El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

La guerra y los Estados

nórdicas.[4] Son todos problemas de importancia. La llegada de un centenar de

piezas de artillería de Flandes a Málaga, en 1566,[5] por ejemplo, es un acontecimiento que inmediatamente registra la correspondencia diplomática. La noticia del envío de 40 piezas de Málaga a Mesina es interpretado por el embajador toscano en España como el anuncio de una expedición contra

Argel o contra Trípoli de Berbería.[6] En 1567, Fourquevaux declara que

bastarían 15 000 granadas para romper el cerco de Argel.[7] Lo que no debe parecernos excesivo, si se acepta —dando de lado a la enconada controversia suscitada por el tema— que esta isla fue salvada, en 1565, simplemente porque el duque de Florencia había mandado entregar a los Caballeros de Malta, un año antes, 200 barriles de pólvora; así opina, por lo menos, un[II-251]

informador español.[8] De donde se desprende la gran importancia de la Toscana en la fabricación de pólvora para cañones y de balas y mechas para arcabuces.

Pero la dificultad estriba en poder datar las transformaciones y sus incidencias. Esta historia profunda escapa en gran parte a nuestro conocimiento; todo lo que podemos percibir son unos cuantos trazos, algunas

vagas perspectivas. Aunque podamos fijar en el año 1550[9] la aparición en la flota veneciana de las temibles galeas provistas de artillería (las galeazas, a las que indudablemente se debió, técnicamente hablando, la victoria de Lepanto), sólo podemos seguir de un modo muy vago el desarrollo en el Mediterráneo de los galeones armados que, ya a fines del siglo, vemos

emplear a los turcos en el trayecto de Constantinopla a Alejandría.[10] Pues, cuando la cristiandad logra un claro avance, las técnicas pasan de una orilla a otra del mar, los materiales tienden a unificarse y a limitar con ello, en consecuencia, el alcance político de estas innovaciones. La artillería sirve lo mismo al empuje de los cristianos contra Granada y el norte de África, que a las victorias de los turcos en los Balcanes, cuando la decisiva batalla de

Mohaes,[11] [12] por ejemplo, en Persia o en el mismo norte de África.

 

La guerra y los Estados

 

La guerra es un gasto, un derroche. Ya Rabelais decía que “el dinero es el nervio de la guerra”, y seguramente no era el inventor de la frase.

Decidir la guerra o la paz cuando uno quiere y, no cuando los demás, es, en principio, privilegio del fuerte; pero siempre es posible la sorpresa. En torno de cada imperante y en el mismo ánimo de éste, viven en difícil equilibrio ambas posiciones. El conflicto encarna, por lo general, en dos grupos de eternos antagonistas: los partidarios de la guerra y los partidarios de la paz. El ejemplo clásico de esto nos lo ofrece, hasta 1580, la España de Felipe II. Durante años se plantea en la corte este problema: ¿quién ganará el[II-252] ánimo del Rey Prudente, los amigos de Ruy Gómez el pacífico (que siguen agrupados incluso después de la muerte de su conductor) o los partidarios del duque de Alba, el belicista, siempre dispuesto a recurrir a la fuerza para imponerse? Pero ¿qué príncipe, qué estadista no ha tenido que enfrentarse siempre con estas dos tendencias, representadas cada una de ellas por una serie de hombres? ¿No se alza frente al propio Richelieu, al final del

dramático año de 1629, el pacífico ministro Marillac?[13] Y son muchas veces los acontecimientos los que se encargan de forzar la elección entre los dos partidos, destacando al “hombre impuesto por las circunstancias”.

Invocar los Estados es también, o debiera serlo, invocar los presupuestos, los gastos de la guerra. Vemos la miserable y costosa guerra de Irlanda, por ejemplo, arruinar las finanzas de la reina Isabel en los finales de su glorioso reinado, y preparar por adelantado, más que cualquier otra razón, el advenimiento de la paz de 1604. En el Mediterráneo, la guerra es tan gravosa que provoca toda una serie de bancarrotas, lo mismo en España que en Turquía. Los gastos de Felipe II son enormes. En 1571 se calculaba en Madrid que el sostenimiento de una flota aliada (la de Venecia, el papado y España), formada por 200 galeras, 100 navíos redondos y 50 000 soldados,

costaría más de cuatro millones de ducados al año.[14] Estas flotas son verdaderas ciudades flotantes que devoran créditos y provisiones. Calculábase que el sostenimiento anual de una galera costaba tanto como su construcción,

o sea, 6 000 ducados,[15] hacia 1560, cifra que pronto habría de aumentar considerablemente. Podemos decir, calculando por lo bajo, que, de 1534 a[II-253] 1573, los armamentos marítimos se han triplicado. En el momento de Lepanto hay entre 500 y 600 galeras activas en el Mediterráneo (entre cristianas y

musulmanas), es decir (y de acuerdo con las cifras dadas en nota),[16] de 150 000 a 200 000 hombres, entre remeros, marinos y soldados, todos unidos por los azares de la navegación, o, como dijo García de Toledo, a la merced de los elementos —agua, fuego, tierra y aire—, pues todos los elementos amenazan la precaria existencia del hombre en el mar. Un estado de cuentas siciliano por diversos suministros hechos a la flota en 1573 (galletas, vino, carne

salada, arroz, aceite, sal y cebada) asciende a unos 500 000 ducados.[17] Así, pues, la guerra de escuadras dependía de la movilización de grandes cantidades de dinero y hombres: soldados harapientos reclutados en España y a los que se vestirá en ruta —cuando se les viste—; lansquenetes que, por Bolzano, llegan a pie a Italia y hacen cola en La Spezia, esperando la llegada de las galeras; italianos aventureros reclutados o aceptados para llenar los huecos que producen las deserciones y las epidemias; y, sobre todo, las largas filas de galeotes camino de los puertos, nunca en suficiente cantidad para empuñar todos los numerosos remos rojos de las galeras… De ahí la