El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

IV. Trashumancia o nomadismo: dos modos de vida mediterránea

IV. TRASHUMANCIA O NOMADISMO: DOS MODOS DE

VIDA MEDITERRÁNEA

 

Hemos dejado para el último momento la descripción del conjunto de los múltiples problemas que presentan trashumancia y nomadismo, desplazamientos regulares de hombres y ganados, que son una de las características del mundo mediterráneo. Pero no conseguiremos explicarlo todo acerca de estas continuas migraciones si nuestras observaciones se limitan exclusivamente a los continentes peninsulares. Será conveniente mirar con frecuencia y minucia hacia el este y hacia el sur e incluir, por lo menos en el razonamiento, la vida pastoril de los vastos confines desérticos. Este es el motivo por el que nos hemos demorado en abordar estos temas tan difícilmente aplicables a una determinada región geográfica.

 

Las trashumancias[290]

 

Hay diferentes especies de trashumancia: los geógrafos distinguen dos tipos, acaso tres.

Tenemos en primer lugar la trashumancia «normal»: propietarios y pastores son, en este caso, gente de la llanura; viven en ella y solo la dejan en el verano, estación desfavorable para los ganaderos en las tierras bajas. En este movimiento, la montaña no suministra más que el espacio. A veces, este espacio es propiedad de algún campesino de la llanura, aunque por lo general se la arrienda al montañés. En el siglo XVI, y quizá desde cuatrocientos o

quinientos años antes[291], Arlés era la capital de una gran trashumancia estival, que alojaba los rebaños de la Camarga y, sobre todo, de la Crau y los expedía todos los años, por los caminos de la cuenca del Durance, hacia los pastos del Oisans, de Devoluy, de Vercors, hasta los aledaños de Maurienne y de Tarentaise. Esta «villa campesina» era una verdadera capital; en ella

moraban los «capitalistas»[292], como se llamaba todavía hasta hace poco a los dueños de estos rebaños de ganado lanar; en ella residían los notarios, encargados de otorgar las escrituras contractuales.

Un ejemplo de trashumancia inversa a esta era, en el siglo XVI, la de la Navarra española. Los rebaños de ganado lanar descendían aquí de las altas regiones de los éuskari. Las regiones bajas solo desempeñaban la función de mercados, cuando se efectuaban transacciones. Esta trashumancia, harto tumultuosa, se llevaba a cabo en invierno. Huyendo de la montaña, al llegar los rigurosos fríos, ganados y pastores se descolgaban sobre la Baja Navarra como ejército en país conquistado. Las casas se cerraban a cal y canto al paso de los temidos huéspedes. Cada año hacía renacer así esa eterna guerra entre el pastor y el campesino. La tensión se mantenía hasta que los ganados llegaban a las partes abiertas no cultivadas de la planicie, donde están los pastos de las Bárdenas Reales, y se reavivaba en la época del retorno. Las Bárdenas Reales son una estepa pedregosa en los confines de Aragón, donde

las lluvias del invierno permiten que brote un pasto bastante pobre[293].

Esta trashumancia inversa la encontramos igualmente en Calabria; pastores y ganados se apiñan durante el invierno y la primavera en las estrechas regiones del litoral. «La mañana del día de Pascua [dice, en 1549, el obispo de Catanzaro], unos sacerdotes se dirigían a la orilla del mar, donde se reúnen numerosos ganados, y tenían por costumbre celebrar la misa en un altar hecho con formes de queso; terminada esta bendecían quesos y ganados y daban la comunión a los pastores. Al sacerdote se le regalaba todo el queso utilizado para levantar el altar. Yo he castigado a los sacerdotes que habían celebrado estos oficios y… amenazado con terribles penas a quienes se

atrevan a repetirlos de ahora en adelante»[294].

Dos trashumancias. Hay, además, una tercera, menos importante, de tipo mixto, que combina la de invierno y la de verano. El punto de partida y las habitaciones se encuentran, pues, en las laderas, a medio camino entre los dos pastizales. Tal ocurre hoy día en los castañares corsos.

Es punto menos que imposible, en efecto, ajustar la realidad a una clasificación rígida. La trashumancia, fenómeno complejo, pone en acción

toda suerte de condiciones: físicas, humanas e históricas[295]. En el Mediterráneo, según la definición más simple, es un desplazamiento en sentido vertical, de los pastos de invierno, situados en la llanura, a los pastos de verano de las cumbres. Y a la inversa. Es, digamos, una vida combinada en dos etapas. Pero es, al mismo tiempo, un desplazamiento de hombres. Estos hombres pertenecen a tal o cual poblado, a tal o cual grupo rural —o no rural —; son únicamente pastores, o bien, durante alguno de sus descansos, cultivan brevemente la tierra, quemando a veces la maleza en el otoño para

abonar con sus cenizas el suelo[296]. Estos hombres habitan en las tierras altas o en las tierras bajas, de un modo permanente o transitorio.

En resumen, las variaciones sobre el mismo tema son numerosas, pero, impuestas siempre por las condiciones locales, resultan virtualmente ineludibles. Mencionemos de paso una anécdota que lo merece: Corón, en la costa griega, era, en 1499, una avanzada de Venecia. El pachá de Morea quiso impedir a los albaneses y griegos de aquella pequeña ciudad el sembrar o llevar sus ganados a pastar en territorio del gran turco. Los Rettori de Corón se limitaron a replicarle dulcemente: «Si nuestros ganados van en verano a