El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

El Adriático

El Adriático[73]

 

El Adriático es, quizá, la más coherente de todas las regiones del mar. Nos plantea por sí solo y por analogía todos los grandes problemas metodológicos que entraña el estudio del Mediterráneo en su totalidad.

Este mar, más largo que ancho, se presenta como una ruta de norte a sur. Por el norte lleva, como una estela miliar, ese hito de navegantes que es la silueta blanca del Adamello, la cual anuncia desde lejos las costas bajas que, de Pesaro y Rímini al golfo de Trieste, señalan el contacto de la llanura del Po con las aguas mediterráneas. Por el oeste lo bordea la costa italiana, generalmente baja y pantanosa, aunque flanqueada a poca distancia por el Apenino, que a retaguardia del sottovento proyecta hasta el mar una serie de eminencias montañosas, una de las cuales, clara y netamente destacada, es el monte Gargano, con sus célebres robledales. Por el este se alinean, pegadas a la costa, un rosario de islas montañosas, las islas dálmatas, que doblan inmediatamente los altos relieves estériles del continente balcánico, esa interminable muralla blanca de los Alpes dináricos, reborde de una enorme meseta de karst, vasto macizo calcáreo, despoblado, al que la costa de la Dalmacia vuelve, por lo demás, la espalda. Finalmente, por el sur, el Adriático se une al mar Jónico en el canal de Otranto, entre el cabo del mismo nombre, en Italia, y el de Linguetta, en Albania. El mar Adriático es un canal angosto, pues solo mide, según las cartas marinas, 72 kilómetros de largo. Con viento favorable, ya en el siglo III a. C. las lemboi, con todo el velamen

inflado, lo recorrían en una sola jornada de navegación[74]. Lo mismo, en el siglo XVI, las fragatas encargadas de llevar, por cuenta del virrey de Nápoles, las nuevas de Corfú o de Cefalonia hasta las costas napolitanas, o viceversa.

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FIGURA 11. Corfú, situada frente a Otranto, controla el ingreso en el Adriático. Nótense los lugares de los grandes combates navales: La Prevesa, 1538, y Lepanto, 1571. Croquis dibujado por J. Bertin.

Una memoria española del año 1598 indica, entre otras cosas, que «desde el

cabo de Otranto se ven las luces de Valona»[75]. Desde el avión que le conduce a Atenas, puede el viajero de hoy contemplar en un mismo golpe de vista la costa albanesa, Corfú, Otranto y el golfo de Tarento, y parecerle que están muy próximos entre sí.

Esta angostura al sur es el rasgo esencial de la cuenca del Adriático, la que le da la unidad y hasta la simplicidad de su historia. Dominar este angosto mar equivale a dominar el Adriático. Pero el problema estribaba en saber con exactitud cuál era el punto exacto desde donde vigilar mejor este espacio de mar. Las posiciones estratégicas no son los activos puertos de Apulia, Brindis, Otranto y Bari, ocupados por Venecia dos veces —aunque no por largo tiempo—, en 1495 y 1528, y que en beneficio de sus intereses comerciales

piensa ocupar de nuevo en 1580[76].

Los turcos se hicieron por breve tiempo con Otranto, después del saqueo de 1480, que estremeció de emoción a toda la cristiandad italiana. Pero no se puede controlar la puerta del Adriático desde su parte italiana. Aquí la península está «inmersa en el mar hasta por encima de la cintura». El Adriático solo se puede dominar desde la costa opuesta, la balcánica, lo que hace notar incidentalmente Saint-Gouard, embajador francés en Madrid, cuando escribe a Carlos IX: «Si es cierto que el gran turco logra forzar la embocadura del golfo de Quatero (Cattaro) para poder apoderarse más fácilmente del dicho Quatero, creo que llegará a señorearse del mar Adriático, y podrá luego establecer una escala en Italia para poder, de este modo, bloquearla por mar y por tierra, lo que le permitirá causar grandes males, si a

ello no se pone prontamente remedio»[77].

En realidad, la posición clave se encuentra más al sur, en Corfú. Y Venecia la tenía en su poder desde 1386. Es aquí, al abrigo de la costa este, pobre, pero montañosa y por ende protectora, donde tiene que rendir tributo la

navegación[78]. Entrar en el Adriático o salir de él supone, por lo general, pasar ante Corfú. Esta isla, como dice un texto sentencioso del senado (17 de marzo de 1500), es el «corazón» del Estado veneciano, «tanto en lo referente

a la navegación como en cualquier otro aspecto»[79]. De aquí que la señoría

consagrase a esta isla sus mejores cuidados[80]. Desde el momento mismo en que tomó posesión de ella no escatimó esfuerzo para fortificarla, invirtiendo

en el empeño tales sumas, dice un documento del año 1553[81], che chi potesse veder li conti si stupiria. En 1572, Fresne-Canaye admiró al pasar, en lo alto de la pequeña ciudad griega, capital de la isla, la enorme fortaleza, con sus cien piezas de artillería, que alcanzaban, según se dice, hasta Albania. El viajero se asombra, sin embargo, de que los turcos, bajo sus muros, osaran

devastar la isla, un año antes, con 500 soldados de caballería[82]. Y aún tendrá menos motivos para sorprenderse quien siga leyendo el documento de 1553, la relación de un baile que informa de su mandato en la isla de Corfú: todos los gastos, dice, serán inútiles si no se completa el armamento de la antigua fortaleza, adaptándola a los nuevos métodos de guerra y de sitio. Los trabajos apenas se han iniciado y resultaron absolutamente ineficaces, a pesar de los 200 000 ducados invertidos en ellos. ¿Cuándo se terminarían? No muy presto,

según era de esperarse, puesto que en una relación del año 1576[83] se queja aún amargamente de las imperfecciones de la fortaleza. Las costas estaban de tal modo, que el enemigo, sin «echar mano a la espada», podría llegar a emplazar su artillería al pie mismo de la contraescarpa… Quejas y advertencias parecidas aparecen constantemente en los textos de todos los funcionarios venecianos durante la segunda mitad del siglo: las imponentes defensas de la señoría resultaban completamente caducas y anacrónicas, y eran incapaces de cumplir su cometido y de impedir las incursiones de los corsarios. Los desgraciados pobladores de Corfú estaban en situación muy desventajosa, pues las montañas, desprovistas de agua, no podían servirles de abrigo y, quisieran o no, tenían que refugiarse en la fortaleza, precisamente en los fosos, con grave peligro de sus vidas. El turco, en consecuencia, se extendió en un país desierto, adueñándose de las aldeas abiertas y abandonadas por sus habitantes. El resultado fue que Corfú, que contaba 40 000 habitantes antes de «la guerra de 1537», no tiene sino 19 000 en

1588[84]. Desde luego, Venecia confiaba principalmente para defender la isla en sus galeras de dorada proa, que patrullaban el Archipiélago y el golfo.

De hecho, con Corfú y con su flota, Venecia tenía en sus manos la entrada del Adriático; mejor dicho, el Adriático entero, pues al otro extremo del mar, hacia el norte, la propia ciudad detenta la posición clave, el punto de confluencia de los caminos marítimos y de los caminos continentales, que, a pesar de los Alpes, unían a la Europa Central con el Adriático y el Levante. La misión de Venecia consiste en establecer la ligazón.

El Adriático era, así, verdaderamente su mar, su «golfo», como ella misma lo llama. Sus galeras, y solo ellas, eran las dueñas y señoras de sus aguas. Venecia podía apresar a su antojo cualquier nave que se aventurase por el Adriático, y patrullaba este mar con astucia o con brutalidad, según los

casos. Como Trieste la molestaba, demolió sus salinas en 1578[85]; sintiéndose molesta con Ragusa, despachó sus galeras a las aguas de Ragusa Vecchia para incautarse de los navíos que abastecían de granos la ciudad; contra sus dos enemigas levantó a los aliados de la Santa Liga en 1571; apoya, en 1602, a los súbditos rebeldes de Ragusa en la isla de Lagosta,

famosa por sus pesquerías[86] y una vez más se apoderó de las embarcaciones

de su rival en 1629[87]. Ancona la molestaba, y declaró contra ella una guerra

de tarifas[88]. Ferrara la molestaba, y tramó nada menos que apoderarse del gran puerto. El turco la molestaba, y cuando llegó el caso, no reparó en

golpearlo cuantas veces pudo hacerlo sin demasiada imprudencia[89].

La regla de oro, el ben noto principio, es, sin lugar a dudas, el que exponen los Cinque Savii alla Mercanzia: que ogni merce che entra nell’Adriatico o esce dall’Adriatico deve toccar Venezia, es decir, que toda

mercancía que se mueva por el Adriático debe pasar por Venecia[90]; una política de concentración autoritaria del tráfico comercial, típicamente

urbana[91]. Solo la señoría podrá acordar dispensas en casos especiales; pero

esas dispensas fueron raras[92]. Con esto regulaba el ir y venir de mercancías de acuerdo con lo que juzgaba servía a sus intereses: la defensa de su sistema fiscal, de sus mercados, de sus exportaciones, de sus artesanos y de su navegación. Todo gesto, hasta el más insignificante —como puede serlo la

captura de un par de barcas triestinas cargadas de hierro—[93], es parte integrante de una calculada política. En 1518, y con el fin de asegurar su monopolio, Venecia exige que los barcos mercantes no puedan abandonar Creta, Nápoles, Rumania, Corfú o Dalmacia, sin dejar un depósito como garantía de que traerán sus mercancías a Venecia. Sobre el papel, todo perfecto. Pero he aquí que había olvidado Istria, y bastó con esta brecha para asegurar el libre paso de los paños de inferior calidad —rasse, sarze, grisi— fabricados en Istria y en Dalmacia y vendidos en grandes cantidades en la

feria de Recanati[94]. Juego de guardias y ladrones, pues, una actividad de hábiles contrabandistas marinos del mismo modo que los había terrestres y fluviales; entre Venecia y Ferrara se movía un comercio de contrabando que ninguna suerte de barreras puede prevenir. Los pequeños vecinos de Venecia, obligados por ella a someterse a sus condiciones, hacen trampa siempre que pueden.

En cuanto a los poderosos vecinos, estos alzan la voz e invocan contra-principios. Los españoles se enredan con la República en continuas querellas por cuestiones de saludos y precedencias, y en frecuentes discusiones por navíos apresados. Francisco de Vera, embajador español de Felipe II en Venecia, escribe en 1589 que «… sin ningún fundamento ha muchos años que se persuade (Venecia) que es suyo el golfo, como si Dios no hubiera criado

esta parte de la mar como el resto para servicio de todos»[95]. No parece, sin embargo, que este punto de vista fuera una norma del derecho de personas, o por lo menos, surge la duda a la vista de cómo, más tarde, los ibéricos monopolizaron el océano Índico y los mares de las Américas. Por su parte, los venecianos replicaban sin inmutarse que habían comprado el golfo no con su dinero, pero sí con su sangre, «tan generosamente prodigada».

Pero la señoría no pudo impedir que sus poderosos vecinos abriesen puertas y ventanas sobre el Adriático e hiciesen uso de ellas. Los turcos están en Valona (1559); los españoles, en Nápoles; el papa, en Ancona, esperando trasladarse a Ferrara (1598) y Urbino (1631); la Casa de Austria está en Trieste. Desde 1570, Maximiliano habló de reclamar a Venecia el negotium

liberae navigationis[96]. Era este un antiguo requerimiento formulado anteriormente por la Santa Sede. En la barahúnda que precedió a la batalla de Agnadello, Julio II propuso, en febrero de 1509, conceder la absolución a los venecianos a condición de que estos permitiesen la libre navegación por el

Adriático a todos los súbditos de la Iglesia[97]. Posteriormente se formularon repetidas veces idénticos requerimientos. Por último estaba Ragusa, con su flota de barcos de carga. La tenaz República de San Blas sabía aprovecharse hábilmente de su doble posición de protegida del papado y vasalla del sultán. La situación de neutralidad es, a menudo, rentable: en un Mediterráneo hostil, las naves ragusinas circulaban casi siempre sin que nadie las molestara… Ancona y Ragusa por aquel entonces, como Trieste en el lejano porvenir, no eran adversarios despreciables. Desde principios del siglo, aquellas dos ciudades supieron aprovecharse de las dificultades de Venecia durante la crisis de la pimienta y las especias. Pero Venecia dominó la crisis; más aún, sus competidores se aliaron a ella, aunque solo fuese por las ventajas de los seguros marítimos y las ganancias pecuniarias, amén de los transportes. Con frecuencia se volvieron sus servidores, y tan modestos, que no le ocasionaban sino muy pequeñas molestias en su reducido tráfico de una a otra orilla del Adriático; tráfico secundario que se ocupaba de los hierros de Trieste vendidos en Italia, de las telas de Occidente, de las lanas y los vinos de Apulia exportados a Dalmacia sin pasar por Venecia, a pesar de las exigencias de esta. Las autoridades venecianas intentan descargar sus golpes sobre los súbditos de la señoría que, según ellos, se prestaban a este fraude, a esta especie de «mercado negro»; pero, como las amenazas y las sanciones menudean, es lógico suponer que no eran muy eficaces ni obedecían, sin

duda, a razones dictadas por necesidades vitales[98].

Después de todo, solo se trata de simples actos de rutina policiaca. La vigilancia de Venecia no se ejercía solamente sobre contrabandistas y rivales: también se dirige hacia los corsarios a quienes atrae el volumen del tráfico comercial del Adriático: trigo, vinos de alta graduación alcohólica, aceite de Apulia y Romana, carne, quesos dálmatas, por no mencionar las naves que aseguran a la señoría las riquísimas importaciones y exportaciones a larga distancia. Venecia ha debido combatir contra estos corsarios una guerra esporádica pero constante; arrojado de un determinado espacio, vemos surgir al corso con obstinada regularidad en otro próximo.

El siglo XV había sido testigo de los gloriosos años finales del corso catalán con base en Sicilia. Venecia, cuando la circunstancia lo exigía, sabía responder a este corso armando unos cuantos navíos mercantes y dando caza, o al menos neutralizando, a su enemigo. Considerando retrospectivamente los resultados obtenidos, esta forma de corso por medio de grandes navíos resulta

más espectacular que peligrosa[99].

La piratería turca se hace más fuerte en el siglo [100] XVI ; se infiltra en el

Adriático por los puertos de Albania, Stapola, Valona y Dirraquio. Se agrava

con la aparición de los berberiscos[101] y se hace más peligrosa con las amplias penetraciones de las flotas turcas, precedidas y escoltadas por naves piratas… El cuadro, sin embargo, no es tan negro como parece a primera vista. Se puede decir, en líneas generales, que hasta el último cuarto del siglo XVI, turcos y berberiscos hicieron muy pocas incursiones dentro del

golfo [102] propiamente dicho; el cambio ocurrirá a partir de 1580, pero no solo en el Adriático, sino por todas partes.

Una relación veneciana de 1583 describe este cambio: al cabo de cierto tiempo, sobre todo cuando las costas de Apulia se erizaron de torres de vigía bien artilladas protegiendo a la vez el litoral y los barcos que lograban ponerse al abrigo de sus cañones, los corsarios llevaron sus ataques más hacia el norte e invadieron el golfo. Sus incursiones son breves, pero frecuentes, lo

que les permitía burlar la vigilancia de las galeras[103].

A tales desgracias viene a añadirse otra mucho más grave, que ya había

comenzado a insinuarse antes de que el siglo llegase a su primera mitad[104]; se trata de la incesante piratería de los uscoques de Segna y de Fiume. Estas ciudades, punto de cita de los aventureros eslavos y albaneses, están a un paso de Venecia y de su tupida red de tráfico comercial. Adversarios poco numerosos, a decir verdad: un millar de hombres, dice el provveditore Bembo

en 1598[105]; de ellos, hay 400 a sueldo del emperador, y 600 sono li venturieri che altro non fanno che corseggiare et del bottino vivono. Un puñado de hombres, pero protegidos por el emperador y continuamente reforzados con proscritos de los Balcanes, per lo più del paese del Turco. En todo caso, muy poco podían hacer los navíos venecianos frente a sus minúsculas embarcaciones, movidas a gran velocidad con la ayuda de remos y tan ligeras que pueden navegar por los pasos menos profundos entre las islas, allí donde las galeras no pueden arriesgarse a seguirlos sin peligro de despanzurrarse la quilla: los ladrones tienen muy poco que temer de los policías que corren tras ellos. Resultaría más sencillo —dice un senador veneciano— cerrar a los pájaros la ruta del aire con las manos que la del mar,

con las galeras, a los uscoques[106]. Si una de estas cae en una bien preparada emboscada (600 hombres), no tiene salvación: así ocurrió el 17 de mayo de

1587, junto a la desembocadura del Narenta (Neretva)[107]. Y cuando un navío encalla, se apoderan de él.

Envalentonados por sus éxitos, estos diavoli, estos ladrones o, como dicen los venecianos, estas persone… uniti per rubbare, no respetan nada ni a nadie. Para ellos todo es una posible presa. Los turcos los amenazan con represalias en masa. Y Ragusa se armará contra ellos. Venecia se abandona a gestos de cólera, bloquea Fiume o Segna, quemando, en ocasiones, hasta las «ruedas de los molinos» y «colgando a los capitanes». Pero ninguna de estas acciones resulta decisiva. La metrópoli que incita a estos aventureros no es ni Segna ni Fiume (hubo un momento en que esta última ciudad trató de comercializar los productos de la piratería, pero no tuvo éxito en la empresa), sino Trieste, el gran centro donde todo se vende y se revende: los esclavos turcos que compra para sus galeras el gran duque de Toscana o las finas vestiduras de oro y los camelotes robados a los venecianos. Trieste era un formidable enemigo, apoyado como estaba por los archiduques, los Habsburgo de Viena e, indirectamente, por los de España. Los mercaderes de Italia y de Venecia viajarán en vano a Carniola, Croacia y Estiria. El comercio del interior va cayendo progresivamente en manos de mercaderes ambulantes, campesinos y traficantes de telas y mercancías en directo contacto con el corso y el comercio exterior. Y Venecia ha de enfrentarse con todos estos enemigos, en su intento de mantener sus privilegios: tarea difícil que obliga a compromisos y está salpicada de sorpresas.

Todas estas características y otras muchas, con las que sería fácil componer un libro sobre el Adriático, son testimonio y demostración de la unidad del golfo, unidad cultural y económica más que política, de sello predominantemente italiano.

El golfo era, indudablemente, veneciano, pero más todavía en el siglo XVI, el ámbito de una italianidad triunfante en toda la ribera oriental del mar. La civilización de la península había tendido un tapiz demasiado tupido, demasiado brillante, para que pudiera pasar inadvertido. Lo que no significa, ni mucho menos, que Dalmacia sea «italiana», en el sentido en que lo sostenían los propagandistas de la expansión por la raza. La civilización no es, ni ha sido nunca, la raza. Toda la franja marítima de la Retroterra es hoy

de población eslava[108]. Con mucha mayor razón lo era en el siglo XVI, pese a determinadas apariencias. En la Ragusa de entonces, la italianidad resultaba cómoda: el italiano era la lengua comercial en todo el Mediterráneo levantino. Pero también algo de moda y de esnobismo: las familias prominentes enviaban a sus hijos a estudiar a Padua, y los secretarios de la República debían ser buenos italianistas y latinistas (los archivos de Ragusa están casi siempre escritos en italiano); las familias dominantes, dueñas de los negocios y de la política, se forjaban, sin andarse con grandes miramientos, blasones y genealogías italianos. Aunque descendieran, pese a su orgullo, de algún eslavo de la montaña, aunque los nombres italianizados delataran sus orígenes eslavos, aunque la montaña no cesara de enviar hombres a la costa, aunque el eslavo fuera la lengua corriente, la lengua familiar de las mujeres del pueblo y también, a pesar de todo, la de la élite; en los documentos consultados en los registros de Ragusa se repite constantemente la orden formal de no hablar más que italiano en las asambleas de los rectores. Pero ya el simple hecho de que hiciese falta, para ello, una orden formal…

Puestas las cosas en su punto mediante las anteriores aclaraciones, muy necesarias, no cabe duda de que el Adriático del siglo XVI se sentía atraído por la fina civilización de la cercana península y que giraba dentro de su órbita. Ragusa es una ciudad de arte italiano: Michelozzo trabajó en el palacio de los Rectores. Y, sin embargo, es, de todas las ciudades de la altra sponda, la menos influida por Venecia, puesto que salvo breve intervalo, fue siempre independiente. En Zara, en Spalato, en la isla de Querso y en otras partes encontramos, si necesario fuere, en una abundantísima documentación, los nombres de maestros de escuela, de sacerdotes, notarios, hombres de negocios, y hasta de judíos llegados de la península, portadores y artífices de

la civilización italiana que aquí florece[109].

Pero el Adriático no era exclusivamente italiano. Orientado no de norte a sur, sino, para ser exactos, de noroeste a suroeste, es la ruta de Levante, con un sistema de tráficos y relaciones muy antiguo; también, como luego veremos, estaba expuesto a las enfermedades y epidemias que venían del este. Su civilización era profundamente compleja: por su mediación se prolonga el Oriente y sobrevive Bizancio. Todo ello concurre para dar su originalidad propia a esta región fronteriza. Su catolicismo era una religión de combate frente a la ortodoxia que amenazaba desde lo alto de sus montañas y frente al inmenso peligro turco. Si Dalmacia, pese a tantos avatares, era fiel a Venecia, como lo señaló hace mucho tiempo Lamansky, es porque, por encima de la señoría, su fidelidad miraba a Roma, a la Iglesia católica. Incluso ciudades como Ragusa son sorprendentes ejemplos de fervor católico, a pesar de encontrarse tan próximas a otros intereses, engarzadas a la vez en el mundo turco y ortodoxo, viviendo, en suma, en medio de pueblos cismáticos e infieles. Sus supuestos religiosos resultarían tan interesantes de investigar como sus estructuras económicas. El interés se mezcla —¿y por qué no?— con los aspectos más espirituales. Su fidelidad a Roma protege su frontera amenazada, como se vio en la terrible crisis del año 1571. Y cuando, en el siglo XVII, se produce el gran repliegue económico después de los esplendores de un Renacimiento que, como el de Venecia y el de Bolonia, se iluminaron tardíamente, Ragusa encuentra en la Iglesia magníficos canales que llevan por toda la cristiandad, incluso hasta a la misma Francia, a los mercaderes y los banqueros convertidos desde hacía tiempo en príncipes y servidores de la Iglesia.

Geografía, política, economía, civilización, religión, todo concurre, pues, a la formación de un mundo adriático homogéneo. Un mundo que desborda de los ámbitos del mar y que llega, a través del continente balcánico, hasta la frontera esencial entre la latinidad y el mundo griego. Del otro lado, por el oeste, traza de norte a sur, pasando por toda la península italiana, una línea sutil de tallado. Ordinariamente, solo se advierte la marcadísima oposición entre la Italia del norte y la Italia peninsular, acentuada por las diferencias de clima y de color. Pero el contraste este-oeste, entre la Italia tirrénica y la Italia levantina, siendo menos ostensible, no es menos real, desde el punto de vista histórico y humano. En todo el pasado italiano ha jugado como un gozne secreto. Durante mucho tiempo, el Oriente predominó sobre el Occidente y lo desplazó de la península. En cambio, fue el oeste, Florencia y Roma, el que hizo surgir por sí mismo el Renacimiento. Solo hacia las postrimerías del siglo XVI se transmitió el impulso a Ferrara, a Bolonia, a Parma y a Venecia. Y el mismo movimiento bascular ocurrió en el plano económico: cuando Venecia declina, Génova triunfa, y más tarde, Liorna se anuncia como la ciudad más progresiva de la península. Este, oeste: Adriático y Tirreno: esos son los destinos de Italia, y también los de todo el Mediterráneo (más adelante volveremos sobre esto), que se ventilan así, alternativamente, en una parte y otra de la península, astil de una inmensa balanza.