El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Imperios y espacio
de la abundancia. Giovanni Botero[71], maravillado, calcula todos los soldados que podían vivir sobre su territorio, oficialmente reclutados o no, como voraces nubes de langostas sobre el inmenso país. ¡La inmensa Francia del siglo XVI!
Un documento veneciano de la misma época (1587) habla «del tropel de
extranjeros en armas que están entrando en Francia»[72].
Parecerán extrañas estas digresiones, pero hacen sensible la impresión de espacio desmesurado, para nosotros tan difícilmente imaginable cuando se trata del Mediterráneo. No basta repetir —por muy legítimas que sean— las expresiones empleadas por los historiadores economistas alemanes: Welttheater y Weltwirtschaft, «escenario mundial», «economía mundial», con tanta frecuencia empleadas por ellos para referirse al conjunto histórico y vivo del Mediterráneo, queriendo sugerir con ellas que, como un universo en sí mismo, como una economía-mundo, este mar vivió mucho tiempo de sus propios recursos, dentro de su circuito de 60 días, sin entrar en contacto con el resto del mundo y, muy especialmente, con el Extremo Oriente, más que para lo superfluo. Nuestro objetivo es descubrir las dimensiones de ese universo, y de qué modo esas dimensiones han determinado su estructura, tanto política como económica. Para lograrlo será preciso un constante esfuerzo de imaginación.
Imperios y espacio
Comprender la importancia de las distancias es percibir desde un nuevo ángulo los problemas que planteaba la gobernación de los imperios en el siglo XVI.
Y, en primer lugar, el inmenso Imperio español, para aquel tiempo una gigantesca empresa de transportes por mar y tierra. Además de los incesantes desplazamientos de tropas, exigía la transmisión diaria de centenares de órdenes y de noticias; lazos silenciosos, pero vitales. La política de Felipe II exige estos lazos, necesita estos ejércitos en movimiento, estas transferencias de metales preciosos y estas letras de cambio. Son, todas, cosas esenciales capaces de explicar buena parte de los gestos de Felipe II y la razón de la importancia que tenía para él Francia. Se ha dicho de esta que estaba cercada por las posesiones de los Habsburgo.
Pero si el imperio le amenaza desde fuera, ella, a su vez, lo amenaza desde dentro: ¿quién se atrevería a decir cuál de los dos peligros es más grande? La Francia de Francisco I y Enrique II se había mostrado cerrada a España y hostil; durante toda su vida —y salvo su rápida travesía por el país en 1540— Carlos IV ha circulado alrededor de esa nación sitiada procurando mantenerse en toda ocasión tan apartado de sus fronteras como le fuese posible. Al contrario, y durante 30 años (de 1559 a 1589), el camino de Francia tuvo sus puertas más que entreabiertas a los servicios del Estado Mayor político y a los de la tesorería de Felipe II. Si el Rey Prudente no se movió de España, si pudo permanecer en el centro de su tela de araña, fue por múltiples razones, la de la primacía financiera y económica de Castilla y la de la conexión vital con América, entre otras, pero también porque las fronteras francesas ya no estaban completamente cerradas para él.
Por tanto, sentarse junto a Felipe II y leer con él sus papeles es una de las formas de poder saber cómo era entonces Francia, conocer su maquinaria postal, las rutas en las que había relevos de tiros y las que no los tenían; es registrar, en el movimiento renovado de los correos, las interrupciones y los rodeos que imponían, en uno u otro lugar, las guerras de religión, y medir de este modo su extensión, su duración y su gravedad relativa. Es conocer, por añadidura, todos los incidentes de las rutas del dinero, especialmente las del dinero de las letras de cambio en su viaje hacia las plazas bursátiles.
Un Estado, pues, no libra una sola lucha contra el espacio, sino 10. El Imperio español, mal situado a causa de su dispersión europea y mundial, consagró a ello sus mejores fuerzas. Sin embargo, se había sabido adaptar mejor que otros a estas tareas obligatorias y se había organizado en función de ellas. A pesar de lo que se ha dicho, no cabe duda de que, en materia de transportes, transferencias, enlaces y transmisiones de mensajes, este imperio ha igualado, y aun sobrepasado, a los mejores. Es harto significativo que a partir de los años de 1560 España contara con un funcionario especializado en organizar los transportes de tropas y material de guerra: aquel Francisco de Ibarra, cuya actuación y la de sus émulos sería interesante conocer mejor.
La literatura histórica apenas ha prestado atención a este enorme esfuerzo de la maquinaria española. Nos habla de la «lentitud» del «rey papelero», el monarca burócrata, de pies de plomo, «él mismo señor y secretario, que es
gran virtud…», como decía de él ya en 1560 el obispo de Limoges[73]. Y «enteramente dedicado a sus asuntos y que no pierde una sola hora, pasándose
el día entero entre sus papeles»[74]. Un rey abrumado de trabajo y que un cuarto de siglo más tarde no quiere abandonar su tarea sobrehumana, a pesar
de las protestas del cardenal Granvella[75], deseoso, en vano, de
innovaciones[76]. Debemos saber distinguir entre las diferentes «lentitudes» de España. Está la lentitud de los correos: la lentitud con que llegaban las informaciones, la lentitud con que caminaban las respuestas y las órdenes. Todos los gobiernos del mundo están sometidos a estos contratiempos. Y el español más que cualquier otro. Pero, a igualdad de espacios y de distancias, este, en general, no vale menos que los demás. Sus debilidades eran las mismas. El Imperio turco, por ejemplo, es una asociación de lentitudes, de extremo a extremo. De Constantinopla al Adriático, a Cattaro o a Spalato, el
viaje requiere, en el mejor de los casos, 16 o 17 días[77]. En el Mar Negro, el Mar Maggiore, eran en extremo impredictibles tanto el itinerario como la duración del viaje. En el mar Egeo, el mar Blanco de los turcos, las velocidades más altas que conocemos resultan ridículamente lentas. A la altura de 1686 se considera noticia digna de mención (bien es cierto que ocurrió en diciembre) el que una galera turca hubiera cubierto en ocho días la
distancia entre Estambul y Negroponto[78]. En 1538, la flota de Solimán
Pachá[79] emplea dos meses en hacer la travesía del Mar Rojo. Se trata de distancias irreductibles, en las que es imposible hacer mella y que, por así decir, han permanecido inmutables a lo largo de siglos. Pegolotti, en la Pratica della Mercatura (1348), señala que el viaje de Trebisonda a Tauris (Tabriz) requiere de 12 a 13 días si el mercader va a caballo, y de 30 a 32 si va en caravana. En 1850, Goedel, cónsul de Austria en Trebisonda, asegura que se requieren de 27 a 30 días para hacer este mismo recorrido «cuando la
ruta está en buenas condiciones»[80].
Pero hay otra forma de lentitud: la de las deliberaciones y las decisiones que precedían a la expedición de las órdenes. A este respecto, los testimonios de los contemporáneos son concordantes: franceses e italianos sentíanse de distinto temperamento que aquellos hombres flemáticos, tan lentos para decidirse como hábiles para disimular. Pero no es seguro que semejante retrato de los españoles del siglo XVI, tantas veces trazado por los extranjeros, sea del todo exacto. La imagen que un extranjero suele concebir y expresar de una nación extranjera es, con frecuencia, tan irreductible como falsa. No obstante, parece que la lentitud gubernamental, o, como dice el obispo de
Limoges, «la anchura de aquel país»[81], está fuera de discusión. Cuando, en 1587, llegan a Roma las nuevas del éxito de Drake en Cádiz, el papa exclama «que su Majestad era una personalidad de poca envergadura, que solo se decidía a actuar cuando la ocasión había pasado». En París, «no solo circuló este juicio de boca en boca, sino que ha sido publicado, añadiendo que la rueca de la reina de Inglaterra valía más que la espada del rey de