El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
La consunción de los «tesoros» de América
Y lo mismo se puede decir de su dotación marítima, que debe responder a los requerimientos tanto de las luchas atlánticas como de los combates mediterráneos: una vez más, le toca a España la peor parte; pues los precios del material naval no cesan de subir. Tomás Cano explica en su Arte de
Navegar[409] cómo un navío de 500 toneladas, que en tiempo de Carlos V habría valido 4000 ducados, vale hoy, en 1612, 15 000; un quintal de lona para confeccionar velas, de Flandes, que valía antes dos ducados y medio, cuesta ahora ocho ducados. Yo he llevado —añade— mercancías de Cartagena de Indias a 14 ducados la tonelada: hoy cuesta 52 «y, pese a ello, los navíos ganan menos que ganaban antes». Con todos estos movimientos de precios, los salarios, y con mucha frecuencia los beneficios, resultaban muy bajos. Esto explica, al menos en parte, las dificultades de la marina atlántica española a finales del siglo XVI. Y lo dicho respecto a los grandes navíos del
Atlántico vale también para las delgadas galeras mediterráneas. En 1538[410] le costaba a España 2253 ducados equipar una simple galera sin artillería (la galera propiamente dicha valía unos 1000 ducados). En 1528 se habla de la posibilidad de que Gian Andrea Doria venda sus galeras a 15 000 escudos por unidad. Se trata meramente de una cantidad lanzada al aire, y no sabemos, por lo demás, si se refiere o no a galeras completas, es decir, con sus correspondientes tripulaciones y artillerías, pero la diferencia de precios es, con todo, enorme.
La consunción de los «tesoros» de América
Las importaciones de los tesoros de América se hicieron más espaciadas a partir del primer decenio —y en mayor grado a partir del segundo— del siglo XVII. Fuese un síntoma, una consecuencia o una causa, lo cierto es que esta circunstancia marca un cambio de dirección en la historia del mundo. Se puede decir, de modo general, que es un error explicar este acontecimiento recurriendo a causas exclusivamente americanas, como si América hubiese sido el primus movens en esta instancia. Se dice, por ejemplo, que sin duda habían aumentado los gastos inherentes a las explotaciones mineras, en concordancia con la regla de rendimientos decrecientes; la propia América, fraudulentamente y debido a sus propias necesidades monetarias, se había
quedado con la mayor parte de su producción[411]. Los especuladores habían distraído buena parte del metal de la Nueva España en dirección al Extremo
Oriente y China, en el galeón de Manila[412]. Y una disminución catastrófica de la población indígena americana había hecho difícil y lenta la operación de
reclutar mano de obra india, indispensable para la extracción de la plata[413].
No les falta su parte de verdad a todas estas explicaciones, pero han sido propuestas sin el posible apoyo que aportarían investigaciones que todavía están por hacer, no solo en los archivos de Sevilla, sino también en Simancas y, sobre todo, en los archivos americanos. No existen razones a priori para asumir que una población en recesión no pueda ofrecer mano de obra a un sector particular tan privilegiado como el de las minas; respecto a los fraudes que hemos mencionado antes, parece evidente que en el Río de la Plata cesó toda actividad fraudulenta de importancia en simultaneidad con la recesión
minera de carácter general que se inició alrededor de 1623[414]; y la fuga de metales preciosos en el galeón de Manila se interrumpe a partir
aproximadamente de 1635[415]. Pero el defecto básico de estas explicaciones es obvio: se concentran esencialmente en América, como si el fraude, por ejemplo, no se produjese tanto a la partida como a la llegada. Y sobre todo, estos argumentos no tienen en cuenta los lazos económicos que unen, a través del Imperio español, la actividad motriz de Europa con la del Nuevo Mundo. O, dicho con otras palabras: no hacen alusión a la situación económica considerada en su totalidad, es decir, a esa recesión general que se observa en Europa a continuación de 1580, 1595 y 1619-1622, hasta llegar a la gran fractura de la década de 1640 y los subsiguientes problemas de España primero en Cataluña y Portugal, más tarde en Nápoles, en 1647, y la
supresión este mismo año de la flota de Barlovento [416], que hasta aquel momento había servido de protección a las Antillas.
Cualquier mención de la situación económica general lleva a hablar de los
precios, de los costos, de los salarios y de los beneficios. Rodrigo Vivero[417], buen conocedor del Nuevo Mundo, no cree, en 1632, que la máquina americana se haya averiado, y se equivoca de parte a parte; también yerra cuando habla de una producción anual de 24 millones de oro, de los cuales se enviaban 20 a Sevilla, pero tiene razón cuando describe a los propietarios de las minas como víctimas de la recesión general, «todos ellos endeudados, pues la sal y el maíz han subido de precio, se ha doblado el sueldo de los obreros indios, y aun así, los amos han de suplicar de rodillas para conseguirlos y obtener sus repartimientos, y es una mano de obra muy poco a propósito para el trabajo de la mina». Luego estaban las mesas de juego y los prestamistas, «sanguijuelas de los mineros», quienes en vez de pagar con plata lo hacen «con telas y otros géneros de mercancías con las que puedan obtener más beneficio, o lo que es peor, con vino». Pero para ver más claro, habría que mirar también hacia España y Europa y considerar el problema en su contexto más amplio.