El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
La piratería, vinculada a las ciudades
En 1596, algunas tartanas francesas, especialmente provenzales, se dedican al[II-289]
saqueo a lo largo de las costas de Nápoles y de Sicilia.[143] Unos 20 años
antes, en el verano de 1572,[144] un barco marsellés, el Sainte-Marie et Saint-Jean, capitaneado por Antoine Banduf, regresa de Alejandría trayendo a bordo un rico cargamento. El temporal lo separa de la flotilla de los navíos marselleses con los que navega en conserva y encuentra un navío mercante ragusino procedente de Candía, y que va a cargar trigo en Sicilia para Valencia. El buque de carga apresa a la barca marsellesa y “la echa a pique, ahogando al dicho capitán, a sus oficiales y marineros, después de apoderarse de todas sus mercancías”. Son episodios frecuentes en este mundo del mar. En 1576, un capitán de barco francés se encontró en apuros en Alicante, y bien sabe Dios lo expertos que los españoles eran, si hemos de creer las interminables quejas de los marinos franceses, en crear a otros apuros y dificultades cuando querían. Pero el capitán es atrevido, toma presa a la gente que han subido a bordo y, no contento con ello, lanza la escala a las murallas
de la ciudad.[145] ¿No estaba todo permitido, con tal de tener éxito? En 1575, una nave francesa cargó en Trípoli pasajeros moros y judíos con destino a Alejandría, “personas de todas las edades y de ambos sexos”. El capitán no tiene empacho en conducir el barco, con carga y pasajeros, al puerto de
Nápoles, donde lo vende todo.[146] Un hecho aislado, sin duda, pero que se repetirá en 1592: un tal Couture de Martigues, habiendo embarcado turcos en
Rodas para Egipto, los transporta a Mesina para venderlos como esclavos.[147] Puro bandolerismo: durante el verano de 1597, unos bandidos han armado unos cuantos leuti y se dedican a piratear a lo largo de la costa genovesa, sin
plan alguno, fiados en lo que les pueda salir al paso.[148] ¿Cómo se nos ha contado la historia para que hechos como éstos, tan familiares a los marinos de todas las nacionalidades, nos llenen, pese a todo, de estupor?
La piratería, vinculada a las ciudades [II-290]
Como monsieur Jourdain, el personaje de Molière, ¡cuántos marinos que navegan more piratico se quedarían estupefactos si oyeran que se les calificaba de corsarios por no decir piratas! En 1573, Sancho de Leyva propone hacerse a la mar con algunas galeras de Sicilia, rumbo a las costas de
Berbería, “para ver si se puede haver algunos esclavos”[149] destinados al remo. ¿Cómo clasificaremos este proceder? De vez en cuando, las escuadras destacan algunas galeras para que vayan a recoger informes y, desde luego, para piratear, si se presentaba la ocasión. Pues también piratear es hacer la guerra, la inevitable guerra contra los hombres, las embarcaciones, las aldeas y los rebaños; es comerse los bienes del enemigo, nutrirse de ellos para estar más fuerte. En 1576, el marqués de Santa Cruz se va a patrullar las costas de Tunicia. Podríamos decirlo también de otro modo, con menos miramientos:
va a saquear las pobres islas Kerkena…[150] Cualquiera está habilitado para merodear; después de 1580, tampoco se privan de ello los navíos mercantes ingleses, y hasta ganan la reputación (los mediterráneos se la fabrican) de despiadados y carentes de escrúpulos. Pero el corso, rozando la piratería,
formaba parte de la tradición del mar, [151] l’usanza del mare . La oficialidad naval de los Estados abre a ella sus filas, vive de ella y, a veces, proviene, incluso, de ella: el poderío turco comienza su carrera ascendente con las
hazañas de los corsarios en las costas del Asia Menor.[152] Y la misma flota turca, en sus andanzas por el oeste, ¿qué hacía sino piratear, en misión oficial y en grandísima escala?
La piratería —¿diríamos, la verdadera piratería?— casi siempre es obra de una ciudad que actúa por su cuenta, o, por lo menos, al margen de un gran Estado. Tal ocurre en el siglo XVI, y hasta en tiempo de Luis XIV. Cuando el Rey Sol no pudo seguir sosteniendo la guerra de escuadras contra Inglaterra y sus aliados, practicó o dejó que se practicara la guerra del corso. Saint-Malo y Dunquerque suplantan, para estos efectos, a Francia. En el siglo XVI, Dieppe y más aún La Rochela son ya centros de piratería, el segundo de estos puertos dentro del marco de una verdadera república municipal. Enumerar los centros de piratería del Mediterráneo equivaldría a enumerar una serie de ciudades decisivas. En el campo cristiano, La Valeta, Liorna y Pisa, Nápoles, Mesina,[II-291] Palermo, Trapani, Malta, Palma de Mallorca, Almería, Valencia, Segna y Fiume; en el campo musulmán, Valona, Dirraquio, Trípoli de Berbería, Túnez
y La Goleta, Bizerta, Argel, Tetuán, Larache y Salé:[153] he ahí los centros de la industria corsaria. Tres ciudades nuevas se destacan en esta lista: La Valeta, construida por los Caballeros de Malta, en 1566; Liorna, que hasta cierto punto vuelve a fundar Cosme de Médicis y, sobre todo, Argel, ciudad que descuella sobre todas las otras por su pasmosa prosperidad.
No es ya, ciertamente, el Argel beréber de comienzos de siglo, sino una ciudad nueva, que ha surgido “a la americana”, flamante, con su muelle, su faro, sus arcaicas pero sólidas murallas y, además, las grandes obras de ingeniería militar que completan y refuerzan su defensa. Los corsarios encuentran aquí amparo y avituallamiento, mano de obra calificada, calafates, fundidores, carpinteros, velas, remos, un activo mercado para colocar su botín, hombres que se dejan alucinar por la aventura del mar, y, finalmente, los placeres de los puertos en que se hace escala, sin los cuales carecería de sus compensaciones la vida de violentos contrastes de los corsarios. Tan pronto como regresa de uno de sus viajes de piratería, Alonso de Contreras se va corriendo a La Valeta, que no es sólo la ciudad de los duelos y las plegarias, sino también el lugar ideal para gastarse las monedas de oro con las quiracas, las mujeres de vida galante. En Argel, en cuanto entraba al puerto alguna flotilla, los corsarios celebraban sus festines con la mesa cubierta para todos en las casas de la ciudad y en las casas de campo del Sahel, cuyos jardines son los más bellos del mundo.
La piratería exige necesariamente un circuito de intercambio: es inseparable del comercio. Argel no habría llegado a convertirse en un gran centro de corsarios sin llegar a ser, al mismo tiempo, un activo centro comercial. Lo es ya en 1580, cuando Haedo observa la ciudad, con su lúcida mirada. Para avituallarse, para alimentarse, a veces, y para revender las presas, la ciudad necesita que lleguen a ella caravanas y naves extranjeras, barcos que vienen a rescatar a los cautivos y que proceden de toda la cristiandad: marselleses, catalanes, valencianos, corsos, italianos de todas partes de la Península, ingleses, holandeses. Y necesita que afluyan también, atraídos por el apetitoso olor de las tabernas y hosterías, los rais de todas las[II-292] nacionalidades: musulmanes o semimusulmanes, incluso nórdicos a veces, con sus galeras o sus finos veleros corsarios.
Por tanto, una ciudad poderosa, libre de trabas: no hay terreno más propicio para la gente de la piratería. En el siglo XVI todo Estado se halla profundamente obligado, a pesar de todo, en el Derecho de personas y se le considera, al menos en teoría, obligado a respetarlo. Pero las ciudades de corsarios no tienen más remedio que mofarse abiertamente del Derecho de personas. Son mundos marginales. Argel, por ejemplo, en el apogeo de su prosperidad, de 1580 a 1620, obedece o no las órdenes del sultán, según sus conveniencias, y Constantinopla queda muy lejos de Argel. También Malta es un mundo aparte, una encrucijada de la cristiandad que quiere administrarse y se administra por sí misma, sin que nadie le dicte reglas. Nada más revelador,
en 1577-1578, por ejemplo,[154] que los esfuerzos del gran duque de Toscana, maestre de los Caballeros de San Esteban, en sus negociaciones con los turcos, para distinguir entre su causa y la de los Caballeros. ¡Caso curioso el de este príncipe, que niega su propia autoridad, por cierto muy real y efectiva! Y es que la piratería exige cierta libertad de acción, y hay que dársela, cueste lo que cueste, aun a costa de cierta hipocresía.
Pero el papel de la ciudad, con ser esencial, no lo es todo, sin embargo. Por debajo de la piratería urbana, de la gran piratería, existe un rango inferior, que linda muchas veces con el más vil merodeo. Son las pequeñas bestias de presa, que infestan los mares, que rondan entre las islas del Archipiélago y a lo largo de las costas griegas del oeste, en busca de un botín proporcionado a su tamaño. La simple contemplación de las torres de vigía que se alzan en el litoral de la Apulia las arroja de estos parajes malsanos hacia las costas y las islas del este. Gente de poca monta y con mínimas ambiciones: apoderarse de un barco de pesca, saquear un granero, apresar unos cuantos labriegos e internarse tierra adentro, sin alejarse demasiado de las playas, para robar algunas medidas de sal en las salinas turcas y ragusinas de Narenta… En ellos piensa Belon du Mans, quien tuvo ocasión de verlos operar en el
Archipiélago, cuando escribe:[155] imaginémonos, para empezar, «tres o cuatro hombres duchos en las artes de la marinería, ansiosos de lanzarse a la aventura, personas pobres que sólo tienen una pequeña barca, una fragata o un[II-293] bergantín mal equipado, y que llevan a bordo, si acaso, un cuadrante de navegar llamado bussolo, algunos artefactos de guerra y unas cuantas armas ligeras para combatir desde más lejos. Para poder vivir, un saco de harina y unas cuantas galletas, una barrica de aceite, otra de miel, unas cuantas ristras de ajos y cebollas y un poco de sal, que son todas las provisiones para un mes. Reunido todo esto, se lanzan a la aventura. Cuando el viento les impide navegar, sacan la barca a tierra, cubriéndola con ramas de árboles, cortan leña con sus cuchillos y hacen fuego… para calentar una torta de harina, que cuecen del mismo modo que lo hacían los soldados romanos en tiempo de guerra». Así comenzaron también los bucaneros del mar de las Antillas, en el
siglo [156] XVII .
Pero no se crea que estas pequeñas bestias carniceras son las que tienen las mandíbulas menos recias, o quienes, andando el tiempo, amasan las menores fortunas. Nada de eso, el viento tiene sus rachas y sus caprichos. La piratería es un mundo “a la americana”. Un pastor de rebaños puede llegar, con el tiempo y la suerte, a rey de Argel. Las biografías de los corsarios más afortunados están llenas de cambios maravillosos. Lo que no impedía, por lo demás, que Argel sea una ciudad de personas rústicas, de advenedizos toscos y endurecidos por las privaciones y entregados a todos los vicios. Cuando, en 1569, los españoles tratan de atraerse a Euldj Alí —el pequeño pescador calabrés convertido en “rey” de la ciudad, que pronto asombrará al mundo, levantando la poderosa marina del sultán—, le ofrecen un marquesado… La oferta que consideraban más tentadora para un villano.