El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Capítulo I. Las economías: la medida del siglo

CAPÍTULO I [I-473]

LAS ECONOMÍAS: LA MEDIDA DEL SIGLO

 

SE TRATA, antes de nada, de encontrar la medida, las dimensiones económicas del siglo XVI. Nuestra mira se asemeja un poco a la de Lucien

Febvre, quien en el último cuadro del tríptico de su [1] Rabelais trata de inventariar el utillaje mental del siglo XVI, de tomar, en suma, su medida intelectual, para desembarazar los problemas actuales de las falsas soluciones que los deforman, ya que se hallan en flagrante contradicción con las posibilidades y el nivel intelectual de la época. Nos interesa también indicar a grandes rasgos lo que pudo ser el instrumental económico y los límites del poder del hombre del siglo XVI, antes de estudiar lo que con todo ello construyó, o trató de construir en el Mediterráneo.

 

I. EL ESPACIO, ENEMIGO NÚMERO UNO

 

Hoy comienza a faltarnos el espacio: el mundo resulta cada vez más estrecho. Pero en el siglo XVI sobraba, lo que era una ventaja y a la vez una desventaja. De todos los temas que la literatura tamiza en torno del Mediterráneo, el de «el mar a la medida del hombre», es uno de los más huecos. ¡Como si la medida del hombre fuese siempre y donde quiera la misma! Es indudable, de todos modos, que el Mediterráneo no se ajustaba a la medida del hombre del siglo XVI; este hombre dominaba su espacio excesivo tan a duras penas como, hasta hace poco, el hombre del siglo XX la extensión del Pacífico.

 

Para los que escriben: el tiempo que se pierde en ir y venir

 

Para darse cuenta de ello, basta con escuchar las quejas de los hombres que consideran las circunstancias en que transcurren sus vidas. El espacio devora su tiempo y sus esfuerzos: los que escriben piensan con amargura en lo mucho que tardaba el correo, en «lo que se pierde en ir y venir», como

escribía la emperatriz a su hermano Felipe II[2]. Dirigiéndose a Del Viso, a

quien había tardado en contestar, Calvino confesaba[3]: «… Pensando en el tiempo que mis cartas tardarán en llegar a su destino, no sé cómo no he resistido más todavía al cumplimiento de mi deber…». Cuando una carta llega pronto, el destinatario se asombra: «Para venir de tan lejos como lo es de Valencia a Granada [escribe a un amigo el humanista Antonio de Guevara] vuestra carta ha sido diligente, pues habiendo sido enviada el sábado, ha llegado aquí el lunes». En Valladolid, una carta enviada al condestable de Castilla le llega en un tiempo récord: «si hubiese sido una trucha habría llegado aún fresca». La imagen le persigue, pues varios años más tarde escribe al marqués de Los Vélez: «vuestra carta me llegó con la mayor

diligencia, más fresca que el salmón que nos traen aquí de Bayona»[4]. Excepciones que, como es de rigor, confirman la regla. Si observamos de cerca la vida de los embajadores y de los hombres políticos a quienes solemos atribuir grandes y apasionantes pensamientos, descubriremos que lo que más a menudo les preocupa es la llegada de un correo. Don Luis de Requeséns escribía el 24 de febrero de 1575, desde Amberes, a don Diego de Çuñiga, embajador de Felipe II en París: «No sé como le va a V. S. de cartas d’España porque yo no tengo ninguna del rey en materia de negocios destos estados

desde xx de noviembre con que padesce harto su servicio»[5].

Es una angustia, una continua ansiedad la que causan los correos que pasan o van a pasar. Ni siquiera los correos ordinarios tenían hora, y a veces, ni aun día fijo. «Esperando de ora en ora passase el ordinario de Flandes»,

apunta Chantonnay en diciembre de 1561[6]. Esta ansiedad no era, desde luego, privilegio exclusivo de los embajadores del Rey Católico. Sin embargo, los agentes franceses en España, en Italia y en otras partes están mejor relacionados con sus señores, y se mantienen tal vez más en guardia que los españoles para utilizar y despachar correos de a pie o de a caballo, aunque fuese a sus expensas. Razón de más para que echasen pestes contra los retrasos de los despachos que recibían. Estos retardos motivan las quejas del cardenal de Rambouillet a Carlos IX «por la haraganería y el poco celo que ponen los oficiales de posta en despachar a través de Francia los envíos de Vuestra Majestad; tan grande es el descuido, que se da con frecuencia el caso de que los dichos envíos se estén detenidos hasta un mes o seis semanas en Lyon, después de haber salido de la corte. De suerte que cuando llegan a mis manos han pasado ya, muy a mi pesar, el tiempo y la ocasión para

ejecutar los mandatos que en ellos se contienen…»[7]. En parecidos términos se lamenta Fourquevaux: «Cinco o seis correos con las armas del Rey —

escribía desde Madrid, en enero de 1567—[8], vecinos del susodicho Lyon, que corren la ruta de Roma, se hacen pasar, a veces, por personas del señor de Nemours, para recibir mejor trato de los postillones». Estos se encargaban de circular el dinero y los despachos de los banqueros de todas las nacionalidades. Sabemos, por ejemplo, que uno de ellos «llegó en diligencia

uno de estos últimos días con destino a los [9] gennevoises, pasando por esta Corte (la de España) con cartas de otros banqueros genoveses residentes en el susodicho Lyon». Sin embargo, los correos del Rey Cristianísimo se quedaban por el camino. Otras veces, la correspondencia sufría por culpa de

los «maestres de las Landas»[10], dando como resultado inverosímiles retardos. Longlée, agente de Enrique III en España, escribía en febrero de

1584 que estaba sin noticias de su gobierno desde hacía dos semanas[11], pero que «muchas cartas se hallaban detenidas en Burgos, y llegarían por la ruta de Valladolid». Y así, mil accidentes e incidentes. Unas veces, la

correspondencia no alcanzaba el correo ordinario[12]; otras veces, había quedado cortada la ruta normal, o los correos, asustados por los asaltos de los bandoleros, se tornaban de pronto prudentes y decidían no viajar de noche. Y cada vez que estas cosas ocurrían se producían inesperados e importantes retrasos en lugares lejanos: el virrey de Nápoles no sabía qué hacer por falta de instrucciones; el gobierno del Rey Prudente dejaba de saber, de pronto, en qué estado se hallaban los negocios de los Países Bajos; y en Madrid, el

embajador veneciano está sin noticias de Italia durante sesenta días[13].

Se trataba, sin duda alguna, de accidentes, de casos anormales, imputables a faltas de los hombres, al azar de las circunstancias o al mal tiempo; pero era una «anormalidad» frecuentemente repetida y que venía, simplemente, a agravar una situación siempre endémica. La lucha contra la distancia es cuestión de vigilancia, de casualidad, de suerte. En el mar, un golpe de viento favorable, una sucesión de días buenos, y en una o dos semanas se lograba lo que de otro modo requería seis meses. Belon du Mans hizo en 13 días la travesía de la Propóntida a Venecia, viaje en el que con frecuencia se invertía

medio año[14]. Y otro tanto sucedía en los viajes por tierra, donde los inconvenientes no eran menos grandes: una guerra, una alarma, un temporal de lluvias que destrozaba los caminos, una nevada demasiado fuerte que obstruyera un puerto de montaña, y se producían los retrasos más imprevistos. Esta incertidumbre en las velocidades lo complica todo; indica, con largos razonamientos, hasta qué punto el hombre no era, entonces, dueño de las distancias. Desde el punto de vista humano, el espacio no tenía una sola extensión: había 10, 100 medidas distintas, y nadie estaba nunca seguro de antemano de los retrasos con que tropezaría al avanzar, al desplazarse, al obrar o querer obrar.