El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
La supremacía naval de los turcos
de acuerdo con el sultán? Al parecer, este consejo no cayó en oídos sordos.[12]
La supremacía naval de los turcos
Felipe II tenía sus razones y sus excusas para obrar así.
Sus razones, pues desde la firma de la paz de Cateau, Enrique II había licenciado su flota del Mediterráneo. Prácticamente, ya los puertos franceses del Mediodía carecerían de ella hasta fines de siglo y aun después, lo que
venía a añadir a la paz proclamada en el Mediterráneo y en otras partes[13] una garantía suplementaria. Los españoles ganan con ello una gran libertad de movimientos.
¿Excusas? Felipe II tenía la de no haber pulsado aún por sí mismo la fuerza turca. Apenas la había calibrado en el mar, pues, a los ojos de la gente de la época, el encuentro de La Prevesa no había sido una gran acción, y para el rey, era ésa una historia vieja; en tierra, no tenía la menor idea del poderío turco, pues los españoles sólo participaban en la guerra de las fronteras húngaras individualmente, cuando participaban. Los españoles (a quienes Carlos V instaló en 1534 en Coron y en 1538 en Castelnuovo, donde llevaban la vida ordinaria de los presidios, con sus alertas y sus incursiones) sólo habían tenido que batirse dos veces contra Barbarroja, dejándose derrotar en 1534 y en 1539. Pero ¿qué lección podía sacarse de encuentros tan lejanos y tan desiguales? La infantería española sólo mediría sus fuerzas con la de este enemigo en 1560, en Yerba, y en 1565 en Malta.
Por otra parte, Turquía parece desgarrarse a sí misma: al amparo de la discordia entre los hijos del sultán, se desencadenan allí todas las fuerzas indisciplinadas, todos los particularismos provinciales, e incluso conflictos sociales. El embajador francés De la Vigne escribe al obispo de Dax, en julio
de 1559,[14] que todos los esclavos están a favor de Bajazet, el rebelde hijo de Solimán. Y las cosas no se arreglan por el hecho de que Selim, el preferido, derrotara a su hermano, pues Bajazet se retiró a Persia, con lo que la guerra interior, mal extinguida, se complicaba con una eventual guerra exterior.
Como escribe De la Vigne en septiembre,[15] los turcos “se encuentran más embarazados que nunca por razón de sus negocios domésticos”. Por[II-429] consiguiente, Felipe II podía pensar que no era el momento indicado para
tratar con ellos, sino para aplastarlos.[16]
El verano de 1559 pareció darle la razón. Este año, la flota turca no llegó hasta más allá de las costas de Albania y, bastante en desorden, regresó a sus bases ya en otoño, sin haber intentado nada contra la cristiandad. Felipe II fiaba seguramente demasiado en el hecho de que la flota turca sería desde entonces prisionera de Levante y de que no podía amenazar al Occidente sin contar con la complicidad francesa. Al faltarle esta complicidad, la flota turca tendría que contentarse con rápidas incursiones, aprovechando el buen tiempo. A pesar de su inferioridad numérica, la flota hispánica podía permitirse el lujo de intentar alguna acción, ya fuese a finales de la estación de bonanza o ya a comienzos del invierno, antes de que su adversario pudiese darle alcance. La cosa era no dejarse sorprender, sobre todo, si el propósito era actuar en el centro del Mediterráneo.
España, en efecto, debía enfrentarse a un doble peligro: de una parte, los berberiscos, desde Trípoli hasta Salé; de otra, los propios turcos. Cada grupo era, sin duda, autónomo y se separaba del otro durante el invierno; mas casi siempre se ayudaban entre sí y se reforzaban durante la estación de buen tiempo. Los berberiscos tienen tienda abierta en todo el Mediterráneo occidental, y sus negocios prosperan; en el centro del Magreb, Argel crece encabezando un imperio que es una amenaza directa contra España. Cierto que este “imperio” no es precisamente un modelo de disciplina política. Hay, dentro de sus límites, grandes bolsas de disidencia, como las montañas de Cabilia; pero las grandes rutas están en manos de la autoridad. Ya hemos dicho que en 1552 Salah Rais, séptimo rey de Argel, avanza hasta Uargla, y en 1553, hasta Fez. Esta plaza cae rápidamente y el cherif se apodera incluso de Tremecén en 1557, aunque por poco tiempo. Perseguido por los turcos, se bate en retirada hacia su capital; pero, a poca distancia de la ciudad, gracias a su numerosa caballería y a los “elches” —moriscos refigiados en Marruecos, hábiles en el manejo del arcabuz—, detiene las tropas de Hassan Pachá, hijo de Barbarroja. De modo que, por el oeste, la frontera argelino-marroquí era más fácil de franquear que de desplazar. Pero, por el este, el Estado argelino había logrado desembarazarse en la costa, en 1555, del presidio de Bugía.[II-430] Finalmente, en 1558, logra un inmenso éxito contra el Orán.
Desde comienzos de siglo, desde 1509, los españoles habían jugado fuerte en Orán, y, después de muchas tentativas, lograron apoderarse de Tremecén. Pero esta política de prestigio, conscientemente practicada por el conde Martín de Alcaudete, termina en 1551, el día en que una guarnición turca logra instalarse y arraigar en Tremecén. Desde entonces fue para el presidio una amenaza constante, y, de algún modo para atenuarla, para elevar la moral de la guarnición, “el Viejo” —como se le llamaba para distinguirlo de su hijo, don Martín— organiza, con tropas reclutadas en parte en sus tierras de Andalucía, una expedición contra Mostaganem, plaza situada 12 leguas al este de Orán. Privar a los turcos de Mostaganem era romper su lazo de unión con Tremecén, pues los turcos introducían por aquel puerto las vituallas y la artillería necesarias para sus operaciones del oeste. Bien conducida —es decir, con rapidez—, la operación no podía, por menos, tener éxito contra una plaza mal fortificada. Pero se perdió mucho tiempo instruyendo a los nuevos reclutas en incursiones alrededor de Orán, las cuales pusieron, además, sobre aviso, a todo el norte de África. Luego, “el Viejo” dirigió el golpe con lentitud y con muchas precauciones. El 26 de agosto, sorprendido por los argelinos y por los indígenas, sucumbió ante el número, y más de 12 000 españoles cayeron en manos del vencedor. Estos nuevos cautivos llenaron todas las casas de Argel, y, al año siguiente, muchos renegaron para ir a combatir a la
Pequeña Cabilia con las tropas de Hassan Pachá.[17]
Todos estos detalles muestran la firmeza con que el nuevo Estado turco se labraba su sitio en la tierra del Magreb. Y aún conocemos mejor su creciente fuerza en el mar: al este, hasta la puerta de Sicilia; al norte, hasta Cerdeña, y al oeste, hasta más allá de Gibraltar. Nicot, embajador del rey de Francia en
Lisboa, escribía el 4 de septiembre de 1559:[18] “Los turcos han corrido no ha mucho con catorce o quince galeras por los Algarbes, e hicieron algunos cautivos. A mi llegada se habían retirado…” Más daño hicieron en Castilla, y
levantaron “en Caliz[19] una bandera blanca, poniendo a rescate toda su presa[II-431] y allí fueron vendidos todos los cautivos”. Bien se ve de qué “turcos” se trataba…
El Estado argelino era el más poderoso de los Estados berberiscos, pero no el único. Al este del Magreb, el “reino” de Trípoli se desarrollaba a imagen y semejanza del de Argel, sobre todo a partir de 1556, cuando empezó a gobernarlo Dragut. Pero, a diferencia de éste, el Estado tripolitano sólo podía nutrirse a expensas de un país interior inconcebiblemente pobre y difícil de someter, especialmente en la región del Darién, cuya gente cortaba a voluntad los caminos por los que venían del Sudán el oro y los esclavos. Limitada así por tierra, Trípoli tenía que volverse, cada vez más, hacia el mar; toda su riqueza estaba de ese lado, del lado de Sicilia, tan próxima y al alcance de la mano. Más allá de Sicilia, Dragut amenazaba la vida material de todo el Mediterráneo occidental, hasta Cataluña y Valencia, que se “morían de