El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Los mares angostos, bases de la historia
adentro»[23]. Un historiador ha podido incluso decir de los primeros descubridores portugueses que en tiempos de Enrique el Navegante recorrieron el interminable litoral africano, que eran «tímidos y asustados
navegantes de cabotaje, sin la menor audacia marinera»[24]. En resumidas cuentas, y pese a frecuentar el océano, eran marinos mediterráneos. Sin embargo, una vez que pusieron a punto sus carabelas (esas naves revolucionarias, perfeccionadas en 1439-1440, con las que poder hacer frente a las dificultades que ofrecía el camino de vuelta de Guinea, con el viento de frente y las corrientes en contra), se lanzaron hacia las Azores, para, después
de completar un amplio arco de círculo, alcanzar Lisboa[25]. A partir de entonces comenzaron a meterse progresivamente mar adentro, convirtiéndose muy pronto en verdaderos maestros.
Los mares angostos, bases de la historia
El Mediterráneo no es un mar, sino una sucesión de llanuras líquidas comunicadas entre sí por puertos más o menos grandes. Así se individualizan, en las dos grandes cuencas del oeste y del este del Mediterráneo, entre las diversas avanzadas de las masas continentales, toda una serie de mares angostos, de narrow-seas. Cada uno de estos mundos particulares tiene sus características, sus tipos de barcos y de costumbres, sus propias leyes
históricas[26]; y, por regla general, los más angostos son los más ricos en significación y en valor histórico, como si el hombre se hubiese posesionado ante todo de los Mediterráneos de dimensiones restringidas. Estos pequeños mares siguen llevando hoy su vida local cada uno de ellos, tanto más pintorescos cuanto mejor se conserva en ellos el empleo de los viejos veleros
de carga y de las arcaicas barcas de pescadores[27]. Ahí tenemos, en Sfax, el mar de los Sirtes, el mar sahélico, con sus mahonas de velas triangulares, las barcas de los pescadores de esponja, los Kamaki, armados por los yerbianos y los kerkenianos que practican la pesca con tridente. Duda uno, viendo este
espectáculo, que vivamos en los tiempos modernos[28]. Se nos antoja doblar el cabo de Malea en compañía de Teófilo Gautier y entrar en el Archipiélago, con sus islas y sus aguas tranquilas; de pronto, «el horizonte se puebla de velas; los bricks, las goletas, las carabelas, los balandros surcan el agua azul en todas direcciones…». Tal es, todavía hoy, el privilegio y el sortilegio de
los mares angostos[29]. La supervivencia de estas viejas formas de transporte, tan tenaces, de estos circuitos inmutables a lo largo de tantos siglos, plantea todo un problema. Sus cortas travesías, sus cargamentos de flete menudo, les confieren importancia hoy como ayer, y el círculo estrecho y familiar que los rodea les proporciona seguridad. Las dificultades comenzarían para estas embarcaciones en las largas travesías, si se viesen obligadas a abandonar su cuenca natal, a doblar los peligrosos cabos. «Quien dobla el cabo de Malea —