimitada que el viejo país urbano de la antigua Ifriqya de los árabes, la actual Tunicia.

La naturaleza se ha encargado de preparar el alojamiento. Por el norte y por el este, el mar bordea las tierras bajas tunecinas; por el sur, ampliamente abierto sobre el Sahara, prolonga los paisajes de esparto y de artemisa, acogiendo también en sus tierras a las poblaciones nómadas, pastoriles y desordenadas que las ciudades tratan de domesticar lo mejor que pueden. Pero donde el marco físico es verdaderamente característico, desde nuestro punto de vista, es en el oeste. Aquí, sobre las llanuras secas y cálidas de la Tunicia,

surge una serie de relieves ásperos y hostiles,[84] de colinas y de altiplanos, de macizos y de montañas que llegan hasta la antigua Numidia, hasta la fría

Constantina de nuestros días,[85] que evoca en nosotros, con un poco de imaginación, el centro de Sicilia, la parte montañosa de Andalucía o el interior de Cerdeña.

La bisagra montañesa, entre Túnez y el Magreb central, aparece situada, grosso modo, a lo largo de una línea que, partiendo del cabo Takuch, pasa por Ued el Kebir, Ued Cherif, Ain Beida, Djebel Tafrent y Guentia. El malogrado Charles Monchicourt se complacía en mostrar los cambios que se advierten a uno y otro lado de esta amplia articulación: hacia el oeste, cigüeñas, fresnos, olmos y techos de gruesas tejas oscuras bajo un cielo severo de montaña; más allá, por el oeste, los techos en forma de terraza, las bóvedas blancas de los quovvas, anuncio de esa fraternidad que une a las ciudades de Tunicia con las del Oriente, El Cairo o Beirut. “Kai-ruan no es sino un gran cubo blanco…, la antítesis de Constantina”; y es todavía, en más de un aspecto, una gran aldea

chauia [86] , con casas rústicas y descoloridas. La historia nos revela que Ifriqya, hoy como ayer y como siempre, ha encontrado aquí su término, su frontera occidental, un poco mas acá o un poco más allá de los obstáculos que a veces detienen y a veces dejan filtrar, pero estorbándoles siempre el paso,

los mil imperialismos de su planicie feliz y atrayente.[87]

Este complicado y rústico país opone hacia el oeste una cortina a la[II-162]

refinada civilización de la Tunicia. El mercader de Constantina[88] que en el siglo XVI descendía hacia Túnez encontraba, al mismo tiempo que las blancas casas de techo plano y las ciudades que brillaban bajo el sol, un país rico, todavía bien comunicado con el Oriente y que comerciaba regularmente con Alejandría y Constantinopla; país en que reinaba un orden relativo y donde la lengua árabe dominaba lo mismo en las ciudades que en el campo.