El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Los granos del este

mercancías[271]. El escándalo continuó, y ciertos propietarios preferían dejar que se pudriera su trigo en los fosos donde lo almacenaban antes que entregarlo a los especuladores y estafadores de los puertos. A menos que se tratara también de un modo de especular con un artículo que, en la propia Sicilia, comenzaba a escasear en el siglo XVI. La situación era tal que las autoridades locales, y hasta el propio gobierno, no vacilaban en incautarse del

trigo de los [272] caricatori.

En Apulia, donde había un floreciente comercio de exportación apoyado en los puertos de Manfredonia, Foggia y Trani, en dirección a Ragusa, Nápoles y Venecia, funcionaba un sistema muy similar: las trate, permisos de exportación que se debían exhibir en las aduanas, las vendía el fisco real por adelantado y sin demasiado control en cuanto a su número. Estas licencias se depreciaban pudiéndose adquirir, entonces, a precios muy bajos. Según decían los mercaderes, de este modo Venecia lograba economizar hasta 32 %

en los pagos aduaneros[273].

 

Los granos del este

 

Pero occidente no podía sobrevivir recurriendo solo a sus propios cambios y, en particular, a mediados de siglo, las reservas occidentales hubieron de completarse con envíos del Levante, menos poblado este, aunque más rico en granos exportables, por lo general a menor precio. El oriente disponía de tres inmensos graneros: Egipto, las llanuras de Tesalia, Macedonia, Tracia y Bulgaria, y las Tierras Bajas de Rumania. El trigo rumano desapareció muy pronto de los circuitos mediterráneos, pues el enorme vientre de Constantinopla se tragaba todo su grano. Quedaban los mercados griego y búlgaro y la espaciosa alacena de Egipto. El cónsul Lorenzo Tiepolo estimó en 1554 que la Gran señoría sacaba de Egipto 600 000 ribebe de trigo, cebada

y habas (sin mencionar el arroz)[274]. Estos 600 000 ribebe (sobre la base de

100 salmas sicilianas = 165 [275] ribebe ) correspondían a 363 636 salmas, y a 720 000 quintales. Era un enorme bocado, mayor que el que se sacaba de

Sicilia[276]. Gran parte de este abastecimiento iba a Constantinopla; otra parte se quedaba en el país, destinada a los soldados turcos, y se concentraba en La Meca; además, el trigo del sultán no era solamente el de Egipto, pues las cifras que proporcionaba Tiepolo (incluyendo los 1 200 000 ducados que este comercio representaba para el sultán) apenas si tienen el valor de una indicación general. Él mismo añade que todo variaba según las crecientes del Nilo, las epidemias y lo que podía llamarse la coyuntura de los precios. El

informe incluye dos precios de la [277] ribeba de habas y tres de la de trigo.

En todo caso, el trigo turco se embarcaba hacia el Occidente lícitamente y con la autorización de la Gran señoría, desde Alejandría, Volo, Salónica, Valona, La Prevesa o Santa Maura. Nueve de cada diez documentos ragusinos o venecianos lo confirman. Y en Constantinopla se escucha continuamente el

eco de las demandas occidentales; desde 1528, las de Toscana[278], y en 1563,

las de Génova[279], rechazadas, como todas las demandas formuladas en 1580,

incluyendo las de Francia[280]. Es verdad que el mercado oficial contaba poco junto al activo mercado negro, que no cesaba de evacuar hacia el oeste el gran turco, aun en periodos de prohibición. El centro de este mercado era el

Archipiélago, algunas de cuyas islas, como Patmos[281], cultivaban un trigo excelente; por lo general, se encontraban aquí granos de contrabando, procedentes de tierra firme, principalmente de Grecia, y transportados en ligeros caramuzales, estas embarcaciones merodeadoras, sin las cuales nunca habrían podido saciar su hambre. Era a menudo difícil aprovechar los

servicios de estos proveedores[282], y había que desembolsar fuertes cantidades; pero en los años de buenas cosechas, revendían grandes cantidades de granos. Así fue como en 1564 los cargamentos de los caramuzales comprados por los administradores venecianos de Candía proveyeron de más trigo que el que se necesitaba para la población de la isla; todo el excedente, una parte de él convertida en galletas, se transportó a

Venecia[283].

Sin embargo, el comercio de granos en el Archipiélago era siempre peligroso y aleatorio, pues dependía de la cólera y de las exigencias del Sandjac, o de la brusca aparición de las galeras turcas, que solían merodear a

lo largo de las escalas del trigo[284]. Para Venecia eran también un acontecimiento de importancia los nombramientos de «oficiales» turcos en el Archipiélago. En marzo de 1562, un tal Suil Pachá (no estoy muy seguro de la caligrafía) fue nombrado para el sandjacato de Mitilene por el favor del sultán y de Mehemet Pachá, y estaba dispuesto a hacer honor a su cargo; «tengo ciertos deseos de no hacerle el presente habitual», comentaba el baile veneciano Andrea Dandolo, «en razón de los daños que últimamente ha causado a Vuestra señoría; más, pensando que media poco camino de ese sandjacato a las escalas del trigo, donde los mejores granos valen actualmente 12 aspros el chilo, temo que se cobre por sí mismo…». Y el baile prefirió

pagar[285]. Es curioso comprobar, que, en pleno siglo XVII, el Archipiélago seguía siendo un mercado de trigo de contrabando con los mismos navíos