El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Nobleza en venta

[164] tampoco hay que desecharlo todo. Ni negarse a creer en estos dramas, en

estos crímenes contra la “limpieza de la sangre”,[165] que llegan hasta las[II-106] mismas cúspides de la sociedad. Los matrimonios con las hijas de acaudalados marranos, el drama banal de los casorios desiguales, cobra en la formalista y puntillosa España un valor trágico. Pero no por ello dejan de ocurrir.

 

Nobleza en venta

 

Para quien sueña con un título de nobleza, hay otros medios más rápidos de prosperar, que van multiplicándose a medida que avanza el siglo. El secreto consiste siempre, por supuesto, en desembolsar buenos dineros. Los títulos y los bienes de la nobleza pueden, ahora, adquirirse, lo mismo en Suabia, donde estos bienes reportan muy poco, que en Nápoles, donde son, generalmente, una carga y se convierten no pocas veces, cuando quien los adquiere no sabe administrarlos, en causa de estrepitosas ruinas. Pero, al fin, siempre será la vanidad quien decida: en Boisseron, cerca de Lunel, lugar por

donde pasa Thomas Platter[166] el 3 de agosto de 1598, hay un castillo y un pueblo, pertenecientes ambos a “M. Carsan, un simple ciudadano de Uzès, el cual acaba de regalárselos a su hijo, quien por esta causa se convierte en barón de Boisseron, pues es una tierra con título”. Conocemos miles de ejemplos como éste. En Provenza, a partir del siglo XV, la compra de tierra por parte de una burguesía enriquecida por “el comercio, el tráfico marítimo, el ejercicio de la ley y los más diversos cargos” constituye, “al mismo tiempo, una inversión provechosa y segura, la creación de un patrimonio familiar, una prueba de éxito y, finalmente, pretexto para un ennoblecimiento por lo general rápidamente obtenido”. Los Guadagni, mercaderes italianos establecidos en Lyon, poseían, hacia 1560, una veintena de señoríos entre

Borgoña, la región de Lyon, delfinado y Languedoc.[167] En octubre de ese mismo año, el abogado François Grimaudet declaraba a la asamblea del

Estado General de Angers:[168] “Es infinito el número de falsos nobles, cuyos padres y antepasados han hecho sus armas y sus actos de caballería en las tiendas de los vendedores de harina de maíz, en las vinaterías y pañerías, y en[II-107] los molinos y tierras de los nobles”. “Son muchos los que se han introducido entre los nobles [dice otro contemporáneo], mercaderes que imitan y se

esfuerzan por lograr los modales tradicionales de los nobles.”[169] En el siglo XVI, apenas hay un Estado ni un príncipe que no estén dispuestos a vender por dinero contante y sonante títulos de nobleza. En Sicilia, desde 1600, se venden a alto precio marquesados, condados y principados a quien los

solicitara, mientras que hasta entonces rara vez se concedían tales títulos.[170] La época de la moneda falsa es también la época de los títulos falsos. Un

largo memorial español, escrito hacia 1600,[171] indica que el número de títulos nobiliarios, en Nápoles, se ha multiplicado extraordinariamente. Como ocurre con toda mercancía cuando crece demasiado la oferta, los títulos se deprecian de golpe y porrazo, si no los de conde, por lo menos los de marqués. Hasta “se han creado algunos duques y príncipes que habría sido mejor evitar”. En todas partes se compra la nobleza como mercancía de feria:

en Roma, en Milán, en todo el imperio, en el Franco Condado,[172] en Francia,

en Polonia,[173] e incluso en Transilvania, pululan los “gentileshombres de

pergamino”.[174] [175] En Portugal las concesiones habían comenzado en el siglo XV, siguiendo el ejemplo de los ingleses. Los primeros duques aparecen en 1415; el primer marqués, en 1541, y el primer barón, en 1475.

En España, la Corona, que desde muy temprano incrementó el número de sus grandes, no indiscriminó a bajos niveles, es mucho menos diligente en cuanto a la baja nobleza. Su incesante penuria de dinero la lleva a vender a todas horas pergaminos de “hijosdalgo” y hábitos de las Órdenes a quienes pueden pagarlos, a los “indianos” o “peruleros” enriquecidos en las Indias o,

peor aún, con la usura.[176] ¿Qué otra cosa se podía hacer? Si la Corona está corta de dinero —aconseja el conde de Orgaz al secretario Mateo Vázquez, en una carta que le escribe desde Sevilla el 16 de abril de 1586— se habrá de resignar a vender hidalguías, aun a precio de faltar a las promesas hechas de[II-108]

nunca más sacarlas a subasta.[177] Evidentemente, como es de suponer, las

cortes de Castilla se quejan de ello,[178] pero nadie les hace caso ni puede hacérselo. Seguirán las ventas y se llegará a tal extremo, que en 1573 el gobierno de Felipe II se verá obligado a promulgar ordenanzas sobre los

“feudos nuevos”.[179]

Muchas veces se ha dicho que esta moda de los títulos, llevada hasta la locura, viene de España, que es uno de sus artículos de exportación, como los trajes ajustados de los hombres, los bigotes, los guantes perfumados o los temas de la comedia… Pero la nueva moda no es simple y pura vanidad. La burguesía sabe sacar ventajas de sus compras, y en éstas entraba una buena parte de cálculos razonables. La burguesía, en esta época, se orienta hacia la tierra como hacia un valor seguro, y ello refuerza el nuevo orden social, que se instaura y se desarrolla sobre bases señoriales. Es indiscutible, sin embargo, que la envidia, el deseo de ascender en la escala social, animan a todo este mundo en trance de ascensión. Aparentar… La política no siempre es locura, aunque no sea siempre razonable. Los hombres son como los Estados, con sus disputas de rango y de precedencia, vanas querellas que ocultan, no pocas veces, pretensiones muy precisas y con los pies bien plantados sobre el suelo. En 1560, Nicot, embajador del Rey Cristianísimo en