El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Las epidemias de verano
Pero los calores también desencadenan males endémicos solo apaciaguados en el invierno. El barón de Tott hace notar que la peste «comienza a hacer estragos desde la primavera y dura de ordinario hasta que
se aproxima el invierno»[159]. Lo mismo podría decirse con respecto a las demás epidemias del Mediterráneo (salvo el tifus exantemático, mal endémico en el norte de África, que remitía a la llegada del verano). Las ciudades eran, como siempre, las más castigadas. En Roma, la fiebre hacía estragos todos los veranos. Los cardenales huían, en estos meses, a sus casas
de campo, a sus [160] viñas , que, en contra de lo que decía Scarron, no eran solamente un lujo ostentatorio y cuestión de vanidad. Cuando el cardenal de Rambouillet, embajador del rey de Francia, llegó a Roma en julio de 1568, advirtió que «los señores cardenales de Ferrera y de Vitelli» se habían ido
«huyendo de los calores»[161], y con ellos muchos otros. El propio Sixto V siguió más tarde el mismo sistema y todos los años se iba a veranear a su casa de campo —bastante mal situada, por cierto—, cerca de Santa María
Maggiore, en un rincón del Esquilino[162], o al nuevo palacio pontificio
construido sobre el Quirinal[163]. En mitad del verano, Roma era hasta hace poco una ciudad desierta, «sofocante y como maldita, a causa de la
fiebre»[164].
Por todas partes —en Roma, en Aviñón, en Milán o en Sicilia—, los ricos, los nobles y los burgueses, los seglares y la gente de iglesia, abandonaban en verano las calurosas ciudades para irse al campo. Felipe II no iba a El Escorial en busca únicamente de soledad, sino también de frescura,
huyendo del implacable verano de Castilla[165]. ¿Quién mejor que Bandello —comensal y cronista de toda esta gente acomodada— podría decirnos lo que eran estas emigraciones estivales? ¡Qué felicidad poder pasar la canícula en un jardín fresco, en Milán, cerca de la Porta Beatrice, comiendo sabrosas
frutas y bebiendo « [166] un generoso e preziosissimo vino blanco !» «El último verano —refiere Bandello—, huyendo de los calores, que son excesivos en Milán, fui… con el señor Alejandro Bentivoglio y su señora, su señoría Hipólita Sforza, a su residencia del otro lado del Adda, al palacio, como se
dice, y descansé allí por espacio de tres meses»[167]. Otra vez fue a San Gotardo, más allá de Brescia. Leyéndole, nos sentimos a nuestras anchas en su compañía, y, de sobremesa, encontramos, como él, que la ocasión es
propicia para hablar de los «beffe che da le donne, o a le donne si fanno»[168]. Otra vez, la pequeña sociedad de una de sus novelas acampa en un pequeño prado de los alrededores de Pinaruolo, sobre el fino césped, mientras allí cerca canta en un canal el agua fresca y límpida. Otras veces se come, se conversa y se reposa cerca de un arroyo rumoroso y cantarino. Es el mismo cuadro que, siglos antes, pintara el Decamerón.