El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Rescate de cautivos
Incuestionablemente, el punto esencial lo constituye la correlación positiva entre corso y vida mediterránea. He dicho positiva, y lo repito: todo[II-314] prospera y todo se hunde a la par. Cuando el corso incide apenas sobre la vida pacífica de los cambios, es porque el botín que se le ofrece es a todas vistas insuficiente, y, en consecuencia, corresponde a un momento de decadencia general del comercio. Para establecer lo que acabamos de afirmar se requerirían cifras que, en estos momentos nos faltan todavía. No tenemos una idea precisa del número global de navíos de corso, ni del volumen de las mercancías capturadas o de la cantidad de cautivos, pero la evidencia invita a pensar que las cifras crecieron cada vez más.
Rescate de cautivos
Por todas partes, en la cristiandad, se crearon instituciones dedicadas al rescate de los prisioneros: los ricos, como bien sabemos, concertaban las condiciones de sus propios rescates. En 1581, el papado dará ejemplo. Gregorio XIII crea la Opera pia della Redenzione de’Schiavi y la vincula con la antigua y activa Arciconfraternità del Gonfalone de Roma. En 1583 se negocian los primeros rescates, y la primera misión llega a Argel en febrero
de 1584.[269] En 1596 se funda, en Sicilia, la Arciconfraternità della Redenzione dei Cattivi, que tuvo su sede en la iglesia de Santa María Nuova de Palermo. Era la reanudación de las antiguas instituciones que habían
funcionado en el siglo [270] [271] XVI . El 29 de octubre de 1597 se constituyó en Génova el activo Magistrato del Riscatto degli Schiavi, que también era una reproducción de un organismo que databa de 1403, el Magistratto di Misericordia. Hacían falta tribunales, administraciones, para esos prisioneros sepultados bajo una especie de muerte civil provisional, que regresaban — cuando regresaban— en situaciones inverosímiles, que era necesario resolver. Desaparecidos por largo tiempo o renegados dejaban en suspenso tantos asuntos, que las familias debían intervenir, incoando procesos por desaparición, a pesar de que el “ministerio de los cautivos” intervenía por su parte para salvaguardar los derechos o los bienes de los ausentes. No hay mejor fuente documental que la larga serie de papeles genoveses, para quien quiera precisar la realidad viva y humana de la historia de estas cautividades, llena, además, de interés literario.
Salvar a los prisioneros estaba bien, pero ante todo había que salvar sus[II-315] almas. Las órdenes religiosas se ocupaban con pasión de esta gran tarea. Había que deslizarse hasta Berbería, bajo el pretexto plausible de comprar cautivos, y, por tanto, entenderse con las organizaciones de caridad; obtener un pasaje y, en Roma, España, Génova o en otra parte, obtener también las limosnas justificativas. Podemos formarnos una idea de estas difíciles negociaciones, leyendo la carta del capuchino fray Ambrosio da Soncino fechada en Marsella el 7 de diciembre de 1600 y dirigida al Magistrato del Riscatto de Génova. Habíanse dividido esta campaña espiritual los capuchinos —a quienes tocaba Tetuán— y los carmelitas —que trabajaban en Argel—; pero las negociaciones para conseguir el viaje eran interminables y “el tiempo apremiaba para la salud de las almas, pues eso, y solamente eso, es
lo que se busca”.[272]
Con estas compras y estos intercambios de hombres y de mercancías se consolidó y se regularizó una nueva geografía de mercados y circuitos comerciales. Se multiplicaron los viajes de los redentores, que llevaban en sus
barcos numerarios o mercaderías, todo debidamente asegurado.[273] En Argel, después de 1579, todo se registraba en el consulado de Francia, e igual ocurría
en Túnez a partir de 1574. En Tabarca,[274] funcionaba hacia 1600 otro centro activo de rescates enfocado hacia Túnez y Bizerta. Se efectuaban grandes ceremonias al regreso de los liberados, con desfiles y acciones de gracias. En
1559 desfila por las calles de Lisboa[275] un convoy de cautivos liberados llevando en el extremo de un palo el pequeño pan moreno que era el único alimento de los “baños”. Cualquiera puede darse cuenta de la cantidad de contactos y de lazos que creaban los cautiverios, los viajes y las liberaciones. La reciprocidad del corso conducía a situaciones bastante embrolladas. Un
documento del consulado francés de Túnez[276] revela que un sacerdote sardo era esclavo de la mujer de Mami Arnaut, quien, a su vez, era esclavo del Rey Católico. Estos embrollos facilitaban los intercambios, o cuando menos, hacían que fuesen más rápidos.
Por otra parte, y en vista de la superpoblación de los “baños”, se multiplicaban las evasiones. Ya hemos visto las hazañas de la fragata de[II-316] Felipe Romano, el valenciano “pasador” que se llevaba a los cautivos de Argel. Los cautivos organizaban por sí mismos sus fugas, y sus evasiones en
grupo eran cosa corriente.[277] Un día caían sobre una fusta, otro sobre una galera, y se lanzaban a la aventura. Estos detalles son simpáticos en la vida de esos desgraciados. La facilidad de huir procedía, en gran parte, del creciente número de esa gente híbrida, medio musulmana, medio cristiana, que vivía en la frontera entre los dos mundos, en una alianza fraternal que hubiera sido más estrecha aún si los Estados no se hubiesen encontrado allí para mantener cierta decencia. Fraternización entre los renegados (no era la más hermosa, pero, indudablemente, sí la más amplia); fraternización en el comercio, en el tráfico de rescatados y de mercaderías. Era ésta la especialidad de los renegados italianos en Constantinopla, y de los marinos del cabo Corso en Argel, donde estaban familiarizados con los rais y con la vida del “baño”, coraleros de ocasión, transportadores de cera, de lana y de cueros. En Túnez, estas operaciones constituían casi un monopolio de los cónsules franceses, a quienes se acusaba de que podían hacer salir a quien querían y de que, a veces —por dinero, naturalmente—, se las componían de modo que algún cautivo