El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Los comienzos de la guerra de Chipre
imaginar. Al fin, Señor esto es hecho.[284]» El caballero Nobili, agente de los Médicis en Madrid, cuya correspondencia hemos citado tantas veces, destacando bastante bien el alcance de esta inhumana medida, escribía al gran duque: “Los asuntos de Granada pueden darse ya por terminados, y los resumiré en una palabra: los moros sometidos y los de las tierras bajas atizaban la guerra, ya que por debajo de cuerda suministraban víveres a los
levantiscos”.[285] La expulsión se decretó, pues, contra ellos.
En el reino de Granada no quedaban más insumisos que unos cuantos
millares de moriscos que vivían como bandoleros[286] y divididos, al igual que éstos, en varias bandas. Pero ¿no había tantos o más en el Pirineo catalán? Sin que pueda decirse que fuese perfecta, era, sin embargo, la paz, con su margen normal de inseguridad policiaca. Los moriscos fueron instalados en Castilla, mientras los cristianos viejos iban a colonizar las bellas tierras de Granada, en[II-563] el reino pacificado: la cristiandad no había salido, pues, a la postre, perdiendo
en esta guerra.[287]
El 30 de noviembre, don Juan abandonaba, para no verla más, la tierra de Granada, escena de sus primeros y duros aprendizajes. El 13 de diciembre
estaba en Madrid.[288] Otra tarea le aguardaba allí, que era tal vez la continuación de la guerra que acababa de extinguir. En efecto, si los turcos, en esta misma hora, atacaban la isla de Chipre (el viejo y acariciado proyecto de sus estados mayores), ¿no era, entre otras razones, porque, en el otro extremo del Mediterráneo, España parecía estar enfrascada en su guerra doméstica?
Los comienzos de la guerra de Chipre[289]
Vemos bastante bien, con una claridad si no perfecta, por lo menos poco habitual, dado el estado de nuestros conocimientos en este terreno, cómo aparece organizada la política turca en el invierno de 1569 a 1570. La Turquía del siglo XVI es, históricamente hablando, un personaje poco menos que desconocido. Los historiadores occidentales la captamos desde fuera valiéndonos de los informes de los agentes oficiales u oficiosos del Occidente. Pero en estos años de 1569-1570 el primer visir Mehemet Sokobi se halla íntimamente vinculado al baile de Venecia y su política personal no es la del gobierno. La bifurcación de estas dos líneas nos permite penetrar mejor de lo que podemos hacerlo por lo general en el corazón del Imperio turco. Tal es, al menos, lo que nos dicen los historiadores. ¿Pero es cierto?
Selim, el nuevo emperador otomano —todo el mundo lo sabe, desde su llegada al trono—, no es hombre belicoso. Sin embargo, la tradición de los sultanes exige que todo emperador, al empuñar el cetro, adorne los comienzos de su reinado con una brillante conquista, cuyos beneficios permitan construir y dotar las indispensables mezquitas de los nuevos soberanos. Hemos registrado, sin poder explicarla con seguridad, la semipasividad de los años 1567, 1568 y 1569. En este último año, en el momento de estallar la revuelta[II-564] de Granada, las preocupaciones de una gran acción en Rusia y de las vastas operaciones del mar Rojo paralizan en Constantinopla toda eventual acción en el oeste. Pero, al llegar el otoño y en vista de que los moriscos no deponían las armas, planteábase de un modo agudo el problema de apoyar su causa. ¿Qué haría el turco? ¿Llevaría su armada naval hasta las costas de España? En la Península se creyó en esta posibilidad. Pero, para esto, la flota turca necesitaba una base en la costa berberisca o en la francesa. El requerimiento de uso del puerto de Tolón, como refugio para la flota turca, se hizo tan abiertamente, que cabe preguntarse si no se haría así de un modo deliberado, con el fin, no tanto de obtener el puerto solicitado como de inquietar a los españoles, quienes efectivamente conocieron la solicitud y la comentaron, como es de suponer. En efecto, ¿pensaron alguna vez los turcos, realmente, en acudir en ayuda de los moriscos? Es bastante dudoso.
En primer lugar, ¿era técnicamente posible prestar un apoyo directo a los granadinos, por medio de la armada, a tan gran distancia de sus bases y con la evidente necesidad de que las galeras turcas invernasen cerca de aquellas
aguas? Paul Herre,[290] en su erudito estudio sobre la guerra de Chipre, estima que sí, pero en la medida misma en que cree que era ésta realmente la política deseada y enérgicamente sostenida por Mehemet Sokobi, el primer visir. Política de águila, nos dice sobre poco más o menos este historiador, digna en todo de un Solimán el Magnífico y de la que tenemos testimonios en mil documentos. Pero ¿qué documentos? Las cartas del baile veneciano, que se limitan a referir sus conversaciones con el gran visir. Pero no queda excluido que el gran visir haya podido inducir a engaño a su interlocutor. La confianza que parece otorgarle, sus confidencias, sus favores, sus conversaciones, que no llegaron a interrumpirse ni siquiera al consumarse la ruptura con Venecia, ¿no es todo esto algo muy balcánico, muy oriental? ¿No es algo, sobre todo, muy cortado a la medida del interés de la política general del sultán? Distraer Venecia del peligro que se prepara y mantenerse luego en relaciones con ella (pues la diplomacia nunca es inútil): no digo que fuera ése, necesariamente, el hilo de la comedia, si es que realmente la hubo, pero tampoco creo que el juego de Sokobi sea tan limpio como lo supone Paul Herre, demasiado preocupado, como tantos historiadores, en poner de manifiesto la decadencia[II-565] de Turquía, y en ilustrarla midiendo la distancia que separa la “política de águila” de Sokobi —no tocar Venecia y acudir en ayuda de los moriscos— de la política miope y mediocre de Selim: descargar un golpe sobre Venecia y sobre Chipre, en la extremidad de su imperio, posesión, como se sabe, mal guardada.
Guardémonos de reconstruir, de un modo demasiado simple y con los pocos elementos de que disponemos, la política turca, tan diversa en su centro. Sabemos, por ejemplo, que ya en 1563 la diplomacia ragusina señalaba los planes de Solimán el Magnífico, del propio Solimán, para la toma de Chipre. Sokobi, bosniaco de nacimiento, arrebatado de muy niño a sus padres cristianos y que fue subiendo lentamente, paso a paso, los escalones de la administración otomana, en 1555 visir del Diván y 10 años más tarde primer visir y yerno de Selim, se crió y se educó en una corte difícil y complicada cual ninguna, cerca de un señor temido e implacable. ¡Qué aprendizaje de dominio sobre sí mismo, de disimulo…! Se le dice amigo de Venecia, y sabemos que le prestó ciertos servicios a cambio de honestas recompensas, las cuales nunca han atado las manos a un ministro en la corte del gran turco. Se le presenta como gobernante pacífico y pacifista: creemos que es mucho decir, pues la paz a que él aspira es una pax turcica, pesada para los débiles y gloriosa para la Sublime Puerta. Además, si la política de Mehemet Sokobi hubiese sido realmente la que se le atribuye, ¿habría podido mantenerse en el timón de los asuntos del imperio, afirmar en sus manos el gobernarlo, cuando la nave toma otra dirección? Se dice, ciertamente, que fue la suya una política mesurada, sugerida en medias palabras, suavizada cuando hacía falta, dejada de lado en el momento oportuno. Pero ¿dónde están las pruebas de esta flexibilidad? Que esta flexibilidad y esta mesura le permitieran —atentando contra los designios de su señor, o, por lo menos, conspirando contra ellos— hacer frente a sus rivales, a hombres como el visir Lala Mustafá, antiguo preceptor del sultán, como el general de la mar Piali Pachá, gran intrigante, o como el poderoso judío Micas, se nos antoja harto difícil, conociendo como conocemos el encono de las querellas y de las rivalidades del serrallo. Cabe preguntarse también, entre paréntesis, lo que debemos pensar del último de estos adversarios, personaje tan dudoso, acreedor carente de todo escrúpulo (por lo menos, en lo que se refiere a sus reclamaciones contra Francia), el tipo perfecto de lo que llamaríamos, con el lenguaje de hoy, el espía nato, por no decir que el traidor de melodrama.[II-566] Acerca de él tampoco contamos con más letras y documentos que los que nos suministra el Occidente: Micas mantiene relaciones con el gran duque de Toscana, con Génova, con España y tal vez también con Portugal… ¿Debemos considerarlo como un traidor? ¿O debemos más bien pensar, hipótesis que no debe darse tampoco por descartada, que también él obra por órdenes de más arriba, representando, aunque sin olvidarse de su provecho personal, un papel recibido y calculado, en una política más concertada de lo que suele creerse? Para Paul Herré, es simplemente un personaje “bastante
turbio”,[291] que obra por rencor o por interés. Por rencor contra Venecia, que ha secuestrado una parte de los bienes de su mujer; y por interés, pues ya
desde 1569[292] se apunta su ambición de llegar a ceñir la corona de Chipre y hasta de instalar en esta isla una colonia de correligionarios suyos. Y tal vez sea verdad; más aún, sin duda lo era… Pero entre otras cosas. Sin que
tratemos, naturalmente, como el biógrafo de este inquietante personaje,[293] de convertirlo en un hombre de pureza angelical, debemos reconocer, sin embargo, que se escapa a nuestros conocimientos, que los contornos de su figura aparecen borrosos ante nosotros y, en general, que es muy peligroso abordar una gran página de la historia turca por los caminos falsos de la biografía y de la anécdota.
Si nos empeñamos a todo trance en forjar hipótesis, digamos que nada se opone a la existencia de una política turca atenta y precozmente proyectada sobre su objetivo: Chipre; de una política que obra en consecuencia con ello y deja que cada cual represente el papel que le está asignado: uno, el de la gentileza con respecto a Venecia; otro, el de los tratos con España o con Francia… La política tiende aquí y allá sus cortinas de humo. No desanima a los moriscos, pero no empuja tampoco a los berberiscos a salir de su apoyo a medias; los censura en caso necesario por haberse lanzado a la aventura de
Túnez,[294] pero practica por su cuenta una política muy semejante. Pues, preocupándose muy poco de ayudar a los moriscos en su espera, ya sea directamente o por la vía indirecta de un ataque contra la flota española, el turco intentará aprovecharse, por su parte, de la ayuda que inconscientemente le prestan ellos para arreglar, sin riesgo alguno, sus propios negocios.
Decidido a no olvidar ninguna de sus probabilidades, procura también, en[II-567] este año, rehabilitar la alianza con los franceses, que se había dejado enfriar con el acercamiento franco-español de los años 1567-1568. He ahí lo que da su sentido a la solicitud de utilizar el puerto de Tolón, en 1569 —se trata de tantear el terreno— y al extravagante viaje a Constantinopla del no menos extravagante Claudio du Bourg. Este personaje, que llega a la escena en una hora anormal y complicada de la política oriental y que lo complica todo, por
si ya no lo estuviera bastante, con sus “locas fantasías”,[295] se pelea enseguida con el embajador en turno e intenta derrocar al banquero Micas y congraciarse al gran visir Mehemet Sokobi; de pasada, se dedica a trabajar en favor de los genoveses y, cuando regresa de su viaje por Venecia, en el invierno de 1568-1569, en compañía de un embajador turco extraordinario, lleva, a pesar de todo, en su bolsillo, la “renovación” de las capitulaciones. Y es que Turquía está, en estos momentos, extraordinariamente preocupada de recrear, en el Occidente, una Francia ajustada a la tradición y a sus propios intereses. Vemos, habitualmente —orgullo occidental inconsciente—, a Francia atrayendo hacia sí a los turcos y tratando de explotarlos para sus fines. Pero encontramos también, a veces, la situación inversa: el turco solicita a Francia e intenta atraérsela. Tal ocurre en 1569 y en 1570, y se trata entonces de conseguir la Corona de Polonia para el duque de Anjou y del
príncipe de la Transilvania como esposo de Margarita de Valois…[296]
Pero ¿con esta Francia desgarrada por la tercera guerra civil, cómo recrear la entente franco-turca? El rey de Francia, tan comprometido por el lado de los católicos, ¿no podía volverse atrás desde tan lejos? La mejor prueba de que no puede hacerlo la tenemos en el hecho de que se muestra de acuerdo en
que se detenga en Venecia a Du Bourg y al turco que le acompaña.[297] Du Bourg escribe carta tras carta, promete el oro y el moro. ¡Tiene tantas cosas que decir! Por último, se le autoriza a partir de Venecia, pero para volver a[II-568] detenerlo al llegar a la Mirandola… Lo que no es obstáculo, por otra parte, para que el rey de Francia se jacte de la mediación del pobre Du Bourg entre
la señoría y el turco.[298]
Sin embargo, la guerra civil se calma, se detiene por un instante, con la caída de los Guisa y del partido católico intransigente. El armisticio de 14 de julio es seguido pronto por el edicto de pacificación de Saint-Germain, de 8
de agosto.[299] Catalina, entonces, se vuelve tan decididamente hacia los protestantes, que empieza a hablarse de los “matrimonios infernales” (la frase
es de Francés de Alava,[300] refiriéndose al del duque de Anjou con Isabel y al de Enrique de Navarra con Margarita de Valois). En el terreno diplomático, Francia accede ahora a seguir los caminos de una gran política antiespañola, pues la italiana no se contenta ya con sortear los obstáculos entre los dos partidos franceses, sino que trata de capear el temporal entre las dos grandes potencias en las que esos partidos se apoyan con tanta fuerza. Brusco esclarecimiento de la situación francesa, que casi siempre se trata de explicar, sin razón, únicamente por pequeñas consideraciones personales.
¿Qué hacía el turco, mientras tanto?
Tal vez no se haya conocido nunca un invierno tan malo en el mar, tan tormentoso, tan hostil a la rápida circulación de las noticias, como el de 1569
a 1570.[301] El mal tiempo, alargando las distancias más que de costumbre, reforzaba las barreras del silencio detrás de las cuales operaba el turco. Sabíase, sin embargo, desde hacía meses, que estaba armándose con toda
furia,[302] y no cabía duda de que era para descargar un gran golpe. Pero[II-569] ¿dónde? ¿Sobre Malta, sobre La Goleta, sobre Chipre? El juego de los pronósticos continuaba, a pesar de que el turco había golpeado ya y seguía golpeando Venecia, donde quiera que podía hacerlo. La misma Venecia tarda en enterarse de ello, siempre a causa del mal tiempo y a pesar de que la República vivía en estado de alerta.
Hasta última hora, y contra toda evidencia, Venecia negóse a creer en su desgracia. Una desgracia, pues, ¿qué otra cosa podía hacer Venecia sino ser prudente, Venecia, de cuya prudencia gustan tanto de burlarse los historiadores, Venecia la cortesana, que se acuesta con el turco? Más que de su espíritu, Venecia era víctima de su cuerpo, de su realidad terrestre, de su imperio, que era solamente una larga cadena de puntos marítimos de apoyo, de una economía que la obligaba, como a la Inglaterra librecambista del siglo XIX, a vivir del exterior, de lo que sacaba de él y de lo que ella le aportaba. Su política no podía ser, en modo alguno, la de los vastos imperios español o turco (cuya frontera es Venecia, desde cierto punto de vista), estos vastos imperios ricos en hombres, en rentas y en espacio, apoyados en las reservas de economías a menudo rudimentarias, y por ello mismo, tanto más sólidas. He aquí por qué la política de Venecia tiene que ser una política cuidadosamente calculada a cada instante y sólo puede explicarse a la luz de la razón de Estado. En la segunda mitad del siglo XVI, esta juiciosa prudencia habíase hecho, sin embargo, inútil, pues el mundo, en su evolución, mostrábase contrario a Venecia, contrario a su fórmula política o, si se quiere, a su fórmula de vida.
En 1570, Venecia acaba de vivir una paz de 30 años, fructífera paz, pero[II-570] que, sin embargo, ha afectado más de lo que se cree y de lo que ella misma cree a su estructura política y debilitado sus defensas. Su sistema de fortificaciones, sobre todo, en otro tiempo verdaderamente formidable y ahora ridiculamente anticuado, y la desorganización de su administración militar, día tras día puesta de relieve con trazos desesperados por los responsables de su ejército, y principalmente de su flota, la colocaban muy por debajo de lo
que había sido unas cuantas decenas de años antes.[303] Y, sin embargo, habituada a esta paz que, amenazada a cada paso durante una serie de años, había ido salvándose siempre contra toda esperanza, familiarizada con las mil intrigas del mundo balcánico, ha ido acostumbrándose a creer en la eficacia de los pequeños recursos. De aquí que no se decidiera a tomar por lo trágico la política o la pantomima turca.
Al principio, el turco había intentado intimidarla. Acariciaba la esperanza de que Venecia cediese sin combate, de que bastase con descargar un golpe para abrir en seguida las puertas a la negociación. Los mercaderes venecianos
son detenidos en enero por los turcos, y sus bienes, secuestrados.[304] En Morea, estas medidas parecen haber sido aplicadas hacia mediados de febrero. La misma suerte sufren los navíos venecianos; sabemos de dos que, estando ya cargados en Constantinopla para zarpar, son descargados de sus fletes y confiscados para el servicio de la flota. Sin que se trate, ni mucho menos, de ese “embargo de los barcos venecianos” de que nos hablan los historiadores, como de una enorme redada. En invierno, las naves susceptibles de ser secuestradas antes de que se conociera la medida, no podían ser muy numerosas. Por otra parte, la medida en sí, advirtámoslo, no tenía nada de anormal ni de alarmante. Los barcos incautados recibieron la promesa de una indemnización, y su embargo no pasaba de ser un hecho menudo, casi trivial, en el siglo XVI. Lo que sobre todo alarma a Venecia —y la lleva, naturalmente, a armarse— es el anuncio de que el sultán se dispone a atravesar con su ejército la Anatolia y la Caramania y de que ha situado en
Castelnuovo 700 jenízaros de refuerzo.[305] Lo que no impide al gobierno veneciano de Cattaro, antes al contrario, enviar sus presentes al hijo de
Mustafá Pachá, de paso por aquella plaza.[306] Ya el 1 de febrero es público y[II-571] notorio en Constantinopla que los turcos van a reclamar la cesión pura y simple de Chipre, en nombre (¡ya entonces!) de los derechos históricos de Turquía. Pero esta noticia, recogida en la correspondencia de Grandchamp el
9 de febrero,[307] no llega a Venecia sino en marzo. Cuando ya la guerra era un hecho.
Queriendo sin duda apoyar con una amenaza precisa su gestión diplomática, los turcos habían atacado, en efecto, las posesiones venecianas. El lunes 27 de febrero el mal tiempo arrojaba sobre las playas adriáticas, cerca de Pescara, la barca veneciana de un tal Bomino de Chioggia, que ha salido de Zara el domingo 26, y a la que un terrible temporal ha hecho perder la ruta, al sur del cabo de Ancona y a una velocidad desacostumbrada. El patrón, conocido como hombre de bien por algunos mercaderes, refiere que unos 25 a 30 000 turcos se han lanzado de improviso sobre Zara y que solamente un venturoso azar ha permitido a dos galeras, gracias a su artillería,
rechazar a los asaltantes y dar la alerta.[308] No es posible comprobar las cifras, pero el hecho brutal y descarnado, fuera de toda duda, es el ataque de la larga y flexible línea de los puestos dálmatas, poblados en total por unas 60 000 almas (según una relación de 1576). Los turcos se ceban en ellos y causan
enormes estragos.[309]
Por último, la noticia de las exigencias turcas llega oficialmente a
Venecia.[310] [311] El chauch Ubat, enviado de Constantinopla el 1 de febrero,
pasa por Ragusa a mediados de marzo,[312] y el 27 comparece ante el senado, que le admite en audiencia. Pero la puesta en escena había sido preparada de antemano: no se le deja que exponga sus argumentos y se le dirigen palabras[II-572] muy duras. La exigencia turca es rechazada por 199 votos de un total de 220.
[313] Venecia está, en efecto, decidida a afrontar la lucha. A mediados de
marzo despacha un embajador extraordinario a entrevistarse con Felipe II,[314] mientras Pío V, debidamente informado, y por los mismos días, envía cerca
del soberano español a Luis de Torres, cuya misión va a ser decisiva.[315]
Venecia afirmaba así su voluntad de guerrear. Y, al mismo tiempo, se armaba. Botaba al agua su flota de complemento, equipaba sus galeazas, montaba una magnífica artillería a bordo del galeón de Fausto, enrolaba soldados, aceptaba los que le ofrecían las ciudades de tierra firme, enviaba a Chipre un cuerpo expedicionario que los turcos no pudieron interceptar, lanzaba varios miles de hombres a la Dalmacia y despachaba un ingeniero a
Zara.[316] Y este despliegue de fuerza se realizaba con gran estrépito y se terminaba antes de la primavera, pero no con la decidida intención de hacer uso de todo aquello. Hasta julio no hicieron los turcos sus primeros desembarcos en la punta sur de la isla de Chipre. Hasta este momento, Venecia se limita a llevar adelante su juego, a no mostrarse intimidada, a contestar a la amenaza con la amenaza, a la violencia con la violencia. Contesta con represalias al anuncio del embargo de los bienes y de las
personas de sus nacionales.[317] Pero, tan pronto como los turcos ceden en
este punto, Venecia se apresura a imitarlos.[318] Es cierto, y no cabe de ello la menor duda, que el dogo nombrado en Venecia el 5 de mayo, Piero Loredano,
representa el partido de la guerra.[319] Pero el partido pacifista dista mucho de haber sido reducido a la impotencia. Pese a la unanimidad lograda el 27 de marzo, cuestión de prestigio, que los pacifistas consideraron, sin duda, una jugada muy hábil, quedaban todavía en Venecia muchas fallas y divisiones, que podían conducir, en el momento menos pensado, a un viraje en redondo de la política. Si Turquía hubiese reculado, Venecia se habría olvidado en el acto de sus armamentos, de los intereses de la cristiandad y de su querida[II-573] hermana España.
A comienzos del año 1570, España se siente intranquila y embarazada en sus movimientos. Intranquila ante los armamentos formidables del turco. Embarazada por la guerra de Granada, que retiene una masa considerable de sus fuerzas marítimas y terrestres. Y también por los grandes acontecimientos del norte, a los que asiste, impotente y, si queremos, en actitud neutral, cruzada de brazos, ya que el duque de Alba se niega a recurrir a las grandes intervenciones militares, pero con una neutralidad que, desde el punto de vista financiero, no deja de ser espantosamente costosa.
La reacción de los españoles ante las noticias de Levante, al no poder disponer libremente de todas sus galeras por la necesidad de mantener la vigilancia sobre las costas de Granada, y habiendo desguarnecido peligrosamente Italia, sigue ante todo tomando por modelo las alertas anteriores a Malta, la línea de poner en estado de defensa las plazas de Nápoles, Sicilia y el norte de África. Medidas también onerosas, pero urgentes, a las que era imposible sustraerse. Nada garantizaba, en efecto, que los turcos fuesen a respetar las posesiones españolas. Los avisos lo repetían con insistencia, pero los avisos… Además, no todos ellos daban el mismo son de campana: en el río de las noticias podían deslizarse deliberadamente no pocas aguas revueltas y dudosas. Venecia, según se afirma, ha usado con frecuencia su famoso servicio de información como arma para alarmar a la cristiandad y alimentar en ella la psicosis del peligro turco. En todo caso, es evidente que en el siglo XVI no se confiaba más que de un modo muy relativo en las noticias propaladas por Venecia. A los venecianos les resultaba tan fácil manipularlas desde Constantinopla como desde la propia Venecia, y, si la circunstancia lo requería, podían suscitar a su conveniencia ciertos avisos y noticias destinados a su majestad católica. Sea de ello lo que quiera, lo cierto es que los avisos procedentes de Constantinopla, en esta primavera de 1570, no eran todos los más apropiados para apaciguar las inquietudes españolas. El
12 de marzo, el virrey de Nápoles[320] escribe a Felipe II: “he rdo otra de Constantinopla, de los veynte y dos de heno que scrive uno de aquellos que sirven ally… y a quien tengo por mejor auctor… por donde me confirma la opinión que tengo de que estos aparatos de tan gruesa armada no son para[II-574] daño de venecianos, si bien se entiende que en la parte de Dalmatia se a rroto guerra con ellos”.
Los españoles concentran, pues, todas las galeras que pueden reunir en el sur de Italia. A falta de las habituales tropas españolas, han hecho levas de alemanes para Milán y Nápoles y de italianos para las galeras y Sicilia. Y han abastecido también La Goleta de hombres, víveres y municiones. “He