El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

La trashumancia castellana

 

La trashumancia castellana es un magnífico ejemplo que avala todo lo afirmado hasta ahora. Como sus avatares han sido descritos cientos de veces, nos son ya familiares sus realidades, sus dificultades y su complejidad general.

En principio, debemos distinguir entre una gran trashumancia, con desplazamientos que pueden llegar a los 800 kilómetros, y una trashumancia de cortas o muy cortas distancias. Aquí trataremos únicamente de la grande, esa que depende del ilustre sindicato ovejero de la Mesta (cuyos privilegios se remontan al año 1273). Como afirma un naturalista de finales del siglo XVIII, España «posee dos especies de ovejas»: las de primera, de lana ordinaria, transcurren su vida en el lugar de nacimiento, sin cambiar nunca de pastizales y volviendo todas las tardes al redil; las otras, las de lana fina, han de viajar cada año, y, después de haber pasado el verano en las montañas, bajar a las templadas praderas de las regiones meridionales del Reino, como lo son la Mancha, Extremadura y Andalucía. A esta segunda especie se la designa con

el nombre de [309] ovejas ambulantes. Como toda distinción, no puede ser sino aproximativa: no se consideraba ovejas ambulantes sino a aquellas que viajaban —con sus preciosos vellones teñidos de arcilla roja en tiempo de invierno— hasta los extremos confines de Castilla, por las carreteras principales, las cañadas, en las que se encontraban con su buena docena de peajes reales. Pero había, además, otros tráficos pastoriles, por las rutas secundarias (cordeles, veredas). Estos rebaños ajenos al gran tráfico oscilan de acuerdo con las estaciones; se los denomina ganados travesíos, riberiegos o merchaniegos —este último nombre cuando se dirigen a los mercados—. Una lucha larga y tesonera permitirá a las autoridades reales extender su control más allá de las rutas principales. Ello explica la veloz subida, hasta

1593-1599,[310] de las imposiciones sobre el ganado lanar. Pero no es este nuestro problema.

Nuestro problema consiste en reconstruir esta gran trashumancia a lo largo de las cañadas —cuyo mapa reproducimos aquí, tomado del libro ya

clásico de Julius Klein[311]—; los animales se mueven siguiendo rutas meridianas: constantemente de norte a sur, y a continuación, de sur a norte. No hay duda posible a este respecto: no obstante la amplitud de los desplazamientos (por lo general, horizontalmente, o a través de un paso entre montañas), no nos encontramos ante un caso de nomadismo, puesto que esos corderos y ovejas van dirigidos únicamente por pastores especializados: los rabadanes, pastores jefes y pastores subalternos, armados de hondas y grandes cayados, acompañados de sus propias mulas, de unos cuantos caballos, de sus calderos para cocinar y de sus perros. No se trata en modo alguno de un pueblo que se desplaza. Podemos afirmar, sin lugar a dudas, que nos hallamos ante una trashumancia inversa. Los ganados de lana fina van de las altas regiones del norte a las regiones bajas meridionales. Rebaños y propietarios (tanto los grandes como los pequeños) proceden del norte, en especial de las cuatro grandes ciudades que defienden en las Cortes los poderosos intereses de la Mesta: León, Segovia, Soria y Cuenca. Por otra parte, la totalidad del sistema depende de los pastizales de verano, es decir, de los del norte; al sur, las amplias y vacías llanuras de Extremadura, la Mancha

y Andalucía permitían una expansión ilimitada[312]. Por eso, si los rebaños castellanos no cruzan la simbólica frontera portuguesa, no es solo debido a la oposición de los vigilantes vecinos, sino también a que no existía el problema de la falta de espacio, pese a que los castellanos se quejaran constantemente de aquella restricción.

FIGURA 6. Las trashumancias castellanas. Según Julius Klein, The Mesta. A Study in Spanish Economic History 1273-1816, Cambridge, 1920, pp. 18-19.

Dicho esto, dejaremos de lado por el momento todo lo referente a los innumerables conflictos entre campesinos y pastores (que aumentaban, sobre todo, en el camino de vuelta de los rebaños); tampoco nos ocuparemos de las luchas entre rebaños de cortas y largas distancias; a favor de los rebaños de establo, estantes o travesíos, intervienen ciudades que, como Salamanca, quedan fuera de la órbita de la Mesta, es decir, ciudades donde existía una aristocracia local de gentileshombres y propietarios. Tampoco nos detendremos a considerar las luchas entre ese grupo de presión que es la Mesta y las jurisdicciones hostiles a sus privilegios judiciales, ni en la lucha por los peajes entre el Estado, las ciudades, la alta nobleza y la Iglesia… Sin embargo, todos estos hechos —que conocemos bien— evidencian la complejidad del sistema de la trashumancia, apoyado como estaba en otros sistemas y comprensible únicamente a la luz de una larga evolución anterior. La cría de ovejas ha significado más para la economía española —dice, sonriendo, un historiador— «que el olivo, la viña, el cobre, y más, incluso,

que los tesoros del Perú»[313]. Y tiene razón. Pero en ello debemos ver bastante más que una simple difusión, a la altura del siglo XIV, del cordero merino, producto del cruce entre corderos de España y corderos traídos de África del Norte. Han sido necesarias una conjunción de circunstancias y una complicidad de las coyunturas internacionales para la instauración (y crecimiento, hasta aproximadamente 1526) de la Mesta. Sin la crisis por la que pasó Europa durante los siglos XIV y XV, sin la atracción de los posibles bajos precios de la lana castellana, sin la bien conocida disminución de las exportaciones de la lana inglesa, sin la próspera actividad de las ciudades italianas, habría sido imposible e impensable el desarrollo del ganado lanar

castellano con sus millones de ovejas itinerantes[314].

En resumen: el ejemplo de Castilla, con su espectacular expansión, nos lleva a una conclusión nada ambigua: toda trashumancia presupone complicadas estructuras internas y externas, e instituciones de gran peso. En el caso de la lana castellana, incluye ciudades y mercados, como Segovia; negociantes genoveses que compran la lana por adelantado y que, como los florentinos, cuentan con tinas propias donde preparar el vellón; sin contar los representantes castellanos de estos grandes comerciantes; los transportistas de las balas de lana; las flotas que parten de Bilbao en dirección a Flandes (bajo el control del consulado de Burgos) o las expediciones a Alicante o Málaga con destino a Italia; o, para tomar un ejemplo más simple, la indispensable sal, para los rebaños, que hay que comprar y llevar a los pastizales. Resulta imposible explicar la trashumancia castellana prescindiendo de este amplio contexto, del cual es ella origen y a la vez prisionera.