El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
La gran ruta de Barcelona a Génova y el segundo ciclo de los metales preciosos de América
comercio[151], lo cual era cierto.
Por esta misma época, según nos dice Richard Ehrenberg —aunque sin
ofrecer pruebas—, pasaba el dinero de Zaragoza a Flandes, vía Lyon[152]. Thomas Müller, el factor de los Fugger, utilizaba también para sus envíos el
camino de Florencia y Lyon. Una carta veneciana de 1577[153] se refiere al envío de 200 000 coronas a Juan de Austria, vía París. Ese mismo año, los Malvenda de Burgos hicieron una remisión de 130 000 escudos, parte por
Milán y parte por París, todo por cuenta de Felipe II[154]. No es de extrañar que ese mismo año de 1577 se pudiera hablar de que había en Francia una verdadera invasión de piezas españolas de oro y plata —«escudos de oro, doblones y reales de plata de España»—. A tal punto, que el gobierno francés llegó a pensar, para sacar algún provecho de ello, en valorizar esta moneda
extranjera[155], lo que sería una manera de retenerla en tránsito.
El tránsito de las monedas españolas prosiguió al año siguiente. En julio de 1578, Enrique II accedió a dar paso por Francia a un contingente de
soldados y una cantidad de dinero español (150 [156] 000 ducados). En julio de ese mismo año, el embajador Vargas se preguntaba —muy de acuerdo con la
preocupación de la época— si estos envíos eran prudentes[157], ya que los bandidos a sueldo del duque de Alençon merodeaban a lo largo de la ruta. Y
añadía que sería mejor recurrir a «poliças de mercaderes»[158]. Las monedas de España continuaron circulando en Francia después de ese año de 1578, aunque solo fuesen las destinadas por el Rey Católico a los propios franceses,
como era el caso del dinero destinado a ser distribuido entre los Guisas[159] y
otros. Un documento de 1582[160] revela que Philippe Adorne situó 100 000 escudos en Lyon y en París a disposición de Alejandro Farnesio. En 1585, Bartolomeo Calvo y Battista Lomellini remitieron 200 000 escudos a
Lyon[161]; pero nada permite afirmar que este dinero fuera contante y llegara más allá de Lyon, hasta Flandes. A falta de mejores informes, consideremos que la ruta francesa no se empleó después de 1578, que se recurría a ella en último extremo. Y quizá se habría abandonado antes si no hubiese sido por las dificultades que surgieron, entre 1575 y 1577, entre Felipe II y sus acreedores genoveses. El acuerdo que firmaron en 1577 —el medio general— iba a dar la primacía a la ruta marítima de Barcelona a Génova.
La gran ruta de Barcelona a Génova y el segundo ciclo de los
metales preciosos de América
No se podría precisar la fecha en que esta nueva ruta adquirió importancia. Quizá fue por la década de 1570, que coincide con el inicio de la enconada guerra contra los turcos en el Mediterráneo; como consecuencia lógica, los capitales españoles se desvían hacia Italia. No se trataba, evidentemente, de una creación ex nihilo. El oro y la plata de América ya habían llegado al centro del Mediterráneo en 1570, aunque nunca en
cantidades comparables a la gran corriente que desembocara antes en
Amberes. En octubre de 1532 llegan a Mónaco galeras españolas con 400 000 escudos, destinados a Génova[162]. En 1516, Carlos V obtuvo de los
genoveses un préstamo de 150 [163] 000 ducados. Es probable que este anticipo representara, en compensación, una salida de metales preciosos hacia la Dominante. Una correspondencia portuguesa[164] indica, esta vez sin equívocos, que en 1551 se hizo un envío de dinero contante a Génova, a
beneficio del papa. Señala Ehrenberg —aunque sin las referencias precisas que serían de desear— que en 1552 llegaban a Génova grandes cantidades de dinero, al mismo tiempo que a Amberes[165]. Una carta dirigida por Baltasar
Lomellini a Eraso en enero de 1564 habla de un pago efectuado por orden de Felipe II, en noviembre del año anterior, por 18 000 ducados, sobre Milán, a la cuenta de Nicolò Grimaldi, suegro de B. Lomellini[166]. En 1565
encontramos mención de un préstamo de 400 000 ducados aprobado por mercaderes florentinos y pagadero en Flandes. ¿Envolvían estos préstamos
envíos de metales preciosos a la propia Florencia?[167] En 1566, Fourquevaux,
embajador de Francia en España, registra dos préstamos genoveses, uno de 150 [168] 000 escudos y otro de 450 000, y el embajador toscano Nobili habla
en mayo de un envío de 100 [169] 000 escudos a Génova. El viaje del duque de Alba de España a Génova en 1567 fue acompañado de un transporte de tropas y de dinero[170]. Y de tiempo en tiempo era necesario proveer de dinero a
Sicilia y a Nápoles, a menudo por medio de cambios sobre las plazas de Génova y de Florencia, las cuales atraían forzosamente, en contrapartida, un bocado de los tesoros de América[171]. Podemos, por lo menos, presumirlo, y
a veces existe la certidumbre de que así ocurrió. «En estos días pasados se han llevado 18 cargas de dinero a Barcelona destinadas a Italia», escribía Fourquevaux en diciembre de 1566[172]. Durante el verano de 1567, el representante toscano de España, Nobili, logró enviar una parte del dinero
destinado a pagar la soldada de las galeras toscanas al servicio del Rey
Católico. Tarea trabajosa, ya que la asignación prometida de los pagos sobre las rentas de la Iglesia se había dispersado a través de toda España[173]. De
cualquier modo, Nobili proponíase, en mayo, enviar 25 [174] 000 «escudi»de lo que había percibido; en junio anuncia la expedición de ocho malas con un
cargamento de 280 [175] 000 «reali»; finalmente, en septiembre —aunque sobre este punto carecemos de datos precisos— suponía que todo estuviera bien embarcado en las galeras[176].
Todos estos ejemplos, engarzados, no dan la impresión de una corriente regular: el dinero de contado ha seguido la ruta flamenca (que era la utilizada por los prestamistas genoveses en 90 % de las veces) y ha alimentado poco y mal al Mediterráneo. Contamos con abundante evidencia negativa. Así tenemos la posibilidad de localizar las monedas que circulaban en Ragusa, donde las casas de comercio consignaban en los registros oficiales —algunos de los cuales obran en los Diversa di Cancellaria— las cantidades de monedas confiadas a sus agentes encargados de ir a hacer compras por su cuenta en los Balcanes o en Levante, o las que dichas casas comerciales desembolsan para pagar sus deudas o para la constitución del capital de una determinada sociedad. Las piezas de oro representarán durante muchos años un papel exclusivo, tanto si están acuñadas en Venecia, en Hungría, en Rodas
o en Quíos o Alepo. Esto plantea de un modo muy peculiar el problema monetario de las relaciones de Ragusa con el Levante en lo referente al oro[177]. Giugliano di Florio confiaba, el 5 de junio de 1551, 650 escudos
d’oro in oro al capitán de una nave, Antonio Parapagno. Estos 650 ducados se descomponían en 400 sultanini, es decir, cequíes turcos, y 250 veneciano o
cequíes de Venecia[178]. Otros cien escudos auri in auro se entregan a un
ragusino, Johannes de Stephano, en noviembre de 1558, para un viaje de Nápoles a Alejandría y de Alejandría a Génova[179]. Hieronimus Johannes de Babalis recibe 500, en oro, para un viaje a Alejandría[180]. Con frecuencia
estas monedas de oro eran cequíes turcos. Cuando la plata ocupa finalmente el lugar que le corresponde, vemos a un tal Giovanni di Milo, socio de Andrea del Sorgo[181], recibiendo aspros turcos: estamos en agosto de 1560 y
Giovanni de Milo, que parte para el Levante, llevará consigo mille quinquegentos aspros, 1500 piezas pequeñas. Las monedas corrientes de
plata, especialmente a partir de 1564, serán los [182] talleri turcos o húngaros,
los reales españoles, los reali da otto no llegarán a Ragusa hasta mucho más tarde, entre 1565 y 1570[183]. Henos aquí en Barcelona, en el año 1561. Por carta fechada el 26 de marzo, Felipe II acaba de pedir al virrey de Cataluña,
don García de Toledo, que le procure 10 000 ducados para las ferias de octubre y de mayo. Imposible encontrar semejante suma, responde el virrey el 5 de mayo[184]. Razón: «… el ser esta plaça tan estrecha y tener los mercaderes tan poco caudal…». A esto hay que añadir la falta de audacia, la excesiva prudencia de los hombres… «y crea V. M. que por ocho o diez mil ducados que yo he hallado aquí algunas vezes para socorrer a los soldados, ha sido menester dar fianças de mercaderes de la mesma tierra y tras esto poner yo mi plata en prenda y con todo esto me llevavan nueve o 10 % de intereses a razón de año».
Pasemos ahora a Nápoles, en 1566, teniendo ante nuestros ojos el partido de los 100 [185] 000 ducados « de oro di Italia », concertado en Génova en abril.
Se trata de un asiento de tipo corriente, o más exactamente, si no me equivoco, de un capítulo de uno de aquellos arreglos con cláusulas múltiples que la monarquía concluía con los banqueros. A cambio de los 100 000 ducados pagaderos sobre la plaza de Génova, Felipe II concedía una asignación sobre el donativo de Nápoles y, en su defecto, sobre un impuesto del reino, para rembolsar la suma adeudada al año siguiente. Nápoles actuaba, pues, en este caso, de caja de rembolso. El partido, concertado en Génova gracias al celo del embajador español Figueroa, se envía al virrey de Nápoles para que lo firme. Este examina, o mejor dicho, hace examinar por su tesorero y un experto, las cláusulas y modalidades del rembolso. Comprobado todo esto a satisfacción, el dinero se presta a la elevada tasa de 21 % de interés. «No he dejado de firmar la capitulación», escribe el duque de Alcalá, «a pesar de que el interés me parece demasiado gravoso». ¿No es esta una prueba de la «estrechez» de la plaza de Génova? Un detalle de esta exposición indica, además, que el dinero contante era más caro en Génova que en España, lo cual explica la prima de 2 % a deducir de los beneficios de los mercaderes —
añaden los comentaristas—, puesto que el pago se hacía en Génova. Esta valorización solo representa un poco más que los gastos de transporte y seguro[186].
Así, pues, en 1566, estrechez de crédito en la plaza de Génova. En
Nápoles, hacia la misma época, la situación era todavía peor. A comienzos de ese año de 1566 se había tratado de concertar un asiento de 400 000 a 500 000 ducados[187] para asignarlos al donativo de Nápoles y fue esta negociación la que —si no me equivoco— llevó al cambio de los 100 000 ducados de que hemos hablado hace poco. A este respecto, el duque de Alcalá solo recomendaba una cosa: que, por lo menos, el cambio no se efectuara en Nápoles, porque la plaza no era apta para proporcionar préstamos, ni siquiera de 100 000 ducados, y los mercaderes, aprovechándose de ello, elevaban abusivamente sus exigencias; era preferible cerrar la operación en España o en Génova.
Pero con los años 1570 y siguientes, aparece una situación nueva; en vista
de los grandes armamentos del Mediterráneo, la maquinaria española veíase obligada a cambiar de orientación en cuanto a sus envíos de dinero en letras de cambio o en moneda contante[188]. En abril de 1572, Juan Andrea Doria indica a la República de Génova que se trasladará a Cartagena a recoger el
dinero que los mercaderes genoveses preferían embarcar en este puerto, en vez de transportarlo por tierra hasta Barcelona, pues los caminos no eran seguros[189]. Los envíos no se interrumpieron ni siquiera con la segunda bancarrota del Estado español en 1575; bancarrota que sacudió a Génova
hasta sus cimientos, pero que, si no nos equivocamos, contribuyó también a abatir lo que aún quedaba en pie del ciclo de Amberes. En abril de 1576,
Felipe II quiso enviar 650 [190] 000 ducados de contado a Genova. Ese mismo año ofreció a los Fugger transportar para ellos 100 000 escudos «de oro en
oro» en sus galeras, hasta Italia[191]. Por esta misma nueva ruta el factor de los Fugger pasará entre 1575 y 1578 hasta 2 000 000 de coronas destinadas a los Países Bajos[192]. En julio de 1577 Felipe II dio a Juan Andrea Doria orden de trasladarse inmediatamente a Barcelona, para embarcar allí el dinero destinado a Italia. La nave capitana, después de completar su cargamento, debió partir rápidamente, con o sin el almirante de Castilla, que tenía que
incorporarse al viaje. Importaba mucho, en efecto, que la galera apresurara su partida, pues la necesidad de dinero era urgente en Italia e importaba «que los corsarios no vengan a saber que se embia el dinero en una sola galera»[193]. Dicho más claramente: la nueva ruta del dinero no termina en Italia. Génova había pasado a ser la estación reguladora de los movimientos de oro y letras de cambio hacia el norte. Lo cual no impedía, antes al contrario, que Italia
entera recibiera su parte, comenzando por el gran duque de Toscana, que después de 1576 mereció la gracia de España y a quien Felipe II solicitó en 1582 un crédito de 400 [194] 000 ducados para la campaña de Flandes.
Con el incremento de la llegada de plata a Sevilla después de 1580, toda
esta circulación esencial se infló. Nada nos da mejor la medida exacta de lo que ocurría entre 1584 y 1586 —si no queremos perdernos en una enorme masa de documentos conocidos—[195] que las cartas, tan llenas de
observaciones, del encargado de negocios francés en España, el secretario Longlée.
Año de 1584 [196] , 18 de enero: dos galeras se disponen a zarpar de
Barcelona transportando plata a Génova; 12 de enero: se envía un millón de
oro «a Milán para Flandes» y, tras esto, otro millón para tenerlo en reserva en el castillo de Milán[197]; 22 de marzo: se expide una gran cantidad de plata a Italia para los negocios de Flandes[198]; 26 de mayo: Juan Andrea Doria embarca en Barcelona, entre el 18 y 20 de junio, al mando de 20 galeras y algunos otros barcos; a bordo de la flota van dos millones para el Rey Católico, uno en «escudos-pistolas» y otro en «reales», y alrededor de un
millón más en letras de cambio de los «Fucres» y de mercaderes genoveses. El 1.º de junio: los genoveses conciertan «otro partido de 400 000 escudos pagaderos en Italia» en un plazo de cuatro o cinco meses[199]; Juan Andrea Doria, en sus galeras, carga más de 2 500 000 para el Rey Católico, «y alrededor de un millón» perteneciente a particulares, entre ellos el duque de Florencia, además de 300 000 escudos propiedad del mismo Doria, y de 300 000 a 400 000 escudos que lleva por cuenta de otros genoveses, y lo que «treinta a cuarenta señores y gentileshombres de Italia han retirado y llevado consigo al retirarse a Italia con el pasaje de las galeras. Además, 500 000
escudos para la casa de los Fucres en Alemania embarcados por cuenta y orden del rey, según lo he visto en la memoria del dinero que sale de
España»[200]. El 30 de junio se sabe que este dinero de los Fugger les pertenece, en efecto: «el Rey Católico les ha prestado su nombre para hacerlo
salir de España»[201]. El fondo de reserva para Milán ascendía a 1 200 000 escudos. 17 de agosto: los banqueros italianos, J. B. Corbati, conceden un
crédito de 80 [202] 000 escudos por cuenta del embajador J. B. de Tassis.
Año de 1585, 4 de abril: gran envío de plata a Milán y a Génova, de orden del rey[203]. El 25 de abril: 400 000 escudos son embarcados en Barcelona para Italia y sin duda para otras partes[204]. El 14 de mayo: 19 galeras de Génova y de Saboya, ocho de Nápoles y 25 de España, mal equipadas,
embarcan en Barcelona 5000 hombres de tropa. Llevarán además, a Italia,
1 200 000 escudos; 76 cargas de plata pasan por Zaragoza hacia
Barcelona[205]. 9 de junio: una flota de galeras lleva 500 000 escudos al duque de Saboya[206]. 15 de junio: la flota zarpa con 1 883 000 escudos para Italia,
además de un millón no registrado[207]. El 20 de septiembre: nueva partida de galeras con 400 000 escudos para Italia; 300 000 escudos llegan a Monçon, donde a la sazón se encuentra Felipe II[208]; 18 de septiembre: se concierta un
«partido» con los Fugger para «obtener 500 000 escudos en Alemania».
Año de 1586, 25 de marzo: envío de 1 200 000 escudos a Italia para los negocios de Flandes[209]. El 31 de mayo: siete galeras transportan 600 000 a
Génova, siempre para los negocios de Flandes[210]. El 29 de septiembre: «un partido» se ha concertado hace ocho días con los «Fucres», 1 500 000 pagaderos en Fráncfort, 250 [211] 000 en Besançon y 250 000 en Milán. El 11