El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
El Atlántico, en la escuela del Mediterráneo
salvajes costas irlandesas[259]. Cuando se viene del norte, como Felipe II en agosto de 1559, nunca se tiene la seguridad de poder navegar en derechura a
los puertos de profundo calado de la costa cantábrica[260]. El embajador Dantiscos, durante tanto tiempo representante de Polonia en la corte de Carlos V, hace, en diciembre de 1522, la experiencia de este viaje de Inglaterra a la Península. Y afirma que no hay nada en el Mediterráneo o en el Báltico que se pueda comparar con la horrible violencia del «Mar de España». «Ni aunque fuese el imperio mundial el premio de semejante viaje, me
lanzaría yo jamás a tan peligrosa aventura», exclama[261].
Y, efectivamente, el premio del «imperio del mundo» se ha obtenido después de soportar los peligros del Atlántico próximo y del golfo de Gascuña. Europa hizo sobre esas terribles aguas su duro aprendizaje oceánico y preparó la conquista del mundo.
El Atlántico, en la escuela del Mediterráneo
¿Cómo influyeron estos océanos en la vida del Mediterráneo y cómo actúa este en sus inmensos espacios?
La historiografía tradicional no distinguía entre diferentes Atlánticos y los consideraba como una totalidad, la cual era el enemigo número uno del mar interior: una vasta extensión que subyuga a otra menor. Esto es simplificar las cosas. Y puestos a exagerar, tanto valdría decir que el Mediterráneo ha dominado durante mucho tiempo a su inmenso vecino, y que su decadencia se puede explicar, entre otras razones, desde el momento que ha perdido el control de aquel. Vale la pena repetirlo: la historia no la hacen los espacios geográficos, sino los hombres que dominan o descubren estos espacios.
En el siglo XVI, el Mediterráneo mantiene evidentes prerrogativas en el oeste del Atlántico. La prosperidad oceánica le beneficia: participa de ella en todas las circunstancias. Barriles de bacalao de Terranova, azúcar de las islas (Madera, São Tomé), azúcar y madera de tinte del Brasil, oro y plata de la América española, pimienta, especias, perlas y sedas del océano Índico, todo ello traído en barcos que doblan el cabo de Buena Esperanza: el Mediterráneo tendrá su parte de estas riquezas remotas y de esta nueva actividad mercantil. Y no será durante el siglo XVI ese universo olvidado y empobrecido, arruinado, como se supone, por los viajes de Colón y de Vasco de Gama. Muy al contrario: el Mediterráneo da forma al Atlántico, y reinventa y proyecta su propia imagen en el Nuevo Mundo de los ibéricos. Historiador ha habido que al comentar la primera edición de este libro ha lamentado que el asno, símbolo de la vida cotidiana del Mediterráneo, no haya recibido el amplio