El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Revancha mediterránea: la prosperidad del Mar Rojo a partir de 1550

mercado de Lisboa[15].

 

Revancha mediterránea: la prosperidad del Mar Rojo a partir de

1550

 

¿Cuándo, cómo y por qué razones se restableció la situación —como, en

efecto, se restableció— en beneficio de Venecia y del Mediterráneo?[16] Es difícil decirlo. ¿Tendrá esto algo que ver con el reflujo de los precios después de los años de 1540? ¿Sería esto lo que vino a entorpecer el próspero comercio de Lisboa? ¿Influiría también la calidad inferior de la mercancía portuguesa, a la que el largo viaje por mar hacía perder parte de su aroma, al decir de los conocedores? El rumor, esparcido por Venecia, no debía carecer de fundamento, pues lo encontramos recogido en un documento español de

1574 que no transpira ninguna simpatía por Venecia[17]. También es probable que el comercio mediterráneo, vinculado a los intermediarios árabes, haya sabido reservarse, pagándolos más caros en los puntos de embarque, Goa, Cochin y otros lugares, los productos de mejor calidad. ¿No habrán exagerado notablemente los portugueses al mantener en Asia precios de compra

extremadamente bajos?[18] Es verdad que tenían que cubrir los gastos de la larga travesía, las frecuentes pérdidas de navíos y, finalmente, los quebrantos de los propios cargamentos que con frecuencia se averiaban por el camino. En cambio, el comercio por el Mediterráneo, con su espesa red de intermediarios, con sus trayectos más cortos y bien explorados desde hacía siglos, envolvía menores contratiempos e irregularidades. Para los venecianos, el riesgo se reducía al de la travesía de Egipto, y estaba compensado por jugosos beneficios, en vista de las enormes diferencias de precio entre el oriente y el occidente del Mediterráneo. En 1512, apuntaba Thénaud: «Ganan el ciento

por ciento y aún más en mercaderías que son aquí de poco valor»[19]. Incluso en el caso de que faltase la pimienta (la única mercancía que dio lugar a un comercio masivo y que los portugueses se mostraron especialmente interesados en controlar), era posible traficar en especias de lujo, drogas y otros productos de Levante. Por su parte, los mercaderes orientales sentían una apremiante necesidad de los metales preciosos: el oro de Egipto o la plata de Occidente llegaban hasta el océano Índico gracias a las especias y a todo lo que las acompañaba por las rutas que desembocaban en el Mediterráneo. La India y el Extremo Oriente apreciaban altamente el coral, el azafrán del Mediterráneo, el opio de Egipto, los paños de lana de Occidente y el mercurio y la granza del Mar Rojo. Apuntalando estos tráficos antiquísimos, había siempre en torno del océano Índico poderosas y bien organizadas sociedades comerciales, que el auge del comercio portugués había quebrantado, pero no suprimido, y que fueron capaces de reaccionar con enorme rapidez.

Y, no habiendo perdido el comercio mediterráneo hacia el Oriente nada de su interés por los habituales intermediarios, es evidente que habría podido descartarlo la fuerza, es decir, una vigilancia ejercida en las mismas fuentes de aprovisionamiento. Y los portugueses lo consiguieron en varias ocasiones; de hecho, cada vez que lo han intentado, tanto en el momento inicial de su penetración, propinando un duro golpe a los privilegiados tráficos del Mar

Rojo[20], como en fechas mucho más tardías; por ejemplo, durante el invierno de 1545-1546, al largo de las costas de Malabar, «la escuadra portuguesa patrulla de modo tan efectivo que consigue evitar toda salida clandestina de

pimienta»[21], o, por lo menos, logra reducir notablemente ese contrabando. Pero esta atenta vigilancia se relaja muy pronto, por decisión de los mismos portugueses. La presencia portuguesa, que tan rápidamente se había extendido por una inmensa área, a través del océano Índico y más allá, a causa, no solo, de la necesidad de crear tráficos interregionales, sino también del espíritu de aventura o de lucro, había culminado en la creación de un imperio inmenso y frágil. Por sí mismo, Portugal no era lo bastante rico para mantener esa vasta red, sus fortalezas, sus costosas escuadras y sus funcionarios. El imperio tiene que alimentarse siempre del imperio. Esta inferioridad financiera convirtió muy pronto a los portugueses en aduaneros; pero las aduanas no son provechosas más que cuando pasan por ellas torrentes de preciosas mercaderías. En estas condiciones, el fraude, o lo que podemos llamar fraude (y que en realidad era necesidad), ha encontrado campo abonado. Era necesidad, en primer lugar, porque era imposible ocupar Ormuz, encrucijada esencial (1506), y cerrarlo inmediatamente a todo tráfico; en segundo lugar, porque los turcos se estaban instalando en Siria (1516), en Egipto (1517) y en Irak (1534). Para hacerles frente, los portugueses han tenido que buscar el apoyo de Persia, y, en consecuencia, mantener las comunicaciones esenciales entre India y Persia, y salvaguardar, en la medida que eso fuese posible, los tráficos comerciales que esta mantenía con Siria y el Mediterráneo. La cuestión no puede reducirse al simple hecho de la corrupción de los funcionarios portugueses, ansiosos de enriquecerse lo más rapidamente posible y sordos a las órdenes que desde muy lejos les daba su gobierno. Es evidente que esa corrupción ha existido, pero no funcionó como factor determinante: había mucho más detrás.

Sin embargo, estas prudencias y estas políticas realistas no triunfaron de la noche a la mañana. El Imperio portugués necesitó tiempo para cimentarse sólidamente, y también al Imperio turco le costó su tiempo saber sus debilidades y sus limitaciones, comprender cuáles podían ser sus intereses razonables respecto al océano Índico, renunciar a sus proyectos iniciales de concentrar en Constantinopla todo el comercio de Levante, y por último, preparar un serio avance hacia el sur y hacia el este, al que se renunciaría, prácticamente, poco después, mientras que los portugueses, por su parte, hacían cuanto estaba en sus manos para evitar convertirse en blanco de tan formidable enemigo. Diez años dejaría pasar el turco antes de lanzar otra ofensiva desde el conquistado Egipto. Solo en 1529 comienzan los trabajos para excavar un canal que habría de unir el Nilo con el Mar Rojo, pero estos preparativos se han de interrumpir ante la necesidad de presentar batalla al

enemigo en el Mediterráneo: 1532 es el año de Corón[22]. Nueva pausa de seis años hasta la expedición de la flota de Solimán Pachá que se apodera de Adén

en 1538, pero que fracasa ante Diu ese mismo año[23].

En 1542 [24], los portugueses consiguen a duras penas mantener la Etiopía

cristiana, y en 1546[25] salvan milagrosamente Diu, su fortaleza en la península de Gujarat. De todos los rincones de la India, de la lejana Sumatra, llegaban constantemente embajadores a Constantinopla, implorando la ayuda del sultán contra los portugueses, y aportándole los más raros presentes: loros y cacatúas de maravillosos colores, especias, finísimos perfumes, bálsamos,

esclavos negros, eunucos…[26]. Sin duda que, en 1551, a la salida del Mar

Rojo, se produjo el fracaso de las galeras que mandaba Piri Reis[27], y en 1553, un nuevo revés, el de la flota de Sidi Ali, el poeta del Espejo de los

Países [28] , que salió del golfo Pérsico. Sin embargo, después de la década de 1550 se registra un cierto aflojamiento en la tensión entre los portugueses y los turcos que contribuyó, probablemente, a favorecer el comercio hacia el Mediterráneo.

El hecho es que la antigua ruta de las especias se reanima y prospera a partir de mediados de siglo. Desde ese momento la zona de la pimienta mediterránea progresa en los bordes del mar occidental, rechazando hacia el Atlántico a la pimienta del rey-mercader de Lisboa, sin que se llegue, por lo demás, a una línea clara de demarcación. Así, la pimienta del Mediterráneo

jamás deja de llegar a Amberes durante la primera mitad del siglo [29] XVI, y

tal vez aún más tarde. En 1510, un buque establecía la comunicación entre

Alejandría y Amberes[30]. Hacia 1540, la pimienta mediterránea influye sobre los precios del mercado del Escalda. Y el mismo año, al intentar un bloqueo

de la pimienta contra Francia[31], los ibéricos favorecen el tráfico rival de Marsella, que Francisco I parecía deseoso de proteger, puesto que rechaza, en mayo de 1541, todas las propuestas y promesas portuguesas en lo tocante a las especias, queriendo dar satisfacción, nota un veneciano «al signor Turco» y no queriendo ayudar a Flandes, «donde, por lo que parece, Amberes se

había convertido en la primera ciudad del mundo»[32]. En todo caso, los datos de las exportaciones marsellesas referentes al año 1543 acusan envíos hasta Lyon —y probablemente hasta más allá—, así como también en dirección a

Tolosa[33]. En 1565, estos envíos llegaban a Ruán y competían en Tolosa con

la pimienta de Lisboa, revendida por Burdeos[34]. Hacia mediados de siglo, vemos a los franceses y los ingleses cambiar pimienta, principalmente en

Ruán, La Rochela y Burdeos[35]. Tratábase, evidentemente, de productos distintos, procedentes de una y otra fuente. Las circunstancias favorecían tan pronto a la una como a la otra. Así, la implantación de derechos de aduana de 10 % ad valorem en 1559 perjudica en el mercado castellano a la pimienta lusitana, pero sin que esta fuese eliminada, al parecer, de la Península,

gracias, sin duda, a su proximidad[36]. Las importaciones liornesas de fines de siglo producen la misma impresión que los intercambios franco-ingleses; es decir, probablemente se trataba de dos pimientas distintas, que no compiten entre sí ni se eliminan forzosamente la una a la otra. De hecho y hasta finales

del siglo [37] XVI , e incluso más tarde, solo hay un único mercado de pimienta.

Consideremos, por ejemplo, unas palabras al azar de un mercader español (29 de noviembre de 1591) establecido en Florencia: al saberse la noticia de que las «naos de Yndias» no vendrán este año a Lisboa, las especias han subido de precio. «El único precio que no ha variado ha sido el de la pimienta [observa],

pues desde Levante ha llegado a Venecia en grandes cantidades»[38].

Lo innegable es que el Mediterráneo recupera una buena parte, sin duda la mayor, del tráfico de la pimienta. El comercio de Levante prospera; numerosas caravanas lo animan, unas procedentes del golfo Pérsico, otras del Mar Rojo. Al término de estas rutas continentales, mirando hacia el Mediterráneo, florecen dos dobles ciudades: de una parte, Alepo y la activa escala de Trípoli; de la otra, El Cairo y su puerto, Alejandría, que parecía haber quedado vaciado de su contenido por la vecindad de la desmesurada, enorme capital. Por el Occidente, el nuevo brote del tráfico favorece sobre todo a los venecianos, que siguen siendo los grandes señores del momento y al lado de los cuales los marselleses y los ragusinos aparecen muy en segundo plano. Sus mercaderes penetran curiosamente desde las tierras del interior de

Alejandría a El Cairo (1552)[39], y desde Damasco, ciudad en decadencia y donde las intrigas individuales, los garbugli, dejan malparados los negocios