El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
La tregua de 1581
romper totalmente las negociaciones.[76] Pero Roma no insiste en protestar: también ella abandona, en este año de 1580, el Mediterráneo y la guerra contra el islam, para preocuparse de Irlanda y de la guerra contra los protestantes.
Germigny, que no había perdido, naturalmente, uno solo de los pasos del milanés, sostenía que su éxito había sido comprado a precio de oro. En realidad, Margliani, más que con pagos al contado, se había abierto el camino
con promesas.[77] Y, sobre todo, debía su victoria a las circunstancias. La última de éstas, que influyó sobre los turcos, en el momento mismo de la firma, fue la noticia, alarmante, de una sublevación en Argel. Todo podía perderse si Felipe II (cuya armada estaba a punto para intervenir en los
asuntos de Portugal) llegaba a tener las manos libres en el Mediterráneo.[78] Venecia se dio también cuenta de ello: habiéndose manifestado hasta entonces reticente y casi hostil, cambió bruscamente de actitud y se esforzó por quedar incluida en la paz o en la pseudopaz que se preparaba. Digamos, de pasada, que la tregua de 1580 adquirió carta de naturaleza en la mayoría de los concienzudos libros de historia, sin duda porque aparece claramente[II-683] destacada en la vieja colección de documentos de Charrière y en el libro,
siempre tan útil, de Zinkeisen, publicado en Gotha, en 1855.[79] Pero, cosa extraña, esta tregua es presentada como un hecho aislado y excepcional, cuando no es, en realidad, más que uno de los eslabones de una gran cadena. Y poco comprensible, en verdad, fuera de ella.
La tregua de 1581
Nadie dudaba ya en Constantinopla que la paz iba a concertarse, tenía que concertarse antes de mucho tiempo, en buena y debida forma. Sin embargo, hubo de pasar casi un año para llegar a ella. El verano transcurrió en conversaciones generales e intermitentes. Las disputas no giraban ya en torno de las irritantes cuestiones del invierno pasado, ya no versaban, como antes, sobre las inagotables controversias de títulos o de precedencias, sino sobre los acontecimientos cuyas noticias traían los correos. El 5 de abril, vía Ragusa, se recibe la de la muerte del cardenal Enrique. «Esta noticia [escribe Margliani]
[80] ha traído alguna alteración a los espíritus de estas personas. Consideran que, con la anexión de estos reinos, llevada a cabo sin gran efusión de sangre ni una larga guerra, las fuerzas de S. M. llegarán a ser tan grandes, que hay razones para temerlas. Tanto más cuanto que están persuadidos de que… [de aquí en adelante] S. M. consentirá más difícilmente en la tregua o en la suspensión de las hostilidades, al modo como ellos lo desearían». Por lo demás, y en el otro sentido, Margliani teme los manejos de Euldj Alí. Se dice que se dispone a salir para Argel con sesenta galeras, para meter en cintura a los levantiscos de aquella plaza. “Pero otros sostienen que va a eso y además a causar todo el daño posible al rey de Fez. Yo estoy preparado para
entorpecer estos designios… cuando su viaje sea seguro.”[81] De otro modo,
todas las disposiciones negociadas para la tregua se verán amenazadas.[82] Es lo que piensa también, por su parte, y lo que le escribe, el gran comendador
de Castilla, advertido sin duda por otros conductos.[83] La expedición de Argel no llegó a producirse, al cabo, pero fue, sin embargo, objeto de más de un intercambio de puntos de vista y de más de una discusión. Lo mismo que la noticia, recibida en octubre, de la victoria del duque de Alba contra don[II-684] Antonio. Habiendo sabido el pachá que el duque había distribuido entre sus soldados, con este motivo, 200 000 doblones, manda en seguida a buscar a Margliani para inquirir el porqué de este reparto de dinero y cuánto vale un doblón. Un doblón vale dos escudos, le explica Margliani, y, para que pueda conocer esta moneda por su propia experiencia, entrega una docena de ellos a su interlocutor… ¿Y qué hace Juan de Estéfano?, interroga éste. ¿Por qué
tanta demora?[84] Tal es la clase de conversación, recelosa y fútil a la vez, como vemos, que se intercambia entre los dos personajes. Estamos en verano y sólo al llegar el invierno se comienza a hablar seriamente.
En efecto, al llegar diciembre vuelve a recargarse bruscamente la
atmósfera.[85] Don Juan de Estéfano no ha llegado, y Margliani se encuentra en un apuro, pues el pachá le apremia para que diga, sí o no, si el rey de España ha enviado la orden de que se haga la paz. Por desgracia, nos faltan algunas de las cartas de Margliani concernientes a los últimos meses de su embajada. Parece que entre el 10 y el 20 de diciembre las exigencias de los turcos han ido precisándose más y más. Se han hecho, además, muy embarazosas, pues es éste, también, el momento en que Margliani acaba de recibir las esperadas órdenes (con o sin Juan de Estéfano, lo que no dice), órdenes de las que acaba de enterarse con asombro y no sin cierta perplejidad. El rey le dice, aunque parezca mentira, que renuncia a una tregua en buena y debida forma, dada la dificultad con que tropieza para poder proceder con “la igualdad deseable”. Se niega, en realidad, a un convenio por el estilo de los que negocian los imperiales y a una representación diplomática regular y
permanente.[86]
Margliani, viendo por fin claro lo que tenía que hacer, procede con la mayor rapidez posible. Una carta suya de 28 de diciembre nos lo muestra hablando tres largas horas con el agá de los jenízaros. La víspera, antes de rayar el alba, el agá le ha mandado su caique para llevarlo de Pera a Constantinopla. Nicolò Prodanelli sirve de intérprete en el curso de la entrevista. Margliani se felicita de ello, pues es, nos dice: “más inteligente y capaz que cualquier otro”. Y probablemente lo ha escogido porque se siente bastante embarazado con su misión y de lo que tiene que decir al agá. Este[II-685] último no le encuentra pies ni cabeza a la entrevista. Cuando pregunta si Margliani irá o no a besarle las manos al sultán, el milanés contesta: iré solamente si se firma la capitulación, pero no si se suspenden las negociaciones… Es necesario que comprendamos bien, de pasada, la jerarquía de estas dos palabras: suspensión y capitulación, y que nos demos cuenta de que lo que Felipe II no quiere es precisamente la segunda. Cuando el agá dice que el sultán concede la capitulación, Margliani interrumpe para preguntar: ¿pero, en este caso, qué pasará con la “igualdad”? Y su interlocutor no comprende, una vez más, lo que quiere decirle. Tras lo cual, formula, a su vez, preguntas más simples y más precisas. ¿Se quedará Margliani en Constantinopla? «Le digo que no y me pregunta por qué. Le digo que no será necesario, puesto que, según las decisiones adoptadas, no habrá comercio. Pronuncio estas palabras con una ligera sonrisa y agrego que deseo decirle la verdad: que son dos las razones que me han hecho tomar esta decisión: una, las maneras poco corteses que aquí encontraba, y otra, el rumor que el secretario del embajador de Francia había hecho correr (a su regreso) en todos los países de la cristiandad por donde había pasado con motivo de la declaración sobre la precedencia formulada por él en Francia…»
Y como no está muy seguro de sus argumentos, el embajador español manda entregar 5 000 escudos a la sultana madre, quien no tarda en tomar pie de ello para pedir más. Al mismo tiempo, se las arregla para no exhibir los poderes que el rey le ha conferido, so pretexto de que ha tenido que
mandarlos a Nápoles.[87] Debió de sortear los obstáculos con bastante habilidad, puesto que, habiendo sido puesto en guardia el 10 de diciembre, ya casi había convencido a sus adversarios antes de fin de año. El 4 de febrero, varios avisos y cartas procedentes de Constantinopla anuncian en diversas
direcciones que la tregua ha sido concertada por tres años.[88] El mismo día,
Margliani escribe a don Juan de Zúñiga:[89] «El 27 de diciembre, día de San[II-686] Juan, me trasladé cerca de Chauch Pachá, a quien expuse mi comisión con las palabras que me parecieron más a propósito, teniendo presente la dignidad de S. M. Después de esto, me reuní varias veces con dicho Pachá y, últimamente, el 25 de enero, me mandó llamar para comunicarme la resolución de su soberano de darme licencia para partir e informar a S. M. Me dijo que esperaba que yo desplegase mis buenos oficios para llegar a establecer una buena inteligencia y que, en espera de ella, se concertaría una suspensión por tres años». A juzgar por lo que nos dice Germigny, el concierto era, sobre poco más o menos, la reproducción de las tres treguas anteriores, con la
diferencia de que esta vez se establecía por un plazo de tres años.[90] El virrey de Nápoles, que recibió la noticia el 3 de marzo, se apresuró a transmitirla a Felipe II, añadiendo por su cuenta que Margliani, a su modo de ver, había llevado muy bien las negociaciones, pero que le cabía la duda de si el papa no se aprovecharía de este asunto para apretar un poco los cordones de su bolsa.
[91]
Sí, es cierto, ¿qué iba a decir de ello el pontificado? Don Juan de Zúñiga pensaba en esto más que cualquier otro, por haber sido embajador de España
en Roma. Incluso juzgó prudente tomar la delantera, y el 4 de marzo[92] escribía con destino a la Santa Sede la siguiente singular versión de las cosas: A su tiempo, había anunciado a Margliani que Felipe II no quería la tregua, invocando las mejores razones posibles para excusar al rey. Pero se encontraron con que inmediatamente empezó a hablarse en Constantinopla de empalar a Margliani, a quien se acusaba de haber engañado al sultán y de haberle dado largas para entretenerle con mentirosos discursos hasta que se diera cima a la conquista de Portugal. Y los turcos, como es sabido, son muy capaces de semejantes crueldades. De aquí por qué el pobre caballero, para salvar la vida, se vio obligado a prometer una tregua de un año. Pero los turcos exigieron que fuese por tres, gracias a lo cual le permitieron regresar sano y salvo a la cristiandad. Claro está que, si se quería emprender algo contra el turco, no sería difícil romper estas ligaduras, de una parte, porque habían sido impuestas “por la fuerza”, y, de otra parte, porque los corsarios se encargarían de suministrar mil ocasiones para la ruptura. Desgraciadamente,[II-687] se dice de pasada, y, como quien no quiere la cosa, apenas tenemos la posibilidad de lanzar ninguna empresa contra el turco, con todos los asuntos que traemos entre manos. Pero la tregua, en cuanto a ella se refiere, no significa nada…
Un embajador veneciano repetía, en este mismo año de 1581, los
discursos del virrey,[93] Pero ¿creía él mismo en ellos? ¿ Y se les daba algún crédito en Roma? Cierto que no se quiso hurgar demasiado en el asunto, para aclarar las cosas. Por el momento, lo que más interesaba era obrar en Irlanda y contra Inglaterra. ¿Y quién podía tomar cartas en el asunto contra la isla,
según el modo de ver del papa, sino España?[94]
A ello se debe que nadie, entre las personas de la época, hable de una “traición” de España, como se había hablado de la traición de Venecia. O, si se alzó alguna voz en este sentido, no tuvo ninguna resonancia. La única excepción, confirmatoria de la regla, fue el clero de España, que protestó violentamente y con energía, en voz muy alta. No porque se sintiese más vinculado que otros a la cruzada contra el infiel, sino porque se daba cuenta de que la guerra era ya cosa muerta y, en consecuencia, no quería seguir pagando los impuestos creados o mantenidos para sostenerla. Claro está que sus protestas no sirvieron de nada. Pero no está de más unir esta pieza al dossier de la católica España.
Han sido los historiadores quienes han incoado el proceso contra España por traición. La palabra proceso es, quizá, demasiado fuerte, para dar nombre a las pocas líneas que Wätjen y R. Konetzke dedicaron al tema. «La guerra
contra los turcos [escribe el segundo][95] quedaba así definitivamente abandonada. Se interrumpía con ella una tradición secular de España. La guerra religiosa contra el islam, que había espoleado y aglutinado las fuerzas espirituales de la Península, dejaba de existir. Es cierto que la Reconquista y las incursiones conquistadoras que la prolongaron hasta el norte de África no habían sido guerras religiosas puras. Sin embargo, fue el espíritu religioso el que animó y propulsó constantemente estas empresas, haciendo que España las sintiera como una obra grande y común. El más poderoso motor de los[II-688] avances españoles quedaba paralizado».
Juicio exacto, si se enfoca la marcha de las cosas en su conjunto, pero injusto, sin embargo, en muchos puntos. La fuerza religiosa que brota de España se proyecta en otra dirección a partir de la década de 1580. También la guerra contra la herejía es una guerra religiosa, con las habituales alianzas que toda guerra lleva consigo. Y todavía se harán algunas tentativas en dirección del norte de África y contra Turquía —la pseudoguerra de 1593, (muy insignificante, por cierto)—.
A pesar de todo, es un hecho indudable que los años 1580 y siguientes trazan un corte en la historia exterior de España frente al Islam, aunque esta historia haya sido hasta ahora mucho más entrecortada, interrumpida y veleidosa de lo que suele creerse. Después de la embajada de Margliani, se establece una paz de hecho. La tregua de 1581 parece haber sido prorrogada