El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Las rentas sobre tierras

Los salarios nominales suben más o menos rápidamente con el alza de los precios, y en algún momento, durante algunas depresiones, parecen incluso altos; pero traducidas a salarios reales, todas las cifras hablan el mismo lenguaje y nos dicen de la espantosa miseria de los pobres. En España, sobre la base de 1571-1580 = 100, los salarios, que en 1510 acusaban un índice de 127.84, descienden en 1530 a 91.35; en 1550 llegan a 97.61; en 1560 a 110.75; en 1570 a 105.76; en 1580 a 102.86; en 1590 a 105.85, y en 1600 bajan a 91.31. Hasta después de la crisis de 1600 y de las grandes epidemias que reducen considerablemente la población de la Península, no suben vertiginosamente los salarios, con la inflación del vellón, a 125.49 en 1610 y a 130.56 en 1611. La revolución de los precios no hace aumentar los salarios

en España; significa, para ellos, una regresión económica[358], aunque les favorezca, es cierto, más que a los artesanos de Francia, Inglaterra, Alemania

y Polonia[359] [360] . La misma situación adversa se produce en Florencia,

donde el salario real disminuye como consecuencia del alza de los precios.

Son visibles los signos monetarios de esto, pues el salario de los pobres, sus gastos y su vida cotidiana no dependían nunca de las monedas de oro y poquísimas veces de las monedas de plata y se tasaban casi siempre en vellón y cobre, en la moneda que, por oposición a la moneda blanca de plata, llamaban en Venecia moneta nera. La moneda que interesaba a los pobres era la de cobre, explica Davanzati, y el agrónomo Alonso de Herrera precisa a su manera voluntariamente simple, «vengamos a las monedas de metales baxos, que en estas se conoce y entiende mejor la fertilidad y abundancia, pues con

ella se compra por menudo lo necesario y cotidiano cada hora»[361]. A continuación explica su teoría de la moneda baja, que nos llevaría muy lejos de nuestro tema. Habría que hablar en realidad de trimetalismo, y no de bimetalismo. Para reajustar las monedas de cobre o de vellón, se las retira continuamente de la circulación y se ordena que sean llevadas a las Casas de la Moneda… Se las acuñaba cada vez de menos peso y se las ponía de nuevo en circulación. Con frecuencia, esta constante devaluación del cobre no guarda proporción con la necesaria armonía de las monedas. En todo esto, el que salía ganando era el Estado y no el público, y menos aún los pobres. Esta manipulación comenzó temprano en el caso de España y de Sicilia, donde los

piccioli [362] se refunden y reacuñan desde 1563 y 1568.

 

Las rentas sobre tierras [I-696]

La inflación afecta por igual a los ricos y a los pobres, pero no a todos los ricos. Afecta a los «industriales», a los mercaderes, a los financieros (y que se nos excuse el empleo de estas palabras cómodas, aunque sean anacrónicas). Afecta a cuantos, directa o indirectamente, se ven envueltos en los peligrosos y falaces remolinos de la moneda. Menos a los señores, a los terratenientes. Así lo evidencia el preciso estudio de Carlo M. Cipolla sobre las Finanze dei

Borghi e Castelli sotto il dominio spagnuolo[363], sustancial artículo que se refiere al castillo de Tegiole, cerca de Alejandría, antiguo feudo del obispo de Pavía, a fines del siglo XVI y comienzos del XVII. Sobre el particular, comprueba que no todos los tributos en especie y censos se convierten en rentas en dinero (además, cuando los pagos se hacían en dinero, dependía siempre del señor o de su mayordomo la estimación del importe); y, finalmente, que junto con las rentas de carácter feudal, de valor bastante escaso, el castello contaba con otras modernas, podríamos decir, correspondientes a los arrendamientos y que obligaban a los contadini a entregar al señor sacos de trigo, avena, habas y frijoles, barricas de vino, carretadas de heno, etc., rentas que representaban, en realidad, los ingresos esenciales del castello.

Si, partiendo de estos pocos detalles, recordamos al embajador español

Bernardino de Mendoza[364], cuya hermana administraba sus tierras en ausencia del señor, procediendo cada verano a vender el trigo de la cosecha, o si evocamos al duque de Alcalá, virrey de Nápoles, que en 1559 adquirió

1500 vasallos de los dominios reales[365]; si rememoramos a los señores de Aragón, dueños de pequeños Estados, o a los grandes de Castilla, poseedores de grandes extensiones de tierras, rebaños y campos de trigo, o, por último, a los señores de Sicilia, vendedores de cereales, vino o seda, la impresión sigue siendo la misma: la tierra confiere a estos señores, tan diferentes los unos de los otros, un apoyo regular; en los periodos inestables de alza de precios, los mantiene al margen, fuera del torbellino de la inflación. Si este mundo señorial y terrateniente domina Europa a comienzos del siglo XVII es porque su férula se ha aflojado mucho menos de lo que generalmente se piensa. La tierra había sido, una vez más, para quienes supieron aprovecharla, una fuente de riqueza. No andaban, pues, descaminados los mercaderes y los ricos de las ciudades que compraban con sus ganancias tierras o señoríos, ni al hacerlo obraban solamente por móviles de vanidad. Recordemos la voracidad con que los ricos toscanos y los riquísimos genoveses compraban señoríos y títulos en Nápoles. Vanidad, tal vez, pero también prudencia, y cálculo, sabiduría de padres de familia.