El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Negociaciones en tiempo de don Juan

jesuitas.[7]

A partir del año 1573 vemos a toda esta gente afanarse como nunca. Y es que hay ahora una demanda española que pesa sobre el mercado de la[II-663] aventura; una prima permanentemente ofrecida a quien sepa y pueda algo en Oriente. ¿Es ésta la razón de que, en 1576, el loco y picaresco Claudio du Bourg ofrezca sus servicios al Rey Prudente para arreglarlo todo en Constantinopla, donde nadie ignora cuán magníficamente había trabajado en 1569? Sólo pedía por sus servicios 100 000 ducados: mucho más de lo que

había de costar, en realidad, comprar al propio gran visir.[8]

 

Negociaciones en tiempo de don Juan

 

En 1571, el propio don Juan de Austria llegó a estar en correspondencia con los turcos. Así lo quería la guerra en el siglo XVI. Como Selim le enviase

una carta con regalos, probablemente después de Lepanto,[9] don Juan, en su respuesta, comunica haber recibido la carta y los presentes por mediación del eunuco Acomato de Natolia, que le había sido enviado por un espía griego “que ha venido a estas tierras por mandato tuyo para reconocer los aparatos de los cristianos, al cual, aunque debía haber sido condenado a morir, no sólo le he respetado la vida, sino que le he invitado a ver a sus anchas todas mis provisiones y designios, que no son otros que los de hacerte continuamente la guerra”. No podemos cerciorarnos ni de la fecha ni de la rigurosa autenticidad de estos documentos, de origen incierto. Pero la correspondencia, de la que nos habla la gente de la época, sí debió de existir, y prueba de ello son, a su manera, estos documentos. Corteses y románticos carteles de desafío, que nada tienen que ver, por lo menos que nosotros sepamos, con las negociaciones, en este año de 1571. Pero, dos años después se inician y mantienen verdaderas conversaciones.

El 30 de junio de 1573, un agente de Granvella llamado Juan Curenzi regresa de Constantinopla. Es, con toda seguridad, un confidente, pero ¿acaso

también un negociador? No necesariamente.[10] Pero en junio y en julio viajaban a Turquía, a su vez, agentes españoles. Suponiendo que fuesen los primeros en emprender este viaje, podríamos pensar que su envío se decidió a raíz del desistimiento de los venecianos. Felipe II conoció la paz veneciana el 23 de abril de 1573; don Juan, el 7 de abril. En realidad esta misión no es más que una de tantas de la serie. Pero presenta, desde luego, un carácter muy[II-664] curioso. Pues, en el fondo, los españoles, en este mes de junio, se disponen a hacer ni más ni menos que lo que han hecho los venecianos.

El 16 de julio, el obispo de Dax recibía noticias de este viaje por

mediación de su agente en Ragusa.[11] [12] Diez días más tarde, sabía con detalles de qué se trataba. Don Juan, habiendo hecho prisionero al hijo de Alí Pachá, nieto por una “sultana” del propio Selim, había tratado con la mayor cortesía a su cautivo. Había rehusado los regalos que le envió la sultana, remitiéndole por su parte otros, magníficos, que la destinataria se empeñó en hacer llegar a Selim. Lo sabemos por Du Ferrier, embajador francés en

Venecia.[13] Las zalemas y cortesías van seguidas de conversaciones más realistas. Cuando, el 18 de julio, llega a Constantinopla el hijo de Alí Pachá, puesto en libertad sin rescate, le acompañan cuatro españoles, uno de ellos Antonio de Villau (Vegliano), secretario de don Juan, y un florentino llamado Vergilio Pulidori, “cortegiano del duca di Sessa”. El pachá Mehemet Sokobi indica al obispo, que inquiere, que se trata de maquinaciones de sus enemigos, y, en especial, de José Micas. Pero si el rey de España quiere la paz, añade, tendrá que pagar tributo y entregar algunos “fuertes” en Sicilia. El obispo se asombra de que el rey de España haya dado este paso sin ninguna promesa previa. ¿Por qué mendiga así la paz? “Ello me hace pensar que, además del gran deseo y la necesidad que tiene de verse tranquilo de este lado para poner fin a los asuntos de Flandes, trae entre manos algún otro amaño de peor naturaleza o se deja llevar por algún otro designio más importante que todo

esto”.[14]

Habiendo recogido los informes necesarios, los españoles no parecen desechar la idea del tributo, que pagaría el embajador imperial al mismo tiempo que entregaba el del emperador. Los negociadores aguardan a Piali Pachá y a Euldj Alí, contando con su poderosa influencia para lograr lo que desean. El primer pachá, Mehemet Alí, siente horror por la negociación, o por lo menos así lo manifiesta. Pero no habría que jurar nada. El sultán, como se sabe, es muy avaro. Desea descansar, poner término a los dispendios de la guerra marítima, tanto más cuanto que, desde lo de Lepanto, ve con terror esta[II-665] clase de guerra. Finalmente, espera, por el este, la muerte del viejo sofí. La intriga española no se halla, pues, condenada de antemano. Anteriormente, en tiempo de Carlos V y del propio Felipe II, los embajadores de Francia han logrado frustrar alguna otra tentativa de este género. Pero esta vez los españoles destacan grandes proyectos comerciales, especialmente la perspectiva del comercio de Levante con toda Italia, del que los venecianos y los franceses quedarían excluidos. El incremento del tráfico que ello traería consigo haría crecer las tasas percibidas por el gran señor. Tal era, por lo menos, el espejismo que se hacía danzar ante sus ojos, y no se trataba de un

asunto baladí, que pudiera tratarse a la ligera.[15]

En esta tentativa, en la que nos encontramos una vez más con José Micas, andan mezclados también los toscanos (negociación cuyos elementos conocemos en su totalidad), los judíos de Turín, que empujan al saboyano, deseoso de repetir en Niza, con el apoyo de los judíos, lo mismo que Cosme

de Médicis había hecho en Liorna,[16] y, por último, más tarde, los de Luca. Este deseo universal de comerciar, ¿es un signo de los tiempos? ¿Cómo no iba a excitar las ambiciones la exclusión de Venecia (magnífica plaza para conquistarla)? Ambiciones que tuvieron tiempo de concretarse e incluso de cobrar un principio de realidad, cuando, de 1570 a 1573, Venecia ha sido excluida de las competencias comerciales. Todos estos apetitos incipientes acompañan la política española y la refuerzan. Cae sobre Constantinopla una nube de embajadores, de agentes, de regalos y de promesas. Este ataque en masa, registrará más tarde el obispo, va dirigido, en última instancia, a

“introducir al español”,[17] y cuando se es representante de Francia, pero un representante sin dinero, no se puede menos que sentirse desagradablemente impresionado ante ello. “El pachá se ríe de que queramos atarle las manos sin

ponerle nada en ellas”.[18]

Pero, para poder ver claro en el asunto, no cabe duda de que hay que permanecer atento a las diferencias que se advierten entre los dos años a que

se extiende la negociación. Todavía en septiembre de 1573,[19] el obispo de Dax podía creer en el posible éxito de España. Las fuerzas de ésta son[II-666] considerables, y el turco tropieza con dificultades en el Yemen, dificultades cuyo detalle se nos revela como un jeroglífico indescifrable y que, por lo

demás, Sinán Pachá se encargará de zanjar en este mismo año.[20] La toma de Túnez por don Juan, ya al final de la estación del buen tiempo, parece haber comprometido aquellas peligrosas conversaciones, cuyo desarrollo seguía el obispo de Dax con tanta inquietud. Si hubiesen dado resultado, como lo daría la negociación paralela del emperador, habrían sorprendido a los venecianos antes de la ratificación de su propio tratado de paz, que, convenida el 7 de marzo de 1573, no llegó a firmarse sino hasta febrero de 1574, cuando ya el turco había renunciado a ciertos regalos eventuales, como Cattaro y Zara,

principalmente.[21] Todo ello nos explica los temores, las angustias y las precauciones armadas de Venecia, el modo como la diplomacia veneciana boga lo más de cerca posible detrás del obispo de Dax. Sabe que es su vida lo que se ventila en el juego y lo que sus vecinos querrían de buena gana poner en peligro. Candía es una presa escogida, desprovista de armamentos y cuyos “habitantes, descontentos…, tratan desde hace mucho tiempo por sustraerse a

su obediencia”.[22]

También para Francia sería un golpe muy sensible la firma de un tratado hispano-turco. Por su parte, el obispo se muestra muy contento, en febrero de 1574, de haber evitado la ruptura de Venecia y los turcos con motivo de las lindes de Zara y del fuerte de Sebenico. En esta ocasión, Francia ha salvado por segunda vez a Venecia, contra la que todo el mundo intrigaba. Los españoles y los imperiales son, a la postre, los perdedores en esta apretada partida. Desde la conclusión de la paz veneciana, escribe el embajador

francés, “comienzo a no temer ya tanto a los españoles”.[23] Sabe bien que su salvaguardia ha sido la ocupación de Túnez, con la que los españoles han cerrado a los turcos el acceso a sus posesiones de Berbería, las cuales

“escaparían de sus manos si las cosas siguiesen como están”,[24] escribe este embajador en febrero de 1574.

Tales son los hechos, muy pocos, que conocemos. En un legajo de los archivos de Simancas deben de encontrarse todos los papeles de esta[II-667] negociación. A la vista de la correspondencia francesa, se plantea el problema de saber si España quería realmente la tregua o trataba tan sólo de intrigar contra Venecia (en el momento mismo en que, por otra parte, se le prodigaban las seguridades de acudir en socorro suyo, en caso de ataque de los turcos). Ninguno de estos dos fines fue alcanzado.

Pero no cabe la menor duda de que los tratos continuaron. Y con el mismo personal, un tanto embarazado, es de suponer, por la falta de instrucciones precisas y por el desarrollo de los acontecimientos, que condujeron a la recuperación de Túnez por los turcos, en septiembre de 1574. El 18 de ese mes, el obispo de Dax escribe a Catalina de Médicis que “el español y el florentino que están aquí desde hace quince meses” se hallan a punto de partir; sus pasaportes están en regla, pero en el último momento se ven siempre retenidos, haciendo de rehenes tanto como de embajadores. “Las negociaciones [en este país] son siempre peligrosas”, escribirá más tarde Margliani. Son, sobre todo, de una lentitud y de una complicación extraordinarias. Un informe de la embajada española en Venecia nos señala, en 1574, es decir, coincidiendo con las conversaciones llevadas en Constantinopla, un coloquio, en Venecia, entre un chauch “secretario del turco”, y un tal Livio Celino, acerca de la paz hispano-turca. Desgraciadamente, no podemos fijar la fecha de este coloquio, evidentemente posterior a la firma de la paz veneciana, sin lo que difícilmente Venecia