El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Las penurias del invierno

Un trabajo positivo se desarrolla, sin embargo, durante el invierno, uno solo: las negociaciones, las discusiones diplomáticas, las resoluciones pacíficas. Desde este punto de vista, el invierno era un alto saludable. Cuando estudiemos los tratados de paz, de los que se hablará en este libro, veremos que fueron concertados siempre en los meses de invierno y son anteriores a los tumultos y a los hechos irreparables del verano. La paz de Cateau-Cambrésis salió de las pláticas mantenidas en el invierno de 1558-1559, y se firmó el 2 y el 3 de abril de 1559. Las treguas hispanoturcas tienen lugar en pleno invierno, y la de 1581 fue firmada el 7 de febrero. La paz de Vervins data del 2 de mayo de 1598. La tregua de los doce años se firmó en La

Haya[133] el 9 de abril de 1609. La única excepción a la regla es la paz

hispanoinglesa, firmada el 28 de agosto de 1604[134]. Pero ¿acaso no era ya, antes de firmarse, un hecho desde la muerte de Isabel, en marzo de 1603, y desde antes del viaje de don Juan de Tassis, conde de Villamediana, a Inglaterra (junio de 1603)? Estamos muy lejos de pensar que el simple vaivén de las estaciones rija el complicado juego y los enmarañados hilos de la diplomacia. Sin embargo, la fecha de los acuerdos tiene su importancia. ¿Cuándo se producen? A comienzos del invierno, apenas se inician las conversaciones; cuando el invierno está a punto de expirar, el debate llega a su punto culminante, ¿no era el temor, la aprensión del verano y de sus enormes gastos militares, lo que hacía razonables los gobiernos?

 

Las penurias del invierno

 

He aquí, pues, el Mediterráneo bajo el signo del reposo y de la paz, dulces imágenes que sugieren otras: la de los, al parecer, soleados meses de enero, que tanto ponderan los carteles de propaganda de la Costa Azul; o la de las bandadas de pájaros migratorios que descienden sobre las tierras de Mediodía

—como un maná—, especialmente en el Egipto, que Belon du Mans[135] vio «todo blanco» de pájaros, sin duda por la época en que, en aquellos campos, se pueden coger con la mano las codornices.

Pero el invierno mediterráneo, como el de Europa, es una realidad mucho menos seductora. En las ciudades especialmente, y a menudo en la montaña, representa una dura prueba para los pobres. El 6 de noviembre de 1572, Juan

Andrea Doria escribía a don Juan de Austria[136]: «V. A. sabia que como no se coge trigo en aquella tierra y muy poco de todo lo demás que es menester por el sustento de la gente, assi ay mucha pobreza no solo en las montañas, pero también en la propia ciudad de manera que passan los pobres trabajo en vivir y lo passan tanto mayor en el invierno quanto que a la necessidad del pan se añade la del vestir y les falta la forma de trabajar…». Y la carta termina diciendo que «es posible reunir en Génova, para la primavera que viene, forzados para la tripulación de diez galeras voluntarias». Es este, si no me equivoco, un documento abrumador para la Génova de los banqueros y