El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Los altibajos de la vida marítima
metrópoli no está propiamente en la costa que de ella depende[165]; tal es el caso de Venecia con relación a la costa de Istria, al litoral dálmata y a las distantes islas griegas; y tal fue también, hasta cierto punto, el caso de Marsella, en la medida en que esta atrae hacia sí, además del mundo agitado de las costas provenzales, que está enteramente a su servicio, una gran parte de los marinos aventureros del cabo Corso. O el caso de Génova, utilizando los transportes ragusinos… La fuerza de estos centros de atracción, a veces efímeros, es tanto más comprensible cuanto que los pueblos marineros, lo mismo en el Mediterráneo que en otras partes, son esencialmente vagabundos, propicios a las emigraciones y a las mudanzas. Y esto es así en todo tiempo y lugar. En 1461, el senado veneciano se inquieta por la escasez de marineros y grumetes y pide información: «los marinos se van a Pisa… donde se les paga bien… con lo que nosotros perdemos y otros salen ganando». Buena parte de estos marineros escapan porque tienen deudas o han sido condenados a pagar fuertes multas por los Cinque Savii o el Signor de nocte, es decir, la Policía
nocturna de Venecia[166]. Como consecuencia de una disputa legal en 1526, ha llegado hasta nosotros la contabilidad de la nave Santa María de Begoña, que había navegado por el Atlántico, permanecido en Cádiz por algún tiempo y tocado en Lisboa y en la isla de São Tomé antes de alcanzar la isla de Santo
Domingo, con un cargamento de esclavos negros[167]. Esto nos aleja de las aguas del mar interior, pero entre los marineros y grumetes a bordo encontramos griegos, gente de Lipari, de Sicilia, de Mallorca, de Génova, de Savona, un tolonés… ¡qué reunión de aventureros! En 1532 se oyen quejas parecidas en La Haya: los marineros, «prestos siempre a cambiar de sitio»,
abandonan Holanda y la región de Zelanda para marcharse a Lúbeck[168]. En 1604, un grupo de marineros venecianos, «no pudiendo continuar en los navíos de la señoría a causa de sus bajos salarios», escapaban a Florencia, y,
sin duda, también a Liorna[169]. Hechos cotidianos de menor importancia, pero que, en determinadas circunstancias, se multiplican y pueden llegar a indicar que se preparan cambios a gran escala.
Los altibajos de la vida marítima
Esas migraciones sin cesar reiniciadas y siempre activas acaban de explicar, en general y de una manera harto simple, la vida de los sectores marítimos. Independientemente de las condiciones esenciales para su fundación —condiciones geográficas y humanas, sin las cuales no hubieran sido posibles—, están vinculadas a la vida general del mar y vegetan, mueren, renacen, se animan según los dictados de esta vida general.
Tomemos una vez más el ejemplo de Cataluña; es claro que un hecho exterior, un impulso venido del exterior intervino —y no, por cierto, en pequeña parte— en su nacimiento. Gracias a las lecciones y enseñanzas recibidas de los inmigrantes italianos, genoveses y pisanos, a partir del siglo XI, Cataluña nació a la gran vida del mar, dos siglos antes de la gloriosa época de Pedro el Grande (Pere lo Gran). Ahora bien, tarde o temprano, lo que la gran historia da, ella misma lo quita. Sabemos que la decadencia catalana, ya perceptible en el siglo XV, se hizo ostensible en el XVI. Su vida marítima se reducía entonces a los viajes de sus barcos hacia Marsella, y de
las Baleares rara vez llegaba una nave hasta Cerdeña, Nápoles[170] o Sicilia, y a veces hasta los presidios del África. En las postrimerías del siglo XVI se reanudaron algunos viajes entre Barcelona y Alejandría de Egipto. Pero hasta entonces era tal la paralización de la costa catalana, que cuando Felipe II, en el Gran Consejo de 1562, había resuelto emprender grandes armamentos marítimos, se vio obligado a pasar los pedidos a los talleres de construcciones navales de Italia: para tratar de infundir nueva vida al arsenal de Barcelona tuvo que mandar venir especialistas de Génova; es decir, de los astilleros de
San Piero d’Arena…[171]
Estas bruscas decadencias, tan frecuentes en el Mediterráneo, donde tantos pueblos de marinos se han pasado la antorcha unos a otros, se explican, generalmente, de este modo: las provincias marítimas del Mediterráneo, poco ricas, poco abundantes en hombres, no pueden mantener largo tiempo lo que llamamos periodos de prosperidad y que no son, en realidad, sino periodos de trabajo y de usura. La vida marítima es en gran parte una vida proletaria a la que echan a perder la riqueza y su compañero, el ocio; en 1583, un proveedor de la flota veneciana dijo que el marino es como el pescado: no puede estar
mucho tiempo fuera del agua sin corromperse…[172]. Además, desde que se presenta un signo cualquiera de desgaste, en seguida lo explota y lo agrava, por lo general, la competencia.
La presencia de los «balaneros» vizcaínos en el puerto de Barcelona, durante los primeros años del siglo XIV, es ya un índice temprano de este desgaste y de esta competencia. Otro fue, en la historia de Génova, la multitud de barcos de carga y de marinos de Ragusa que en el siglo XVI acuden a ponerse al servicio de la Dominante. Los que con ello salían perdiendo eran los marinos del cabo Corso y de las costas genovesas… Pero esta inaudita fortuna agotó, a su vez, las fuerzas demasiado pródigas del pequeño mundo ragusino, esta costa de unos cuantos kilómetros, flanqueada por algunas islas sin importancia. Entre 1590 y 1600 bastaron unos pocos incidentes para comprometer una prosperidad hasta entonces desbordante.
Esto no quiere decir, por lo demás, que los periodos de depresión borren siempre la vida marítima y la hagan desaparecer por completo de regiones, hasta la víspera privilegiadas. Pero esta vida cae en una especie de sopor, en espera de días mejores, ya que, bajo su forma profunda de humilde vida cotidiana, es poco menos que indescriptible. Así se abotargaron las costas de Siria y de Cataluña durante el siglo XVI, al mismo tiempo que se reavivaba la actividad de los marinos sicilianos, napolitanos, andaluces, valencianos y mallorquines. En lo que a estos últimos se refiere, es evidente el nexo entre su decadencia y la presión destructora de los corsarios berberiscos. Aunque no se lanzara ya por las rutas habituales, la marinería mallorquina siguió viviendo y alimentando un activo cabotaje. Las rápidas fragatas de los corsarios que a finales de siglo vemos surgir en Alicante, en Almería —este viejo centro marítimo—, como los instrumentos eficaces de las revanchas sicilianas, no surgen pues, de la nada.
Solo algunos hechos menores señalan esta vida silenciosa, en el trasfondo de la historia. Ya hemos mencionado antes que los pescadores de coral de Sicilia y los de Trapani se arriesgaban siempre hasta los bancos de la costa africana, a despecho de los piratas berberiscos. Los documentos del consulado de Francia en Túnez, creado en 1534, hablan frecuentemente de barcos
sicilianos y también de pequeños barcos napolitanos[173]. En cambio, es bastante curioso notar la ausencia de pescadores de coral napolitanos —los de Torre del Greco, entre otros— en los bancos de Cerdeña, adonde solían dirigirse en el siglo XV. ¿Hubo grandes razones que expliquen esta ausencia? Tal vez no, pues los barcos napolitanos no faltaban en Roma, en Civitavecchia, en Liorna y en Génova.
Las balancellas, las barcas y los bergantines hormigueaban en el litoral del sur ibérico, en dirección a las costas del norte de África. Un documento de 1567 señala la presencia en Argel de una serie de marinos valencianos, que
probablemente iban allí a comerciar, puesto que allí eran libres[174]. A finales de siglo, otros valencianos se entregaban a la azarosa industria de las evasiones de cautivos de las mazmorras de Argel. Algunos de estos informes
superan en belleza a los más bellos relatos de Cervantes[175].
En suma, la muerte aparente de un sector marítimo no es más que un cambio de ritmo en su vida. Alternativamente, pasa del cabotaje a las travesías largas, o, si se quiere, de la vida sin historia a la vida histórica, sustrayéndose casi totalmente a nuestra vigilancia y a nuestra curiosidad cada vez que retorna a su existencia oscura. Y todo ocurre como si una ley regular hubiera determinado el ciclo de la vida de los pueblos y del mar.