El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Las finanzas y el crédito al servicio del Estado
No hay duda alguna de que en el siglo XVI la corrupción de los funcionarios oficiales era muy general, tanto en el islam como en el cristianismo, tanto en el sur como en el norte de Europa. “No hay causa alguna, sea civil o criminal [escribía el duque de Alba desde Flandes, en
1573],[128] que no se venda como la carne en la carnicería[…] la mayoría de los consejeros se venden a diario a quienes los quieran comprar.” Esta corrupción omnipresente obstaculizaba el ejercicio de la voluntad de los gobernantes y su erradicación no resultaba tarea fácil. La corrupción se había
convertido en una fuerza múltiple e insidiosa, poderosa por sí misma;[129] uno de esos poderes detrás de los cuales un individuo se puede amparar para escapar a la acción de la ley. Se trataba de la vieja combinación de fuerza y astucia. “Las leyes de España [escribe, hacia 1632, el anciano Rodrigo
Vivero][130] son telas de araña que sólo atrapan moscas y mosquitos.” Los ricos y los poderosos escapan de sus redes, en las que sólo quedan presos “los desfavorecidos y los pobres”. Pero ¿es que eso sólo ocurría en los siglos XVI y XVII? En realidad es un hecho que se produce en todas las épocas.
Las finanzas y el crédito al servicio del Estado
Otro signo de su debilidad es que los grandes Estados no se hallan en perfecto contacto con la masa de los contribuyentes, lo que los incapacita para explotarlos a su antojo; y ello da origen a singularidades fiscales primero, y luego a dificultades financieras. Salvo los ejemplos que hemos señalado al hablar de las ciudades italianas, en las postrimerías del siglo XVI los Estados no disponen de una tesorería ni una banca propias. En 1583 se pensó en crear
un banco del Estado,[131] pero el proyecto no llegó a concretarse. Ello hacía que el centro metropolitano del Imperio español se viese muchas veces forzado a recurrir a los prestamistas, a los que en el lenguaje actual llamamos banqueros.
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FIGURA 59. Los “asientos” y la vida económica castellana 1550-1650. Comparada con las variaciones del índice de precios, según Earl J. Hamilton, que como se puede ver son de muy modesta amplitud, comparada con el enorme auge, seguido de una amplia recesión del tráfico de Sevilla, la curva de los asientos, es decir, la curva de la deuda nacional a corto plazo, ofrece la frenética apariencia de las oscilaciones de un sismógrafo. Sin embargo, considerada en su totalidad, admite ciertas analogías con el movimiento de la curva de los precios, sobre todo en la de Sevilla, lo que es muy natural, ya que el entero sistema de anticipos y reembolsos de asientos dependía de la plata que se traía de América. De una manera general, la curva se eleva por encima de 100% en tiempo de guerra y cae por debajo de la línea en los periodos de paz o cuando se abandona terreno (excepto en el caso de la conquista de Portugal). Nótese el enorme esfuerzo realizado durante el periodo de la guerra llamada de los Treinta Años. La gráfica de los asientos ha sido construida por Álvaro Castillo Pintado.
El rey no podía prescindir de ellos. Cuando Felipe II comienza su reinado en España, en septiembre de 1559, su mayor preocupación, durante los 10 años siguientes, fue poner orden en sus finanzas. De todas partes le llegaban consejos; pero todos coincidían, a la postre, en lo mismo: dirigirse ya a los Affaittati, ya a los Fugger, ya a los genoveses, o bien, como en sus crisis de nacionalismo sugería Eraso, a los banqueros españoles, los Malvenda, de Burgos.
La dispersión de los Estados de Felipe II, herencia de Carlos V, entrañando forzosamente la dispersión de las rentas y de los pagos, incitaba a recurrir a los servicios de casas de comercio internacionales. Las transferencias de dinero, una de las grandes necesidades de la España imperial, exigían por sí solas el concurso de los mercaderes, pero éstos desempeñaban también otro cometido: adelantaban y movilizaban antes de tiempo las rentas aún no percibidas. Este cometido implicaba, con mucha frecuencia, la percepción directa de los impuestos y, por tanto, el contacto con los contribuyentes. Fueron los prestamistas quienes organizaron en su beneficio las cobranzas fiscales españolas. En 1564, Felipe II cede a los genoveses el monopolio de la venta de los juegos de naipes. Otra vez les concede la explotación de las salinas de Andalucía. O bien, renovando las decisiones de su padre, confiere a los Fugger el laboreo de las minas de Almadén y la administración de los bienes de las Órdenes Militares, lo que lleva aparejada la decisión de poner grandes extensiones de tierras de trigo y de terrenos de pastos, de peajes y de tributos campesinos bajo el control extranjero. Los Fugger llenaron España de factores y de agentes, alemanes concienzudos, metódicos y celosos. Cuando no era una firma extranjera la encargada de percibir las rentas, eran poderes intermediarios, como las villas y las cortes… ¿Qué significaba sino que el Estado, en el plano financiero, era todavía un mecanismo muy imperfecto?
En Francia, donde la transferencia de dinero no era una necesidad tan vital como en España, banqueros y prestamistas desempeñan también un papel importante. Y lo mismo en Turquía, donde los hombres de negocios tenían el campo por suyo hasta en lo relacionado con la hacienda pública. Gerlach lo
hace constar en su [132] Diario: “En Constantinopla hay numerosos griegos que se han enriquecido fabulosamente con los negocios y por otros medios; sin embargo, siempre andan miserablemente vestidos, para que los turcos no se aperciban de sus riquezas y se las roben[…]” El más rico de todos era un tal Miguel Cantacuceno. Hijo del diablo, al decir de los turcos, este pseudogriego era, según un rumor absurdo, de ascendencia inglesa. Poseía una fortuna inmensa, que estaba curiosamente vinculada a los servicios que prestaba al Estado turco. Cantacuceno era dueño de todas las salinas del imperio, concesionario de innumerables aduanas, traficante de cargos públicos, y, como un visir, deponía patriarcas o metropolitanos griegos a su antojo. Disponía de las rentas de provincias enteras, como Moldavia y Valaquia, y era señor de muchas villas, capaz de armar por sus propios medios de 20 a 30 galeras. Su palacio de Anchioli rivalizaba en lujo con el palacio imperial. No debemos confundir, pues, a este nuevo rico, pletórico de poder y de riqueza, con los modestos comparsas griegos de Gálata y de otras partes, a quienes, como a sus contemporáneos en general, asombraba y fascinaba con su lujo. Por falta de prudencia, su carrera se truncó en julio de 1576, y a no ser por la intervención de Mehemet Sokobi, que vino en su ayuda en el último momento, le habrían cortado la cabeza. Apenas recobró la libertad, empezó de nuevo; esta vez se dedicó al comercio de pieles, e, igual que antes, intrigó en Moldavia y en Valaquia. Hasta que, por último, sucedió lo que tenía que suceder: el 13 de marzo de 1578, por órdenes del sultán, fue colgado sin formación de causa, a las puertas de su propio palacio de
Anchioli, y su fortuna, por supuesto, confiscada.[133]
Otro destino, más extraordinario aún, aunque de una naturaleza semejante, es el del judío portugués Joseph Nasi, personaje enigmático por más de una razón, conocido bajo el nombre de Miques o Micas, que, al final de su vida, ostentaba el pomposo título de duque de Naxos. Vagó durante mucho tiempo sin saber qué hacer. Estuvo en los Países Bajos y en Besançon
—según lo atestiguan ciertos datos—;[134] se estableció en Venecia, y, por último, llegó a Constantinopla, en 1550. Ya muy rico, celebró unas fastuosas bodas y volvió a abrazar el judaísmo. Amigo y confidente del sultán Selim desde antes de su advenimiento, y proveedor de los mejores vinos de su bodega, consiguió el diezmo de los vinos de las islas. Fue él quien impulsó al sultán a atacar la isla de Chipre, en 1570. Pero quizá lo más extraordinario de todo es que murió de muerte natural, en 1579, y en plena posesión de sus inmensas riquezas. En vano se ha tratado de esclarecer la vida de tan fabuloso
personaje; es muy poco lo que sabemos acerca de este Fugger del Oriente.[135] Los documentos españoles lo presentan como adicto de España, y un poco en complicidad con el Rey Católico; pero no era hombre a quien se pudiera clasificar de una vez por todas como amigo de los españoles o enemigo de los franceses; ello sería tanto como olvidar cuán movediza era la realidad política en Constantinopla… Nos gustaría conocer algo más acerca de este singular personaje y, como en el caso de Cantacuceno, el papel exacto que llegó a desempeñar en las finanzas turcas. ¿Llegaremos a saberlo algún día?
Lo que le faltaba a la hacienda pública de los turcos y lo que, en cambio, es la característica más acusada de las finanzas de los Estados cristianos del siglo XVI es el recurso del crédito público, a largo o a corto plazo; los empréstitos, manera elegante y eficaz de incautarse, sin demasiado dolor, del dinero de los particulares, tanto el de los pequeños como el de los grandes prestamistas. En este sutil juego occidental, que se practicaba en todas partes, cada Estado de Occidente sabía encontrar las fórmulas más expeditas para
atrapar el dinero del ahorro. En Francia, las rentas sobre el Hôtel de Ville[136] son bien conocidas. En España, conocemos los “juros” que, a finales del reinado de Felipe II, representaban la enorme suma de 80 millones de
ducados.[137] Ya he indicado que estos títulos de la deuda se depreciaban rápidamente y daban pie a desenfrenadas especulaciones. El Estado acabó pagando, en vista del curso de estos títulos, intereses hasta de 70%. En La
Gitanilla [138] , la novela de Cervantes, encontramos esta elocuente observación: conservar el dinero, dice un personaje, es tenerlo “como quien tiene un juro sobre las yerbas de Extremadura” (presumiblemente una buena inversión, pues los hay buenos y malos). En Italia, la apelación al público y al ahorro se canalizaba por medio de los Montes de Piedad. Guicciardini decía: “O Florencia acaba con el Monte de Piedad, o el Monte de Piedad acabará
con Florencia”.[139] Palabras que tienen todavía mayor valor de verdad en el
siglo [140] XVII que en el XVI . En su historia económica de Italia, A. Doren sostiene que estas inversiones en masa de fondos del Estado fueron una de las razones y uno de los signos del repliegue de Italia, a comienzos del siglo XVI. El dinero rehúye siempre los riesgos de la aventura…
Quizá en ninguna parte se repitiera tanto la apelación al crédito como en la propia Roma, en el centro de ese Estado peculiar, muy restringido en el espacio y al mismo tiempo inmensamente extenso, que es el Estado pontificio. En el siglo XV, después de Constanza, la Santa Sede, víctima de la expansión de diversos países, viose reducida en lo esencial a los propios recursos que el Estado pontificio tenía a mano. Procuró, sin embargo, vivamente, extenderse y recuperar lo perdido. En los últimos años del siglo XV y en los primeros del XVI, los soberanos pontífices, no sin su cuenta y razón, tuvieron menos de pontífices que de príncipes temporales: la finanza obliga. La situación no había variado hacia mediados del siglo XVI: cerca de 80% de las rentas pontificias provenían de su propio patrimonio. De aquí que se desencadenara una encarnizada lucha contra las inmunidades financieras. El gran éxito logrado por el Estado pontificio en esta lucha se debió a la absorción de finanzas urbanas como las de Viterbo, Perusa y Orvieto, y las de algunas ciudades medianas de Umbría. Sólo Bolonia logró conservar su autonomía. No obstante, estas victorias no modificaron los viejos sistemas de percepción de impuestos, en general muy arcaicos; las fuentes de ingresos
estaban bien diferenciadas, pero, como lo dice un historiador,[141] “sólo excepcionalmente lograba el Estado pontificio entrar en contacto directo con los contribuyentes”.
No menos importante que esta guerra fiscal librada en el estrecho territorio de San Pedro fue la apelación al crédito público. Clemens Bauer, de quien tomamos estos detalles bastante nuevos, dice, con razón, que la historia de las finanzas pontificias se transforma entonces en “una historia del
crédito”; [142] crédito a corto plazo, que reviste la forma banal de empréstitos de banqueros, y crédito a largo plazo, cuya amortización se encomendaba a la Cámara Apostólica.
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FIGURA 60. Los “luoghi” de la Casa di San Giorgio. 1509-1625. Estas cuatro gráficas resumen los hallazgos del importante artículo de Carlo M. Cipolla (cf. nota 145). Los luoghi son títulos de la deuda pública de la República de Génova, emitidos con un valor nominal de 100 lire (2 000 soldi). Son títulos de rentas perpetuas. El interés varía (al contrario que en Venecia, donde es fijo); dependía de los beneficios conseguidos por la Casa di San Giorgio, la cual retiene como garantía los impuestos que cobra en nombre de la señoría. Aumentó mucho el número de luoghi entre 1550 (193 185) y 1554 (477 112) y eso explica la caída de los precios; esta última cifra se estabiliza a continuación (437 708, en 1597; 476 706, en 1681). La primera curva representa el precio de los luoghi negociables en el mercado (escala de la izquierda, de 1 000 a 5 000 soldi). La segunda da el interés, el reddito, de los luoghi (escala de la derecha, de 40 a 100 soldi). Se produce un evidente ascenso durante la segunda mitad del siglo XVI, y un descenso durante el siglo siguiente. El interés de los luoghi nunca se pagaba inmediatamente, sino una mitad cuatro años más tarde, y la otra tras el intervalo de otro año. Si el titular desea ser pagado en el acto, tiene que hacer descontar su dividendo, de modo que entonces el sentio varía en el mercado (primera curva de la segunda gráfica). Por tanto, resulta posible, teniendo en cuenta el retardo y el sentio, calcular el interés real de los luoghi, y esto es lo que nos muestra la última curva: revela un claro declive a partir de 1570, declinar que resulta más marcado después del año 1600. “De modo que [concluye nuestro autor] por una razón u otra, en la Génova de comienzos del siglo XVII había capitales prestados al 1.2%.” Lo que no sabemos es si esta situación anormal es o no un síntoma de buena salud del centro financiero.
El origen es tanto más curioso cuanto que pone también de manifiesto la venalidad de los que desempeñaban empleos reservados a los seglares. Al principio reinaba cierta confusión entre los funcionarios y los acreedores de la Santa Sede. Los funcionarios-acreedores formaban legión; a título de interés se les garantizaban rentas fijas. Así, en el colegio de los Presidentes annonae, fundado en 1509 y que incluía 141 cargos vendidos por la cantidad total de 91 000 ducados, se preveía un servicio-interés de 10 000 ducados sobre las rentas de los Salara di Roma. Más tarde, con la creación de la Societates officiorum, se logró dividir estas verdaderas rentas entre los pequeños acreedores, y desde entonces el carácter de funcionario ya no se confirió a los acreedores, sino a título puramente honorífico. Lo mismo ocurría ya con la serie de los Colegios de Caballeros, abierta en 1520 con la fundación de los Caballeros de San Pedro; después vinieron los Caballeros de San Pablo y los de San Jorge. Hasta que, por último, se pasó a las verdaderas rentas, por medio de los Monti creados por Clemente VII, un Médicis, probablemente, siguiendo el modelo florentino. Su mecanismo era idéntico al francés de las rentes sur l’Hôtel-de-Ville; se otorga una renta fija y garantizada a cambio de la entrega de un capital. Las acciones del préstamo se llamaron luoghi di monti, y eran unos títulos negociables, que de hecho se comerciaban tanto en Roma como fuera de ella, y por lo general, sobre la par. Así se fueron creando, a medida en que las circunstancias o las necesidades lo requerían, el Monte Allumiere, garantizado por las minas de alumbre de Tolfa, el Monte S. Buononaventura, el Monte della Carne, el Monte della Fede y otros muchos: sabemos de más de una treintena de ellos.
Por lo general eran préstamos reembolsables; el Monte Novennale, por ejemplo, creado en 1555, debía en principio reintegrarse a los nueve años. Pero también había préstamos a perpetuidad, cuyos títulos eran transmisibles por testamento. De hecho, uno de los sistemas que empleaban las finanzas pontificias para obtener beneficios a corto término consistía en transformar los títulos vitalicios en títulos perpetuos, los préstamos vacabili en non vacabili, lo que traía consigo una disminución del porcentaje del interés. Todos estos detalles y otros más evidencian la modernidad con que estaban concebidos los Monti romanos. No tienen nada que envidiar a los de Florencia o Venecia, ni tampoco a la Casa di San Giorgio o, a fortiori, a los juros de Castilla. Cualquier cálculo resulta difícil en este terreno: parece ser que de 1526 a 1601, el papado ha tomado en préstamo, para uso propio (y a veces para los representantes de la nobleza romana) 13 millones de escudos. Como es posible que esta cifra no logre impresionar al lector de hoy, quiero añadir que Sixto V fue capaz de distraer de las sumas persistentemente extraídas a particulares, 26 toneladas de plata y más de tres de oro, para guardarlas en su tesoro del Castel Sant’Angelo: extraña política campesina satisfecha por medios muy modernos. Puesto que estos Monti estaban concebidos para atender a una clientela internacional, no puede sorprendernos que la deuda pública disminuyese notablemente su pauta de crecimiento “en el momento
mismo que alcanzaba proporciones impresionantes en Roma”.[143] ¿Habremos de decir, con Leopold von Ranke, que la Roma de entonces “fue quizá el
principal mercado monetario de Europa”,[144] al menos en lo referente al dinero de los inversionistas? Es bastante posible, pero no se puede afirmar con seguridad. No es ahí donde debemos buscar el hecho decisivo, sino en la enorme expansión del mercado crediticio, donde todos los Estados, sean prudentes o temerarios, y también los innumerables accionistas, obtienen muy sustanciosas ganancias. Esta circunstancia no se puede explicar recurriendo simplemente a la coyuntura económica (por lo menos de acuerdo con nuestros cánones económicos). ¿Resultará explicable en términos de psicología colectiva, en la búsqueda apremiante de seguridad? En Génova, donde, de
1570 a 1620, la inflación “alcanzó un punto [escribe Carlo M. Cipolla][145] que ha sido calificado por los historiadores como el de revolución de los precios, se descubre a simple vista la paradójica disminución de las tasas de interés”, que, desde 1522, habían oscilado entre 4 y 6%, y que ahora pasan a 2 e incluso a 1.2%, al menos durante el periodo más fuerte de la depresión, el comprendido entre 1575 y 1588. Esta disminución ocurre a la par de la afluencia a Génova de numerario en plata y oro, en esta época difíciles de invertir: “Es la primera vez en la historia de Europa desde la caída del Imperio romano que se ofrecen capitales con una tasa tan baja, y esto es en verdad una auténtica revolución”. Faltaría analizar, si fuera posible, la situación de los otros mercados, y descubrir si las tasas de interés no han ocasionado —como es probable— saltos hacia delante en algunos negocios y hacia atrás en otros, como ocurre en las bolsas de hoy. En cualquier caso, este boom de las rentas, esta popularidad del papel de Estado, favoreció a los gobiernos del siglo XVI y les facilitó su tarea.
Tal como están las cosas, cabe pensar que las brutales exacciones del Estado turco en materia de beneficios y de concesiones de empleos proceden en buena parte del hecho de que, en Turquía, la apelación al crédito del pequeño y el grande ahorro no pudo llegar a practicarse como en el Occidente en beneficio del Estado. El crédito, sin embargo, existe en los países otomanos: ya hemos hablado antes del reconocimiento de las deudas de los