El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

El oro sudanés: precedentes

bancarrotas, para deshonor de la nación entera[24]. Además, desde un principio existió en las ciudades del Occidente el mercado negro de monedas. En Venecia, pequeños bancos —banchetti— comerciaban clandestinamente,

a puertas y ventanas cerradas, con las monedas[25], a despecho de las

intermitentes medidas primitivas del Consejo de los Diez[26].

Con el último cuarto de siglo, los franceses, los ingleses y los flamencos (es decir, los holandeses) vinieron a ocupar un lugar preeminente en el antiguo comercio de Levante, pues pagaban siempre al contado. Echaron por tierra los métodos tradicionales, crearon dificultades a las antiguas casas venecianas y, sobre todo, hicieron subir los precios vertiginosamente. Personas inexpertas, estos recién llegados. Por lo demás, los franceses

mantuviéronse siempre fieles a su sistema de comercio al contado[27], pero los ingleses y los holandeses, en cambio, lograron imponer rápidamente en trueque sus mercaderías, la carisea, el plomo, el cobre y el estaño; en 1583,

los ingleses solo hacían la cuarta parte de sus compras con dinero contante[28].

Tenían, a pesar de todo, que procurárselas. Las grandes plazas comerciales del Mediterráneo, tales como Génova, Liorna, Venecia, Ancona y por un instante Nápoles, suministraban a cambio de mercaderías o servicios algunas de las preciosas divisas… Pero, de hecho, todas ellas eran solo fuentes secundarias, cuya plata procedía más o menos directamente de España, es decir, de Sevilla. Y si los ingleses preferían aprovisionarse de moneda en los puertos italianos, era porque, entre 1586 y 1604, no eran bienvenidos en España.

Es, en efecto, Sevilla, es la España rica en oro y en metal blanco, que pretende cerrarse con candados, pero que deja escapar en abundancia los metales preciosos; es este mercado privilegiado el que infunde vida y animación a todo el comercio del Mediterráneo y del mundo en general. Este aprovisionamiento es un hecho nuevo, que viene a revolucionar toda la economía mediterránea; más reciente, en verdad, de lo que llevaría a pensar la cronología de los grandes descubrimientos.

 

El oro sudanés: precedentes

 

Antes del siglo XVI —antes del oro y la plata de América—, el Mediterráneo había encontrado aquí o allá, más o menos cerca de sus playas (generalmente, bastantes lejos), los metales preciosos indispensables para su tráfico. Es una historia larga, harto conocida en sus rasgos principales. Solo el último capítulo, que culmina en sus líneas generales a mediados del siglo XVI y que nosotros denominaremos, para abreviar, capítulo del oro sudanés, es,

quizá —o era hasta hace poco—, el menos conocido[29].

Los intrépidos sitúan en el siglo X el comienzo de los grandes tráficos saharianos. En realidad, todo permite suponer que comenzaron mucho antes precediendo, incluso, a la llegada del camello al desierto en el siglo II de nuestra Era, pues antes de esa fecha existía ya la conexión: «los caballos y los

bueyes de los Guaramantes tiraban de los carros en el desierto de Libia»[30]. Es probable que el oro en polvo procedente del Sudán llegara al África Menor

ya antes del siglo [31] X , y fuese la causa después del año 1000 de la formación en el sur de Estados coherentes y brillantes en la curva del Níger, mientras que, más hacia el norte, en el Magreb, el metal precioso ayudaba al nacimiento de nuevas ciudades como Argel y Orán, y engrandecía los antiguos centros… La España islámica, cuyos dueños, en el siglo X, habíanse

instalado en el importante puerto de Ceuta[32], encontró también en el norte de África el metal para sus dirhems de oro.

Pero el oro del Sudán no fue tan solo la base de la prosperidad del norte de África y de la España musulmana, de este bloque del islam occidental que, aislado en parte de las grandes rutas del mar en el siglo XII, se ve desde entonces obligado a vivir de sus propios recursos. Este oro se enlaza con la gran historia del Mediterráneo: entra en la circulación general de este mar a partir del siglo XIV, quizá a partir de la espectacular peregrinación a La Meca

de Mansa Musa, rey de Mali, en 1324[33]. Poco a poco el norte de África proveedor del metal amarillo se convierte en el motor de todo el

Mediterráneo. Los mercaderes cristianos lo invaden en el siglo [34] XV y se

instalan a sus anchas: los encontramos en Tremecén[35], en Bugía, en

Constantina[36], en Túnez, en Ceuta, en Tánger, en Orán y en Fez. Los siglos anteriores habían visto llegar al África soldados aventureros (aún quedaban algunos en el siglo XV). Habían visto raids de piratería como el de Felipe

Doria en 1354, contra Trípoli, «la ciudad rica en oro»[37]. Habían visto también grandes proyectos de conquista, los de los aragoneses y los

castellanos[38]. Pero, en el siglo XV, todo cae en manos de los mercaderes, en una historia que solo nos habla de penetraciones pacíficas, de tratados comerciales, de privilegios, de compras y de cambios. Entorpecidos en el Oriente por la expansión turca, los mercaderes cristianos encuentran aquí una

compensación a sus dificultades y a sus desembolsos[39]. El Magreb tenía la ventaja de estar abierto a todos: a los catalanes, a los marselleses, a los

provenzales[40] [41] [42] , a los ragusinos ,a los sicilianos y a los venecianos, que en sus viajes regulares hacían escala en Trípoli, Túnez, Argel, Bona y Orán; a los genoveses, cuyas antiguas cisternas, no el fonduk, encuentran en Túnez, en 1573, los españoles victoriosos. Todas las naciones de la cristiandad se hallan representadas en Tremecén, «la ciudad de los mercaderes honestos». Los agentes de los Gonzaga, compradores de caballos de raza, se encontraban tan en su casa en Túnez y Orán como podían estarlo en Génova y Venecia, yendo y viniendo con letras de cambio sobre Berbería (a crédito de los mercaderes cristianos allí establecidos), o volviendo con sus caballos, incómodos

compañeros de viaje, a bordo de las galeras venecianas[43]. En 1438, Alfonso el Magnánimo, que ha abastecido Trípoli y Túnez con trigo siciliano durante una época de hambre, usó el oro que había recibido en pago para hacer acuñar 24 000 ducados venecianos, que le servirían para financiar su lucha contra

Nápoles[44].

Con la ayuda del oro y el comercio de los esclavos la penetración de los mercaderes alcanza puntos muy lejanos en su expansión hacia el sur: hasta

Tuat y el Níger[45]. Todo lo que puede ofrecer la cristiandad, y que figura en las calles de los mercaderes del norte de África, atraviesa el Sahara: telas, cariseas, quincallería, pacotilla, prestándose el Magreb con tanta mayor facilidad a esta invasión y a este tránsito cuanto que es una región poco coherente políticamente. En principio, se divide en tres zonas (las tres zonas geográficas, culturales y políticas de su historia): el Marruecos de los merínidas, la Tremecenia de los wahabitas y la Ifriqya (la Tunicia) de los hafsidas. Pero cada uno de estos espacios está lleno de autonomías, de disidencias, de montañas salvajes y de ciudades independientes; Orán y Ceuta son, de hecho, repúblicas. Sería un error (y hasta los mejor informados lo cometen) considerar al África Menor como un conjunto de países rústicos. En los siglos XIV y XV se desarrollan aquí las ciudades a veces sin guardar la menor proporción con los países que las rodean. Pero estas no viven vueltas únicamente hacia el mar interior, también lo están hacia el sur, el País de los Negros, el Bled es Sudán. De los confines saharianos a las orillas del golfo de Guinea estos enlaces constituyen un antiguo sistema, estructurado, «de condiciones geoeconómicas inmutables», según palabras de Vitorino

Magalhães Godinho[46].

Cinco mercancías eran las señoras de las rutas comerciales: el oro en

polvo ( [47] tibar ), los esclavos negros, el cobre, la sal y los tejidos. Los negros africanos son los dueños de las dos primeras. Los cambios se efectuaban allí donde las caravanas camelleras del norte se encontraban con las procesiones de porteadores o de piraguas del sur. En líneas generales, el norte, es decir el islam, y detrás de este los mercaderes de Occidente, es el más beneficiado en estos tráficos. Se decía que en Mali, en 1450, se cambiaba la sal por su peso