El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Francia, factor diplomático
prácticos”.[9] Es verdad que otro tanto se pensaba en Venecia por los mismos
días[10] y que el emperador se mostraba también muy escéptico acerca del
caso que la señoría haría de su firma, suponiendo que firmase.[11] El optimismo francés no era, pues, ni siquiera a estas alturas, un optimismo hecho de encargo, sino que tenía sus bases.
Más tarde, cuando, después del retorno de la flota de Levante, empezaron a surgir las dificultades más serias, todo el mundo, o casi todo el mundo, pensaba que nada positivo saldría de las interminables palabras de Roma. A[II-589] fines de diciembre, el propio papa, generalmente tan optimista, no ocultaba al
cardenal De Rambouillet, embajador francés, su desaliento.[12] El nuncio en Madrid mostrábase no menos descorazonado. Y el agente toscano en la misma ciudad declaraba “francamente” que tenía muy pocas esperanzas en que la Liga llegara a ser una realidad. A su juicio, los españoles sólo se prestaban al juego con el fin de que se les concediese la “Cruzada” y el “excusado”; tan pronto como las negociaciones iban concretándose, las abandonaban, para reanudarlas cuando veían al nuncio demasiado “desinteresado”, pero en términos tan generales, que éste “no comprendía
nada”.[13] Corrían por aquel entonces los últimos días de enero; marzo trajo mejores noticias. Pero ya hemos visto cómo se las arreglaban los venecianos para dar nuevas largas a las interminables negociaciones. En abril y en mayo reinaba una gran impaciencia en Madrid, donde la gente se preguntaba a qué podían deberse todas estas dilaciones. Hasta que el día 6 de junio se presentó
el correo portador de la gran nueva.[14]
Francia, factor diplomático
La larga gestación de la alianza entre España, Venecia y Roma dio tiempo para que se perfilase y precisase la nueva política francesa. Política nueva, decimos, pues desde 1559, por lo menos, durante 10 años de eclipse y de descrédito, Francia había estado militar y políticamente ausente del Mediterráneo. Pudo verse en mil detalles, en la actitud de los venecianos desde 1560; en la de José Micas, en 1568, al obtener del sultán el embargo de los barcos franceses surtos en Alejandría; en la misma Francia, que parecía mantenerse totalmente al margen del juego. Sin embargo, aunque azotada por la guerra civil, Francia estaba todavía muy lejos de haber caído en el marasmo en que pareció hundirse al final del reinado de Enrique III. Vivían y percibíanse todavía algunos elementos de una política monárquica dinámica o presta a renacer.
En abril de 1570, Francia, a pesar de su prudencia en el asunto de Claude du Bourg, había ofrecido su mediación a Venecia. Con una pasmosa rapidez:[II-590] apenas ha comenzado la guerra de Chipre y ni siquiera ha llegado a su fin la guerra civil francesa. Es cierto que, a estas alturas, se perfila ya con fuerza y con claridad una política de reconciliación nacional. Están de acuerdo con ella los protestantes y los “políticos”, sin excepción, así como todos los hombres que representan al rey en el extranjero. Cierto es que en 1570 y todavía a comienzos de 1571 no se destacan bien las nuevas tendencias y, en lo que atañe a las relaciones exteriores, aparecen ocultas por consideraciones de orden general en cuanto a la paz y al interés superior de la cristiandad. Pero el cambio se trasluce muy pronto en la correspondencia real, que empieza a mostrar ahora una firmeza de tono que no se conocía en ella desde hace
muchos años.[15] Carlos IX ha sido ganado para los designios de Téligny y del almirante. Se apasiona por la idea de romper con España y de intervenir en los Países Bajos. Es cierto que todavía el rey mantiene secretas sus intenciones; no lo bastante, sin embargo, para que los toscanos no se percaten del cambio sobrevenido. Cambio que afecta a todos los países en los que “l’umore è contro al re di Spagna”, para decirlo con las palabras del comendador
Petrucci en su carta a Francisco de Médicis escrita el 19 de mayo.[16]
Cierto es que, en este asunto, los toscanos no son simples observadores o confidentes, sino algo más, cómplices e instigadores. El gran duque de Toscana, a quien Pío V acaba de concederle este título pontificio, se siente aislado, mantenido al margen por el emperador y el Rey Católico. Se muestra especialmente inquieto por las intenciones de éste y viene tomando de largo tiempo atrás sus precauciones y sus seguridades en toda Europa, incluidos los
países protestantes.[17] El primer hilo de sus negociaciones lo sorprendemos en La Rochela, cerca del almirante y de Téligny. Es posible que el gran duque intentara incluso intervenir cerca del turco, y hasta hay personas excesivamente mal pensadas según las cuales su mano andaba también en los manejos del judío Micas y, por tanto, en los orígenes de la guerra de Chipre. Por lo demás, los españoles, sin dejarse engañar, vigilan de cerca sus andanzas, nada tranquilos en lo que se refiere a sus presidios de la Toscana.[II-591]
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Sin embargo, en estos comienzos del año 1571, todo el mundo sigue interesado en el juego de la paz. Felipe II y Carlos IX cambian embajadas pacíficas. A fines de enero, la corte de España envía a la de Francia a Enrique
de Guzmán, conde de Olivares.[19] Cinco meses más tarde, en junio, Gondi se presenta en misión especial ante Felipe II, para cerciorarse de que no trata de
romper con Francia.[20] El mismo duque de Alba se muestra bastante
conciliador, por lo menos en las palabras.[21] Palabras tal vez demasiado amables, como para desmentir el lenguaje de los hechos, a la manera de los discursos que el cardenal de Lorena se cree obligado a repetir constantemente a los venecianos para contrarrestar los rumores de una inminente guerra entre
Francia y España;[22] rumores que llegan a tomar tal cuerpo en Italia que el rey de Francia siente, a su vez, la necesidad de desautorizarlos. Tal vez sea una simple coincidencia, pero el caso es que en marzo de 1571 las obras de la frontera de Navarra son inspeccionadas por Vespasiano Gonzaga y el Fratino,
el ingeniero de La Goleta y de Melilla,[23] mientras que en respuesta a las bravatas de los Birague en Saluces y al reforzamiento de las guarniciones
francesas de esta plaza y del Piamonte,[24] el gobernador de Milán, duque de Albuquerque, ocupa, el 11 de abril, el marquesado de Final. La noticia de este hecho llega a París hacia el 9 de mayo. “La han sentido… aqui terriblemente
cathlos y no cathlos [escribe Francés de Alava al gobernador de Milán][25] y según entiendo tienen intención de no mostrar quexas deste hecho de S. Md.
sino del dho [dicho] de Saboya y de v. Exa”.[26] Sería exagerado suponer que los españoles, con este gesto, echaran un cerrojo muy poderoso contra una[II-592] eventual incursión de los franceses. Pero era, no cabe duda, una admonición, una advertencia. E indignó, en Francia, a la opinión pública.
Comenzaba a hablarse en serio de guerra. El duque de Saboya quejábase con Felipe II de que al otro lado de los Alpes se estaba maquinando alguna
acción contra el Piamonte.[27] A España llegó también la noticia de que las galeras de Francia habían recibido la orden de regresar de Burdeos a Marsella,
[28] [29] de que se estaban produciendo movimientos de tropas en los Alpes, y, finalmente, de que “algunos de los principales hugonotes andan procurando de persuadir a esse Rey que intente de hazer empresa en mis estados baxos
[Países Bajos]”,[30] donde, por añadidura, estaba cobrando una importancia alarmante la entrada al país de hugonotes franceses.
¿Era esto ya la guerra? No, pues para ello habría sido necesario que existiesen una liga protestante y grandes apoyos de Europa. Dispositivos que no podían suplirse, ni mucho menos, con el matrimonio de la reina de Inglaterra y el duque de Anjou, según los rumores que circulaban y que
causaban la irrisión de Europa.[31] Habrían hecho falta, para la guerra, una
Alemania en movimiento[32] y una Toscana realmente decidida a lanzarse a la lucha, circunstancias que no se daban. Los agentes toscanos negociaban en Madrid como en otras partes, deshaciéndose en súplicas y en sonrisas y cavando sus galerías subterráneas, por medio de sus “confidentes”, hasta el
mismo corazón del gobierno español.[33] Pero, si no la guerra, se vivían ya todas las alarmas que ésta trae consigo. Chiapin Vitelli, quien, de regreso de Flandes, atravesó Francia en mayo de 1571, quedó muy mal impresionado de lo que vio allí, y, a su llegada a París, consideróse obligado a ponerlo en[II-593]
conocimiento de Francés de Alava, el embajador de la corte española.[34] En aquel mismo momento, éste averiguaba, por su parte, que el rey de Francia enviaba a Turquía un embajador de la talla y las cualidades del obispo de Dax. ¿Qué iba a hacer allí este prelado medio herético, amigo de los protestantes, sino usar su influencia contra España y contra la cristiandad, y apaciguar las discordias de la Transilvania (que daban pie a todas las intervenciones imperiales), a zanjar los conflictos entre el emperador y el turco y entre los venecianos y el gran señor? La diplomacia francesa, una vez más, tomaba el lejano camino de Turquía…
El nuevo embajador no se daba prisa, sin embargo, a presentar sus cartas
credenciales. El 26 de julio estaba todavía en Lyon,[35] y el 9 de
septiembre[36] presentaba al dux de Venecia la carta de que le había encargado Carlos IX. El rey se ofrecía en ella como “mediador” en la persona del que los documentos se obstinan en llamar el obispo de Acqs, “para conseguir una buena paz o, por lo menos, una tregua tan larga que, tras ella, pueda lograrse la dicha paz”. Valdría esto más, no cabe duda, que “tener que vérselas con un poderoso enemigo, tan cercano vecino de los países de vuestra obediencia”, proseguía el rey; y la señoría, poco después de haber sido oficialmente concertada la Liga y unos 30 días antes de Lepanto, no se
niega a escuchar…[37] Así comienza a tramarse, con dos años de anticipación, la defección —otros dirían la traición— de Venecia.
Sin embargo, la Liga había quedado sellada. Para pulsar la importancia del hecho basta fijarse en la exaltación de la animosidad francesa con respecto a España y a sus aliados. Los franceses no encuentran, en estos días, palabras bastante duras para calificar al papa, artífice de la alianza. ¡Y cuánta envidia
despiertan en Francia las concesiones hechas a España por la Santa Sede![38] Los rumores de guerra son tan insistentes, que los mercaderes españoles de Nantes y de Ruán llegan a rogar al embajador de Felipe II que los prevenga a tiempo para que puedan poner a buen seguro sus mercancías y sus personas.[II-594] A cada paso vuelven a la carga; “tornan de nuevo a matarme sobre lo mismo”,
escribe Francés de Alava.[39] Son las mismas angustias en las que viven, por
lo demás, los mercaderes de Sevilla.[40] Y en la frontera de Flandes reina tal agitación “que las personas de las tierras bajas, tanto del lado de Francia