El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

II. Las estaciones

Y es que el hambre, la verdadera hambre que hace morir a la gente en las calles, era una realidad en el siglo XVI. Cuenta el veneciano Navagero que en 1521 «hubo tal hambre en Andalucía, que murieron incontables animales y el país quedó desierto, pues murió también gran cantidad de gente. La sequía fue tal que los trigos se perdieron y no se hallaba la menor hierba en los campos; ese año desapareció buena parte de la raza de caballos andaluces y hasta hoy

día (1525) no se han recuperado»[71]. Ejemplo extremo, pero sabemos que en los años sucesivos se registraron muchas «carestías»; todos los gobiernos se echaron a buscar trigo y hubo que organizar repartos públicos de granos para impedir, sin lograrlo siempre, que la gente muriera de hambre. Durante la segunda mitad del siglo se produjo una crisis especialmente grave que afectó todo el Mediterráneo entre los años de 1586 y 1591, y esta crisis abrió los puertos de este mar a los barcos del norte de Europa. Ni siquiera en los años normales era fácil ni abundante la vida. Recordemos que, a finales del siglo XVI, los toscanos ricos en labores, viñedos y moreras «con tutto cio non raccolgo vettovaglie per un terzo dell’anno». Y sopesamos también en todo lo que vale el párrafo que en la novela Guzmán de Alfarache expresa la queja de que «era el año estéril de seco y en aquellos tiempos solía Sevilla padecer,

que aun en los prósperos pasaba trabajosamente»[72].

En el corazón de la historia mediterránea anida siempre la pobreza, y, lo que es más grave, la incertidumbre ante el mañana. Ahí hay que buscar, tal vez, las razones de la prudencia, de la frugalidad y del espíritu industrioso del hombre del Mediterráneo, y también el móvil de ciertos imperialismos tan reiterados como instintivos, irreflexivos, que a veces no son otra cosa que el aguijón del pan cotidiano. Para vivir, el Mediterráneo ha tenido que hacer frente a deficiencias, actuar, salir de su marco para sacar recursos de países lejanos, asociándose a sus economías. Así logró engrandecer considerablemente su historia y construir su radiante civilización.

 

II. LAS ESTACIONES

 

El clima del mar, con sus dos estaciones tajantes y bien definidas, hace vivir el cuerpo mediterráneo en dos fases muy distintas la una de la otra, y que cada año se repiten de manera monótona. Es como si todos los mediterráneos se alojaran en sus cuarteles de invierno, luego en los de verano, y así sucesivamente. Las innumerables indicaciones que nos hablan de las características y naturaleza del tiempo se pueden clasificar sin referencia al año: solo importan los meses, y casi invariablemente nos encontramos con la misma actitud. Las «puertas del año» se abren y cierran como está previsto. Puertas del año es la denominación con la que se conocen solsticios y equinoccios entre los berberiscos. Y cada vez se les abre a los hombres una