El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

El Islam morisco

Vivir era, para el pueblo búlgaro, someterse a estas invasiones. Y, sin embargo, ¿el búlgaro no ha sabido conservar lo esencial, puesto que ha seguido siendo él mismo? Por mucho que haya tomado de ella durante esta larga convivencia, ha llegado a disolverse, sin embargo, en la masa turca y ha sabido salvaguardar cabalmente lo que le preservaba de esta disolución: su religión y su lengua, prendas de su resurrección en el futuro. Aferrado a su suelo, defendió y conservó estos bienes tenazmente. ¿No siguió poseyendo, acaso, las mejores regiones de su tierra negra? Cuando el campesino turco procedente del Asia Menor se instaló cerca de él, ¿no se vio obligado a contentarse con las laderas boscosas o con las tierras pantanosas, bordeadas de sauces, en el fondo de los valles, con el único suelo que el raia no había

ocupado?[122] Y, al desaparecer el turco, ¿el búlgaro no siguió siendo búlgaro, es decir, el mismo campesino que, cinco siglos antes, hablaba la misma lengua, oraba en las mismas iglesias y cultivaba las mismas tierras, bajo el mismo cielo?

 

El Islam morisco

 

Al otro extremo del Mediterráneo, los españoles debatíanse también con uno de estos pueblos inasimilables, y tomaban la cosa por lo trágico. Pocos problemas habrán dejado una huella tan profunda como éste en la Península.

Su mismo nombre indica que el problema morisco es un conflicto de religiones; dicho de otro modo y en un sentido más profundo, un conflicto de[II-175] civilizaciones, difícil, por tanto, de resolver y llamado a perdurar. Se llama moriscos, en efecto, a los descendientes de los musulmanes de España, convertidos al cristianismo en 1501, en las tierras de Castilla, y en 1526, en los dominios de la Corona de Aragón. A las veces mimados, adoctrinados, favorecidos y siempre temidos, fueron por último arrojados de España en las grandes expulsiones de los años 1609 a 1611.

Estudiar este problema equivale, en realidad, a poner en claro, desde mucho antes de la conquista de Granada en 1492, la larga supervivencia y lento naufragio del Islam ibérico. De este naufragio quedan sobrenadando

muchas cosas, incluso hasta más allá de la fatídica fecha de 1609.[123]

 

Problemas moriscos

 

No hay un solo problema morisco, sino varios. Tantos como sociedades y civilizaciones desesperadas, en vías de perdición. Ninguna de ellas se encontraba, en efecto, en el mismo punto de desgaste y decadencia: la cronología de la Reconquista y de la conversión lo explica de antemano.

La España musulmana en la época de su máxima expansión no llegó a tener bajo su dominio más que parte de la Península: las costas mediterráneas, Andalucía, el valle del Tajo, el valle del Ebro y el sur y el centro de Portugal. No se cuidó de las regiones de Castilla la Vieja y jamás llegó a penetrar de manera perdurable en los Pirineos ni en sus estribaciones cantábricas hacia el oeste. La Reconquista se desarrolló durante mucho tiempo en los semidesiertos de Castilla la Vieja, donde el cristiano tuvo que conquistar y poblar, edificar sus villas vigilantes y guerreras, llevándolo y constituyéndolo todo. Solamente en el siglo XI, ya victorioso, empieza a hacer mella en la parte viva del Islam ibérico: la toma de Toledo (1085) abre ante él este mundo codiciado. Y, sin embargo, Toledo no era, para el islam, más que la avanzada que se alzaba en el corazón continental de la Península.

Sólo gradualmente los reinos cristianos van tomando posesión de los poblados y fértiles valles de Aragón, Valencia, Murcia y Andalucía. Zaragoza[II-176] cae en 1118; Córdoba, en 1236; Valencia, en 1238; Sevilla, en 1248, y Granada mucho después, en 1492. Varios siglos separan, por tanto, las etapas sucesivas de la Reconquista.

Ésta, ya desde antes de 1085 asienta en las zonas sin ocupar a su población cristiana, pero después de esta fecha comienza a incorporar las tierras habitadas por fellahs, musulmanes o cristianos, y por vecinos de las ciudades, más o menos islamizados. Se pasa, por tanto —paso henchido de consecuencias—, de una colonización pobladora a una colonización explotadora; inmediatamente surge, con sus mil variantes, el problema de las complejas relaciones entre vencedores y vencidos y, por encima de ellas, entre dos civilizaciones.

Pero, como el debate no comienza simultáneamente en las diversas partes de esta España musulmana primero recobrada y después remodelada por el cristiano, los problemas que se perfilan en el siglo XVI no son en todas partes los mismos, ni mucho menos. Es, pues, una gran serie de casos diversos lo que nos ofrece esta España, todavía petrificada, aunque en distinto grado según los lugares, de vida musulmana. Casos inseparables, por lo demás, unos de otros y que se esclarecen mutuamente al relacionarse.

Sus mismas diferencias son otras tantas explicaciones. Por ejemplo, los moros de Granada son convertidos en 1499 por orden del gobierno. El cardenal Cisneros se decidió a ello contra el parecer de las autoridades locales, dando al traste con la promesa de los Reyes Católicos, que, en 1492, al capitular la ciudad, habían asegurado a ésta la libertad religiosa. El acto del cardenal, preparado con la complicidad de algunos conversos, fue precedido y acompañado por grandes manifestaciones, incluyendo el auto de fe de numerosos Coranes y manuscritos árabes… Ello trajo como resultado el levantamiento del Albaicín, el barrio indígena de Granada, y, después, la revuelta de la sierra Bermeja, que costó mucho sofocar. En 1502, habiéndose extinguido esta revuelta, no sin dificultad, los moros tuvieron que elegir entre convertirse o salir de España. No cabe duda de que, a pesar de los alegatos y las versiones oficiales, los Reyes Católicos, pese a la sorpresa que aparentaban, estaban perfectamente de acuerdo con el arzobispo de Toledo: la